Comercio mundial y revolución

Tras el manotazo autoritario para impedir que Venezuela asuma la presidencia pro témpore del Mercosur hay mucho más que la torpeza de gobernantes aunados por la necesidad estadounidense de bloquear a la Revolución Bolivariana.

Hace tiempo voces disímiles repiten que el Mercosur está inerte. Es así. La responsabilidad de la parálisis corresponde a Brasil y Argentina, arrastrados por la competencia interburguesa, acentuada por la crisis capitalista. En ese cuadro y sus posibles derivaciones cabe interrogarse sobre el lugar que le corresponde a Venezuela (y en menor grado a Bolivia, a punto de incorporarse al bloque) en el eventual desarrollo de la crisis ahora inocultable del Mercosur.

Una economía en transición no puede sustraerse a la gravitación dominante del comercio mundial, aunque hay una contradicción irresoluble entre ambos términos. Imponerse a ese choque permanente exige una combinación de ciencia y arte difícil de hallar en un equipo dirigente. Tanto menos en un individuo.

Han sido grandes quienes alcanzaron a comprender la dificultad, aunque no hayan conseguido resolverla.
En un mundo capitalista el intercambio de bienes se rige por la ley del valor, en tanto los esfuerzos por abolir el capitalismo consisten precisamente en neutralizar esa fuerza. Incorporarse a una instancia de intercambio comercial dominada precisamente por la verdadera mano invisible y poderosa del capitalismo puede parecer un acto temerario. Lo es. Pero sustraerse al comercio mundial es optar por el suicidio: el socialismo ha de ser una superación del capitalismo, negación de la negación; no un retroceso en la técnica, la disponibilidad de bienes, la satisfacción de necesidades. Superación del capitalismo es también, por supuesto, diferenciación de la enajenación consumista por la satisfacción siempre creciente de nuevas necesidades en todos los órdenes y en concordancia con la preservación de la naturaleza. Transitar ese camino desconocido implica, inexorablemente, adentrarse en el mercado mundial.

Lección de la historia

Cabe remitir a la historia de la Unión Soviética. A partir de sus enormes dimensiones, acrecidas desde 1949 por el conjunto integrante del Comecon (Consejo de Ayuda Mutua Económica, expresado en el terreno militar mediante el Pacto de Varsovia), surgieron teorías validando la posibilidad estratégica de coexistencia entre ese enorme mercado no capitalista y el resto del mundo, dominado por el capitalismo avanzado. Se trataba de "construir el socialismo en un solo país" (en este caso en un área inmensa a la que podía hasta cierto punto sumarse a China, Cuba, Vietnam y Corea del Norte) y buenamente coexistir de manera indefinida con el imperialismo.

Contra pueriles teorías que atribuyen a algún traidor infiltrado el desmoronamiento de la URSS, es obvio que la palanca mayor del sistema opuesto, todavía perviviente en las entrañas del sistema soviético, fue potenciada por la penetración de las leyes del mercado a través del intercambio económico internacional, que gradualmente corroyeron las columnas del sistema en gestación y acabaron provocando la derrota de la planificación y la caída de la Unión Soviética.

Imposible resumir aquí el debate y los momentos clave de la historia entre 1917 y 1991 en los que la resolución de esa contradicción estuvo en juego. Baste señalar que es igualmente pueril explicar el desenlace circunstancial reduciéndolo a la ausencia de un "Estado mayor revolucionario". Los avatares del Mercosur en este momento debieran ser un estímulo para dar nuevos pasos en el estudio científico de la dialéctica mercado mundial-revolución.

Chávez y el Mercosur

Cuando tras muchos esfuerzos de Hugo Chávez se abrió el camino para la incorporación de Venezuela al Mercosur, en una de sus frases capaces de resumir cuadros complejos en pocas palabras el comandante de la Revolución Bolivariana hizo una afirmación cuya validez está ahora a la vista: "el Mercosur se formatea o muere".

