Proteccionismo y Liberalismo Colombianos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De entrada, aclaremos que todo Estado burgués es el gran intervencionista, protector por excelencia de los intereses propios de la clase capitalista, hoy, y antes esclavista y feudal. El Estado burgués, repetimos, actúa con su inevitable rol de proteger la estabilidad del modo que le toque administrar en lo nacional e internacional[1]. Así, garantiza el libre comercio endógeno sin intervencionismo de su aporte, y en paralelo vela por un liberalismo para las importaciones provenientes de países burgueses con mayor poder politicoeconómico.

Mediante semejante uso excluyente de proteccionismos y liberalismos hasta la propia burguesía doméstica podría perfectamente ir a la ruina en beneficio del país protegido por el Estado ya que más puede una transnacional[2] que una empresa nacional por grande que sea su envergadura. El caso venezolano resultaría ejemplar: siendo la primera potencia petrolera (exportadora) sucumbía y se arrodilló duranate 100 años prechavistas al poder de países hasta con (irónicamente) menor poder petrolero.

Por supuesto, en los tiempos de un François Quesnay, la Iglesia católica imperaba sobre la clase terrateniente ya que esta, como tal, fue la abanderada y, con el amplio dominio de las tierras-las mejores-ostentaba un pleno control político[3] que para los tiempos fisiográficos mostraban ya un conflicto entre el Estado absolutista de reyes y los agricultores que empezaban a enriquecer a las naciones con mayor autonomía económica, a punta de producción agrícola y no ya con los botines de guerra que financiaban el poder de la Iglesia y de los reyes de marras. Los procesos productivos agrícolas empezaban a crear una riqueza autónoma y crecía con tanta celeridad que requería una mayor libertad operacional.

Surgió así la necesidad de independizar la economía de la superestructura estatal. Políticamente, fue necesario combatir el intervencionismo de la poderosa Iglesia, injerencista por naturaleza propia.

Así, pues, la Economía, como ciencia precipua, había hecho su aparición embrionaria, misma ciencia que alcanza su máxima teorización con la obra de Carlos Marx, El Capital, luego de que insignes científicos de la Economía Política (los economistas clásicos)[4] se habían estrellado en sus intentos por analizar, averiguar y determinar el origen de la riqueza de las naciones.

Ese intervencionismo economicorreligioso de vieja data fue vetado por los fisiócratas porque entorpecía el desarrollo de la Economía Agrícola nacional, pero, una vez desarrollada, esa economía doméstica agrícola, mediante el liberalismo económico establecido, derivó en que ambas prácticas contrapuestas per se empezaron a colidir cuando se internacionaliza el sistema burgués de producción a través del comercio exterior ya máximamente desarrollado y que pedía a gritos que los demás países abrieran, sin intervencionismo alguno de su parte, las puertas a las importaciones.

A partir de entonces, las consignas de la burguesía internacional han sido-siguen siéndolo hasta ahora-por conseja de sus apologistas más conspicuos, como Adam Smith: 1.- La praxis de un proteccionismo hacia adentro (proteccionismo endógeno) del país más desarrollado, y 2.- La práctica de un liberalismo cuya praxis debía ejercerlo la economía importadora (un liberalismo exógeno). En resumen: lo ancho para la nación industrializada, y lo angosto para sus clientes del exterior a los que, de paso le estado vendiendo sus chatarras tecnológicas dizque para ayudar a su industrialización, aunque siempre rezagadas respecto a la economía de sus proveedores de máquinas y de muchas materias primas sintéticas, con cuyo suministro termina, inclusive, de chantajear dicho clientes cuando estos opten por aplicar para sí las mismas estrategias proteccionistas.

Colombia, por ejemplo, aplica protección de sus intereses y exige e impone desde hace siglos liberalismo a Venezuela; de allí la explicación sin ambages de su conducta política y comercial en defensa unilateral de su comercio exterior fronterizo, tal como lo viene haciendo en estos tiempos de independencia económica en proceso.

