El Pequeño Otoño: Juego de niños

Llegó el otoño y desde Vietnam la luna se ve más cerca, más iluminada, y redonda como un plato. Su luz se posa sobre los dieciocho lagos que ornamentan la ciudad capital milenaria, Hanoi; e irradia en confluencia con el alumbrado artificial de las calles y avenidas, imágenes calidoscópicas de espectacular atractivo; como si trasladara la fachada citadina a las superficies acuíferas.

Los árboles típicos de esta estación, acosados por el verano intenso que ha quedado atrás, ahora mudan sus hojas y sin mezquindad ofrecen una hermosa degradación de sus savias, como si se tratase de expresiones de bondades divinas. El aroma otoñal cunde los espacios y las gentes, propias y extrañas, cámaras fotográficas en mano, les dan riendas sueltas al caminar.

Los pájaros traídos de países vecinos, donde la guerra hizo menos estragos a la madre naturaleza, en medio de estas fiestas previas al invierno: unos trinan desde sus jaulas; mientras otros gorjean con mayor dulzura. Con las lluvias de estos días, que por cierto no son frecuentes en esta estación, los árboles se exhiben alegres; desde sus ramas surgen follajes trajeados de frágiles retoños color verde esperanza, a los cuales las abejas se acercan y extasiadas con la placidez de su tersura prosiguen su espectacular y sosegado revolotear por la larga vereda.

El 15 de octubre se celebra en todo Vietnam la fiesta del medio otoño, en atención al calendario lunar chino. Por un lado aparecen los cerezos en flor y los agraciados colores de tulipanes, obsequios de países amigos, los cuales se han aclimatado a estos ambientes. Los jardines de casas y ventanales de edificaciones altas se adornan de colores florales y las mesas se visten con manteles de bellos tejidos; los adultos disfrutan los apetitosos platos y los complementos de manjares de la granjería nacional; todas tienen su principal ingrediente en el arroz glutinoso o pegajoso, como prefieran llamarlo. Mientras, por otra parte, los niños también tienen su fiesta con variados dulces y juegos tradicionales. Elaboran animales con hojas de plantas de plátanos, con calabazas y berenjenas, y linternas o faroles con pencas de palmeras de jardín, que al oscurecer colocan en los lagos y disfrutan de su navegación hasta avanzada la medianoche.

En las zonas rurales resulta un espectáculo sin par el juego de luces que se que se produce a lo lejos y se puede ver a grandes distancias entre los asentamientos poblacionales rurales, moviéndose de un lugar a otro, transmitiendo la angustia de dar con la persona extraviada; mientras en las ciudades, alrededor de los lagos, la población infantil continúa su fiesta imbuida en la fantasía del cuento folklórico, sobre el desaparecido joven Chu Cuoi.

Para los niños se trata de una realidad que sus sueños e imaginación recrean con cuentos fantásticos que los adultos van narrando durante el día y la noche del 15 de octubre.

Cuenta la leyenda que un joven de nombre Chu Cuoi, un día, caminando por la montaña, se topó con un árbol mágico, capaz de curar cualquier enfermedad y cargó con él para trasplantarlo en el patio de su casa y utilizar sus bondades en favor de quien las necesitase.

Un sabio le dijo que debía regar la planta con agua pura, de ser posible utilizar aquella cristalina que fluye de los manantiales. Por un accidente, su mujer un día le echó agua sucia. Entonces, el árbol comenzó a crecer hacia el cielo. Chu Cuoi, preso de nervios, angustiado trató de detenerlo agarrándolo por las raíces, pero el árbol no se detuvo por nada y lo arrastró hasta la luna.

Se dice que en los días de luna llena, especialmente durante el festival del Pequeño Otoño, todavía se puede ver a Chu Cuoi, asido del árbol, soñando con regresar y vivir nuevamente en su planeta tierra. Y por eso los niños en medio de su fantasía, recorren por la noche –en las fiestas del pequeño otoño- las calles en la proximidad de sus hogares portando farolillos para que sus luces orienten a Chu Cuoi sobre el camino de retorno a casa… Ellos van cantando y enviando mensajes al joven perdido en el cielo y refugiado en las entrañas de la diosa astral.



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Nelson A. Rodríguez A.

Periodista y diplomático. Autor de ensayos, cuentos y poesía.

 nelsonrodrigueza@gmail.com

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