Reanudación y reapertura de embajadas en el Colimador

A partir del 20 de julio de 2015 Estados Unidos y Cuba reanudaron sus relaciones diplomáticas y reabrieron sus respectivas embajadas, pero ello no significará para Cuba un borrón y cuenta nueva.

Quienes piensen que a partir del 20 de julio del presente año se podrá hablar de “un antes y un después”, quizás pequen de una ingenuidad supina en torno a los asuntos raigales que han presidido la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba desde los mismos inicios del surgimiento de la nación norteña.

Sin embargo, es innegable que el inicio de este acto oficial y formal constituye un hito trascendente porque después de 54 años, Estados Unidos, la nación que provocó la ruptura unilateral de las relaciones, se ha visto obligada a reconocer el fracaso de la pretendida política de aislamiento de Cuba y de derrocamiento del gobierno legítimo que ha representado a la Revolución durante este lapso histórico.

Además, existen otros asuntos que, a pesar de diferendos históricos, diferencias naturales e intereses nacionales, y realismos tácticos y estratégicos propios y de aliados, coexisten con intereses comunes coincidentes y con políticas provechosas para ambos pueblos e incluso para la humanidad, que pudieran tomar un cauce propicio en las nuevas circunstancias de coexistencia pacífica.

No obstante, las cosas que los gobiernos estadounidenses sucesivos han ensayado y puesto en práctica durante los años de la revolución actual, desde 1959, y los planeados y ejecutados durante la época colonial, las guerras independentistas y la república neocolonial, no tienen perdón y no se puede pedir “borrón y cuenta nueva”, como si la historia de los pueblos, carne de nuestra carne, pudiera ser una hojarasca movediza que se la llevara el viento.

En un momento como este pienso en una polémica epistolar que tuve con un compatriota en los momentos en que desde la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana se colocaron anuncios lumínicos provocativos y se cometieron otras tonterías injerencistas. En torno a ese asunto y otros de similares connotaciones, le expresaba mi opinión de que las circunstancias en este terreno me inducían a concebir un monumento en aquel lugar, cuyo centro fuera un laguna de lodo, y en cuyo centro se levantara una lápida que expresara: “AQUÍ NO SE LEVANTARÁ UNA EMBAJADA DE LOS ESTADOS UNIDOS, HASTA QUE SU GOBIERNO NO APRENDA A RESPETAR AL PUEBLO DE CUBA Y A SU GOBIERNO LEGÍTIMO”.

Ojalá que ese momento haya llegado, si no de sopetón, al menos en un proceso, presidido desde su inicio por ese principio de respeto mutuo salvaguardado por el derecho internacional, que conlleve paulatinamente, pero no para calendas infinitas, a la deseada normalización que ponga fin a los consabidos desencuentros, enontronazos, traiciones, celadas, amenazas, agresiones, invasiones, bloqueos, y daños y deudas de diversa naturaleza.

Los hechos y la palabras deben ser consecuentes para que las relaciones y la reapertura de embajadas reflejen una realidad distinta entre ambos naciones. Se trata de que ambas aporten los elementos establecidos por la Convención de Viena sobre las relaciones diplomáticas, y que ambos gobiernos se han comprometido en asumi; pero conociendo el ancestral historial del comportamiento de la política norteamericana se impone una actuación especial por parte del gobierno estadounidense.

Y nunca debe tratarse de tener que soportar y sufrir en La Habana una embajada de los Estados Unidos que, además de izar su bandera, pretenda erigir su política y sus valores, y sus intereses hegemónicos, y sus ávidos negocios, para enfrentarlos a nuestras políticas e intereses nacionales, e intentando, esta vez por las buenas y con una injerencia solapada, de subvertir el sistema político del país.

En esta hora tenemos que mirarnos en la historia como en un espejo. Están los paradigmas señeros como Céspedes, Martí, Gómez, Ché, Fidel, Raúl y los demás imprescindibles.

Tener presente lo planteado por el Brigadier Enrique Collazo, en la dedicatoria de su obra Los americanos en Cuba: “Aprendamos en la historia de nuestro pasado a desconfiar de nuestros humanitarios protectores, bascando en la paz desarrollar nuestra riqueza, para poder hacernos fuertes, si es que queremos conservar la independencia absoluta y la libertad, por las cuales hemos luchado medio siglo.” A la vez que nos alertaba sobre “un pueblo absorbente y codicioso, para el cual han demostrado los hechos que no hay barrera que lo detenga, ni derecho que valga la pena de ser respetado ni compromiso sagrado que deba ser cumplido, si esto se opone a sus intereses o a los propósitos que se hubiera empeñado en realizar. (…) Los deseos, la buena voluntad,, las simpatías de la mayoría del pueblo americano se estrellaron siempre ante el egoísmo frío y consciente de los políticos americanos.”

A la vez, no hay que olvidar, como señalara el patricio, que la mayoría del pueblo cubano ha soñado y sueña aún con la independencia absoluta, y para lograrla, ha sacrificado todo: su riqueza, su bienestar y generaciones enteras, y para consagrarla no han titubeado en sacrificar vida y familia.

Estamos, pues, en una nueva coyuntura de nuestra historia. Con la Revolución Cubana de 1959, la misma que se mantiene hoy incólume y con una obra material y espiritual gigantesca, tenemos el reto de no sucumbir y prevalecer victoriosos, sean cuales sean las circunstancias y acechanzas que el futuro depare a la nación cubana.



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Wilkie Delgado Correa


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