 


 

[1] Por esa razón no debe extrañar el servilismo de la burguesía ante los países extranjeros burgueses, particularmente ante aquellos que la mantengan atornillada a sus intereses mediante la venta de inventarios y medios de producción porque de otra manera la burguesía importadora no podría desarrollar o conservar ninguna de sus empresas capitalista. Pedirle una postura contraria a esos intereses extranjeros es pedirle peras al olmo; no se trata de una servilidad subjetiva, sino muy objetiva, muy dependiente de los intereses económicos regidos por leyes propias y apolíticas en sentido jurídico.

 

 

[2] Entiéndase por transnacional aquella empresa que suele exportar mercancías terminadas y semiterminadas no enteramente naturales, y al mismo tiempo suele ser importador de materias primas seminaturales de los países donde coloca sus excedentes mercantiles, comerciales y financieros, para autogarantizarse la buena marcha de su producción , y al mismo tiempo la solvencia o los llamados dólares de retorno para lo cual fuerzan a los países prestatarios a mantener las consabidas reservas internacionales, a manera de fondo financiero para el flujo continuo de ese leonino comercio exterior.

 

 

[3] En Venezuela, esos privilegios clasistas terratenientes se prolongaron hasta el siglo XIX cuando Antonio Guzmán Blanco privó a la Iglesia del Poder político y de muchas prebendas traídas de la vieja Europa recién salida de la feudalidad. A partir de entonces actúa como aliada de la clase burguesa tal como a diario lo se le observa durante la presente V República, y sustenta dicha alianza con una supuesta defensa de la espiritualidad divina frente al "terrible demonio del comunismo".

 

 

[4] Economistas chapados a la deficiente Economía vulgar, cometen el craso error de identificar a Carlos Marx como otro clásico para ocultar que fue, sin lugar a dudas, el auténtico creador de la Economía Científica Burguesa, hasta ahora no superado mientras no desaparezca la economía capitalista y ceda su paso al Socialismo científico.

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Manuel C. Martínez

19 de enero de 2017, 16:13
Para: Aporrea Puebloalzao

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Manuel C. Martínez M.

19/1/2017 6:44:03 a.m.

De entrada, aclaremos que todo Estado burgués es el gran intervencionista, protector por excelencia de los intereses propios de la clase capitalista, hoy, y antes esclavista y feudal. El Estado burgués, repetimos, actúa con su inevitable rol de proteger la estabilidad del modo que le toque administrar en lo nacional e internacional[1]. Así, garantiza el libre comercio endógeno sin intervencionismo de su aporte, y en paralelo vela por un liberalismo para las importaciones provenientes de países burgueses con mayor poder politicoeconómico.

Mediante semejante uso excluyente de proteccionismos y liberalismos hasta la propia burguesía doméstica podría perfectamente ir a la ruina en beneficio del país protegido por el Estado ya que más puede una transnacional[2] que una empresa nacional por grande que sea su envergadura. El caso venezolano resultaría ejemplar: siendo la primera potencia petrolera (exportadora) sucumbía y se arrodilló duranate 100 años prechavistas al poder de países hasta con (irónicamente) menor poder petrolero.

Por supuesto, en los tiempos de un François Quesnay, la Iglesia católica imperaba sobre la clase terrateniente ya que esta, como tal, fue la abanderada y, con el amplio dominio de las tierras-las mejores-ostentaba un pleno control político[3] que para los tiempos fisiográficos mostraban ya un conflicto entre el Estado absolutista de reyes y los agricultores que empezaban a enriquecer a las naciones con mayor autonomía económica, a punta de producción agrícola y no ya con los botines de guerra que financiaban el poder de la Iglesia y de los reyes de marras. Los procesos productivos agrícolas empezaban a crear una riqueza autónoma y crecía con tanta celeridad que requería una mayor libertad operacional.

Surgió así la necesidad de independizar la economía de la superestructura estatal. Políticamente, fue necesario combatir el intervencionismo de la poderosa Iglesia, injerencista por naturaleza propia.