¿Qué era formatearse? Aunque nunca fue expresado de esta manera, el conjunto de las tácticas de Chávez indica que el propósito era avanzar por el camino de la unión política y la integración económica regional bajo el signo de un constante debilitamiento de las leyes del mercado en las relaciones del conjunto. El Alba era el prototipo teórico a proyectar a escala regional, mientras se avanzaba con la creación de Unasur primero y Celac después. Aquel propósito del Alba no siempre fue ratificado en la práctica. Por lo demás, Argentina y Brasil eran la clave material para que ese proceso virtuoso pudiera desenvolverse de modo sostenido. Sólo que los gobiernos de ambos países defendían explícitamente una estrategia opuesta: desarrollar el capitalismo a partir del fortalecimiento de la "burguesía nacional". De tal manera, no sólo fue imposible avanzar por un camino de integración económica con cada vez menor gravitación de la competencia capitalista y el afán de lucro por parte de los grupos económicos de cada país, sino que la reaparición dominante de la crisis capitalista fue utilizada por el imperialismo para introducir desde 2007 poderosas cuñas en la nueva arquitectura geopolítica. A partir de 2008 Washington dio un pasó más: reconfiguró el G-20 y amarró a esa instancia imperial a Brasil, México y Argentina. Los tres gobiernos dieron ostensiblemente la espalda al Alba –que en esa misma coyuntura crucial puso en marcha el extraordinario ensayo de una moneda de cuenta común, el Sucre– y se aferraron al salvavidas instrumentado por el gran capital internacional.

En ese punto quedaba sellada la suerte del Mercosur, con sus dos socios principales lanzados a la búsqueda de respuestas individuales a la crisis global. Todo guiado por la exigencia de mayor tasa de ganancia para sus principales núcleos empresarios.

Era y sigue siendo necesario perseverar en la estrategia de fortalecimiento autónomo regional, la formación de bloques geoeconómicos desacoplados del dólar y la reconfiguración del sistema monetario internacional. Contra toda percepción inmediata, se avanzó mucho en ese sentido y el resultado actual es un hecho incontrovertible, decisivo para la historia: el fin de la hegemonía económico-financiera mundial del imperialismo con eje en Washington.

Claro que ese golpe mortal al corazón del capital tiene derivaciones paradójicas en América Latina, donde las burguesías locales de mayor envergadura (en especial Brasil y Argentina) volvieron al redil imperial. En ambos casos el giro lo llevaron a cabo gobiernos supuestamente empeñados en lo contrario: defensa de la soberanía nacional, integración regional en detrimento de las metrópolis y transferencia de ingresos en favor de las clases trabajadoras.

Tan brusco viraje provocó un efecto múltiple: realineamiento estratégico con Washington, aniquilación de partidos y frentes gobernantes en Brasilia y Buenos Aires, desmoralización de amplios sectores que confiaron en ellos, vuelco social hacia elencos gobernantes explícitamente conservadores enfrentados con el Alba en general y con la Revolución Bolivariana en particular.

Una derivación de este desenlace es el paso dado para expulsar a Venezuela del Mercosur, requerido a su vez por la Casa Blanca para aislar al gobierno de Nicolás Maduro e intentar, una vez más, aplastar la Revolución.

