Elecciones en EEUU son distracción masiva

La principal utilidad de las elecciones presidenciales en los Estados
Unidos es que son un arma de distracción masiva que crea la ficción de
que presidentes y votantes determinan realmente el destino del país.

En verdad, esos presidentes y sus secuaces en el Congreso y la Corte
Suprema pudieran gobernar, pero ciertamente no gobiernan. Las
elecciones sirven para transferir energía de un sistema de las élites
a otro conjunto de las propias élites, son un espectáculo de camuflaje
en la legitimidad democrática, un evento cuadrienal de consenso
nacional de pan y circo que patrocina la clase gobernante desde sus
suites corporativas.

Aproximadamente así define el sistema electoral de Estados Unidos
Gerald Sussman, sociólogo y profesor en la escuela Toulan de estudios
urbanos y planificación de la Universidad Estatal de Portland en un
ensayo que titula “Elecciones americanas. Armas de distracción
masiva”.

Si Bernie Sanders hubiera logrado captar el mayor número de
delegados, la nominación y la elección simplemente habría servido para
instalar una democracia socialista en la Casa Blanca con todas las
palancas de la energía intactas para disciplinarlo todo nuevamente en
lo que Noam Chomsky ha llamado “el espectro del pensamiento pensable."

De hecho, según Sussman, si la clase dirigente fuera un poco más
sabia, habría respaldado por Bernie, en vez de a Hillary para la
nominación y la Presidencia, sólo para aplastar las esperanzas de la
izquierda. El valor real de la campaña de Sanders ha sido incitar a la
valentía en los jóvenes para hacer frente a la realidad. Una victoria
de Hillary Clinton en noviembre podría llevar a miles de manifestantes
a protestar en las calles, pero una victoria de Trump probablemente
provocaría millones.

La proclamación en las recientes convenciones de dos de los candidatos
presidenciales más despreciados por los militantes y simpatizantes de
sus propios partidos -demócrata y republicano respectivamente- ha
puesto a millones de votantes entre la proverbial espada y la pared
con vistas a la elección presidencial del 8 de noviembre.

Se consideran por igual obligados a escoger, entre Donald Trump (R) y
Hillary Clinton (D), al menor de dos males.

Llevados por la falacia de que la democracia consiste en escoger entre
las dos opciones que les ofrece el sistema de dos partidos (duopolio)
debe haber muchos hoy en Estados Unidos que culpen de la situación al
reducido número de opciones que se les ofrece y piensan que una
multiplicidad de partidos sería la solución.

Solo que no tardan en informarse de la existencia de muchos países
donde existen múltiples partidos (decenas y hasta cientos) y la
situación es la misma: el poder siempre se mantienen en manos de los
ricos, que gobiernan en beneficio de los ricos.

Históricamente, cuando en Estados Unidos ha surgido un candidato
advenedizo que de alguna forma ha logrado infiltrarse en el sistema al
punto de poner seriamente en peligro el control duopólico del poder
(como  sucedió a Jesse Jackson en 1988, Ross Perot en 1992, Ralph
Nader y Howard Dean en 2004 así como, de alguna manera a Bernie
Sanders en 2016, se han enfrentado al dinero, los medios y métodos
maquiavélicos de presión que al final resultan insuperables aunque por
un tiempo sirven de distracción a sus seguidores.

Como ha señalado en al portal digital Thruthout la periodista Barbara
G. Ellis, Bernie Sanders se convirtió en una amenaza monumental para
la nominación demócrata con manifestaciones de decenas de miles
potenciales votantes en todo el país. Sus voluntarios, jóvenes en su
mayoría, superaban ampliamente en número a los de Clinton.
Simultáneamente Trump parecía estar -con sus mítines y ganancias en
las primarias- en la misma situación respecto a la maquinaria
republicana.

Así como la angustia y desesperación se va haciendo cada vez mas
presionante para las masas de desposeídos en el mundo y presagian una
inevitable insurrección popular a escala global, en el seno de Estados
Unidos se hace más aguda la contradicción entre el 1% que lo domina
todo y el 99% que no puede  seguir engañado con mitos y trucos de la
democracia representativa bajo control de los ricos.

A partir de las experiencias que va dejando el proceso electoral en
curso en Estados Unidos se comprende que no basta con pequeños cambios
cosméticos para hacer que el sistema actual funcione. No serán nuevos
partidos, ni cambios estructurales en los actuales partidos, ni
coaliciones inestables, lo que puedan salvarlo. El problema está en la
naturaleza injusta del sistema capitalista que, por su naturaleza
imperialista actual, frena el desarrollo democrático de la nación y
oprime a sus ciudadanos.



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Manuel Yepe

Abogado, economista y politólogo. Profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana, Cuba.

 manuelyepe@gmail.com

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