Así, pues, la Economía, como ciencia precipua, había hecho su aparición embrionaria, misma ciencia que alcanza su máxima teorización con la obra de Carlos Marx, El Capital, luego de que insignes científicos de la Economía Política (los economistas clásicos)[4] se habían estrellado en sus intentos por analizar, averiguar y determinar el origen de la riqueza de las naciones.

Ese intervencionismo economicorreligioso de vieja data fue vetado por los fisiócratas porque entorpecía el desarrollo de la Economía Agrícola nacional, pero, una vez desarrollada, esa economía doméstica agrícola, mediante el liberalismo económico establecido, derivó en que ambas prácticas contrapuestas per se empezaron a colidir cuando se internacionaliza el sistema burgués de producción a través del comercio exterior ya máximamente desarrollado y que pedía a gritos que los demás países abrieran, sin intervencionismo alguno de su parte, las puertas a las importaciones.

A partir de entonces, las consignas de la burguesía internacional han sido-siguen siéndolo hasta ahora-por conseja de sus apologistas más conspicuos, como Adam Smith: 1.- La praxis de un proteccionismo hacia adentro (proteccionismo endógeno) del país más desarrollado, y 2.- La práctica de un liberalismo cuya praxis debía ejercerlo la economía importadora (un liberalismo exógeno). En resumen: lo ancho para la nación industrializada, y lo angosto para sus clientes del exterior a los que, de paso le estado vendiendo sus chatarras tecnológicas dizque para ayudar a su industrialización, aunque siempre rezagadas respecto a la economía de sus proveedores de máquinas y de muchas materias primas sintéticas, con cuyo suministro termina, inclusive, de chantajear dicho clientes cuando estos opten por aplicar para sí las mismas estrategias proteccionistas.

Colombia, por ejemplo, aplica protección de sus intereses y exige e impone desde hace siglos liberalismo a Venezuela; de allí la explicación sin ambages de su conducta política y comercial en defensa unilateral de su comercio exterior fronterizo, tal como lo viene haciendo en estos tiempos de independencia económica en proceso.

 


 

[1] Por esa razón no debe extrañar el servilismo de la burguesía ante los países extranjeros burgueses, particularmente ante aquellos que la mantengan atornillada a sus intereses mediante la venta de inventarios y medios de producción porque de otra manera la burguesía importadora no podría desarrollar o conservar ninguna de sus empresas capitalista. Pedirle una postura contraria a esos intereses extranjeros es pedirle peras al olmo; no se trata de una servilidad subjetiva, sino muy objetiva, muy dependiente de los intereses económicos regidos por leyes propias y apolíticas en sentido jurídico.

 

 

[2] Entiéndase por transnacional aquella empresa que suele exportar mercancías terminadas y semiterminadas no enteramente naturales, y al mismo tiempo suele ser importador de materias primas seminaturales de los países donde coloca sus excedentes mercantiles, comerciales y financieros, para autogarantizarse la buena marcha de su producción , y al mismo tiempo la solvencia o los llamados dólares de retorno para lo cual fuerzan a los países prestatarios a mantener las consabidas reservas internacionales, a manera de fondo financiero para el flujo continuo de ese leonino comercio exterior.

 

 

[3] En Venezuela, esos privilegios clasistas terratenientes se prolongaron hasta el siglo XIX cuando Antonio Guzmán Blanco privó a la Iglesia del Poder político y de muchas prebendas traídas de la vieja Europa recién salida de la feudalidad. A partir de entonces actúa como aliada de la clase burguesa tal como a diario lo se le observa durante la presente V República, y sustenta dicha alianza con una supuesta defensa de la espiritualidad divina frente al "terrible demonio del comunismo".

 

 

[4] Economistas chapados a la deficiente Economía vulgar, cometen el craso error de identificar a Carlos Marx como otro clásico para ocultar que fue, sin lugar a dudas, el auténtico creador de la Economía Científica Burguesa, hasta ahora no superado mientras no desaparezca la economía capitalista y ceda su paso al Socialismo científico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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Manuel C. Martínez


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