Actores de la nueva etapa
Washington no logrará su propósito, por mucho que lograre avanzar en aspectos parciales. De modo que la contradicción entre la participación en el comercio mundial y los requerimientos de actuales y futuros procesos revolucionarios seguirá planteada.
Si acaso se impusiera el eje Washington-Buenos Aires el Mercosur completaría su autodestrucción, pero ese resultado sería necesariamente breve e inestable. Las exigencias objetivas que lo gestaron continúan vigentes y volverán a plantearse, aunque tajantemente transformadas y con nuevos actores en el centro del escenario.
Brasil continuará atrapado por la disputa interburguesa que ha clausurado su horizonte. Del marasmo surgirán nuevas fuerzas, más conscientes, entrenadas y, sin duda, más radicales. En Argentina, de la inexorable marcha del gobierno hacia un choque frontal con las masas reaparecerán, con nuevas formas y contenidos superadores, fuerzas aplastadas durante décadas por conducciones burguesas. Las líneas conciliacionistas perderán capacidad de control en Chile y Uruguay. Ensayos desesperados como el liberalpopulismo peruano (grotesco remedo del macripopulismo desarrollista argentino) durarán lo que un suspiro. Gobiernos sin base social y profundamente corruptos como el de Paraguay no podrán sostenerse. A la vuelta de un período presumiblemente breve –que en muchos casos puede haberse agotado ya mismo– América Latina estará nuevamente rediseñando un camino de convergencia antimperialista. Y las fuerzas revolucionarias deberán plantearse cómo conducir las relaciones comerciales tanto en la región como de ésta con el resto del mundo.

Experiencias vigentes

Con mayor fuerza aún reaparece entonces la estrategia del frente único antimperialista. A partir de la creación previa del Alba, la Revolución Bolivariana llevó esa línea de acción mediante el impulso a Unasur y Celac y su ingreso al Mercosur. Simultáneamente Chávez puso en pie un partido de masas, plural, antimperialista y anticapitalista. El desenlace circunstancial hoy a la vista en el hemisferio no se explica por la muerte de su principal gestor –aunque esto sin duda pesa sobremanera en la marcha de los acontecimientos– sino sobre todo por el sustrato histórico-ideológico-político que debió remontar la Revolución Bolivariana, todavía bajo el oleaje de la caída de la URSS y la desarticulación de partidos comunistas y fuerzas revolucionarias de otros signos en todo el planeta.

Chávez diseñó y en buena medida llevó a cabo la concreción de ese frente único a escala planetaria. Eso fueron sus alianzas o búsqueda de ellas con países como Rusia, China, Bielorusia, Irán, Libia, todos los miembros de la Opep, el intento de revitalizar el Grupo de los 15, su enérgico impulso al Movimiento No Alineados… Como colofón, intentó crear una Vª Internacional. Cada quién, en el damero político mundial, sabe cómo se comportó frente a este esfuerzo colosal.

Mientras tanto, el sistema imperial se resquebrajaba y Estados Unidos perdía su hegemonía, para no recuperarla jamás. Es el traspié en la consolidación de un frente único en este panorama planetario lo que permitió una vez más al Departamento de Estado recuperar la iniciativa en algunas áreas, específicamente en América Latina.

Con prescindencia de los avatares inmediatos en torno al Mercosur y la sobrevivencia efectiva o no de Unasur y Celac, la estrategia anticapitalista y las fuerzas que la asuman deberán apelar a instancias de frente único continental. A la fecha, esto significa cerrar filas contra la OEA y apuntalar hasta donde sea posible los organismos regionales alternativos, incluido el agonizante Mercosur.

En los últimos años toda la discusión se ha limitado a sopesar cuánto de libre mercado, cuánto de planificación y cuánto de rigor estatal ha de haber en una economía nacional en transición. Es hora de asumir sin cortapisas la gravitación trascendental de la ley del valor, declararle la guerra al interior de cada país definido como revolucionario y desde allí buscar instancias de frente único, siempre con eje en formas de intercambio comercial que minimicen la penetración de las leyes del mercado en el ámbito nacional de una transición en marcha.

En última instancia, esa batalla sólo la resuelve la victoria o derrota de la revolución socialista en más y más países, en la certeza de que la columna vertebral del sistema mundial está en los centros capitalistas altamente desarrollados y de que el combate decisivo se librará en conjunto con sus clases obreras y sus sociedades acosadas por la crisis. El mercado mundial es la más poderosa fuerza contrarrevolucionaria en cada país. Cada revolución se desenvuelve sin embargo dentro mismo de esa fragua.



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Luis Bilbao

Escritor. Director de la revista América XXI

 luisbilbao@fibertel.com.ar      @BilbaoL

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