Dogma y pragmatismo en la nueva coyuntura latinoamericana

Para quien no sea panegirista del sistema es sencillo comprender la inédita magnitud de la crisis del capitalismo mundial. Y quien tenga ojos puede ver que, ante la encerrona, Estados Unidos se lanza a la guerra, arrastra hacia la hecatombe a sus socios subordinados y, si se le permite, al mundo entero.

Crisis y guerra conllevan certeza de revoluciones. Eso también es fácil de entender. Como lo es asumir que América Latina ha ingresado en una nueva etapa, tras una década de dinámica convergente y prevalencia antimperialista. La dificultad reside en saber qué hacer de aquí en adelante.

Conviene desconfiar de quienes tienen respuestas fáciles para problemas de extrema complejidad. Y más aún de quienes creen que el conocimiento proviene de haber leído bien y laboriosamente libros claves de la historia universal. Esa condición, imprescindible, es insuficiente. Y cuando el poseedor de tal riqueza no lo comprende, hace mucho más que el ridículo: aporta en su medida a los innumerables riesgos presentes en la coyuntura internacional. El mínimo de ellos es la contribución a la confusión del activo militante. Y nadie crea que si su capacidad se reduce a un rápido artículo para difundir en algún portal de internet, se exime de responsabilidad.

Estas obviedades tienen vigencia dramática en la América Latina de nuestro tiempo. Con el nuevo siglo, empujada por el torbellino subterráneo que estremece al sistema, comenzó una fase de insurgencia antimperialista con Venezuela a la vanguardia y el acompañamiento desacompasado de toda la región. Cupo a Hugo Chávez encabezar ese momento de extraordinaria fecundidad. Una más de las dolorosas ironías de la historia hizo que él muriera precisamente cuando ese proceso afrontaba un doble desafío: de una parte, definiciones obligadas para pasar de la acumulación cuantitativa al cambio cualitativo; de la otra, el esperable contraataque imperial.

Todavía en la plenitud de su vigor estratégico, Chávez tuvo oportunidad de comprobar la más peligrosa de las amenazas al fenómeno histórico en marcha: la desigualdad de las realidades políticas en cada país al sur del Río Bravo, irresoluble en lo inmediato. 

Impulsados por una fuerza hasta entonces invisible, proveniente de las profundidades del conjunto social, elencos gobernantes de las más diferentes naturalezas y características tendieron a aunarse en torno a tópicos hasta poco antes impronunciables. Se impuso así un lenguaje genéricamente antimperialista, incluso con resonancias anticapitalistas, resumido en la noción de unión latinoamericana.

Esto era, de por sí, un paso de gigantescas proyecciones potenciales. Así se hizo sentir en todo el mundo, con Chávez como embajador de la buena nueva. Pueblos remotos del planeta vieron en el comandante la encarnación de lo que anhelaban.

En no pocos casos esto dio lugar a la emergencia de equipos gobernantes que asumieron a plenitud la estrategia resumida en la consigna “socialismo del siglo XXI”. No faltaron, tampoco, quienes vieron la oportunidad de obtener el respaldo político del que carecían apresurándose a ubicarse bajo el generoso paraguas de “la Patria Grande”. En medio quedaron multitudes en tránsito sin brújula y, va de suyo, al otro lado se abroquelaron las fuerzas conservadoras de la región, con los centros imperiales detrás.

Tamaña desigualdad y la correspondiente amenaza reclamaban una combinación virtuosa. En un pujo de extraordinaria lucidez y coraje, Chávez le puso nombre al instrumento que podía bregar por ese objetivo: una instancia de unión superadora de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo; la articulación orgánica de las fuerzas convencidas de que la alternativa es socialismo o barbarie: una Vª Internacional. No fue posible en ese momento. Nunca como en ese caso fue tan mal comprendido en su visión estratégica el presidente fallecido. Nunca como en este caso quedaron al trasluz debilidades ideológicas e incapacidades para la acción de las izquierdas a escala mundial, sin excluir señeras vanguardias de largo aliento. Las escasas dirigencias que sí comprendieron y apoyaron la empresa, son hoy un acervo invalorable para el futuro inmediato.

 

Revolución y contrarrevolución

Como sea, el hecho es que lejos de combinarse positivamente, la desigualdad se acentuó y las partes blandas en el proceso de convergencia fueron presa de otro doble juego de fuerzas: la reaparición multiplicada de la crisis estructural capitalista y la respuesta de las masas frustradas en sus expectativas.

A la fecha esa tenaza amenaza a los gobiernos centristas-oportunistas y plantea un cruce de caminos de sentidos potencialmente inversos para países clave de la región: radicalización revolucionaria de las masas que arrasen a los gobiernos atrapados en la defensa del capitalismo; o, por el contrario, victoria política de la ultraderecha proimperialista con respaldo en franjas significativas de la población, incluidos sectores de trabajadores, desocupados y clases medias bajas, conquistados a partir de la frustración vivida en el último período.

Si bien el potencial revolucionario de las masas está acrecentado en más de un sentido, corresponde tomar nota de que la ultraderecha utiliza con sagaz osadía las debilidades ideológicas de la clase trabajadora y los aparatos sindicales en los que la mayoría está atrapada, para ganar espacio y arrastrarla tras una perspectiva fascista. La Internacional Parda trabaja con eficacia en toda la región. Socialcristianismo y socialdemocracia arriman leña a esa pira medioeval.

En resumen, puede afirmarse que revolución y contrarrevolución disputan en esta coyuntura la conducción estratégica de las masas latinoamericanas, con todo lo que esto significa para el curso eventual de la crisis mundial.

En esta confrontación de alcance histórico el infantoizquierdismo –tradicional forma política del dogmatismo– significa un peligro mortal. Simétricamente, ocurre lo mismo con la eventual conducta de gobiernos revolucionarios y partidos de gran proyección que confundan la obligada flexibilidad con pragmatismo inmediatista. Va de suyo que todo gobierno revolucionario debe buscar alianzas, por mínimas y endebles que sean, con gobiernos que, comprometidos en la defensa del capital, por exigencias internas esgrimen un discurso engañoso, evidentemente hipócrita, que no obstante los coloca en cierta medida y determinados momentos por fuera del alineamiento automático con Washington. Esa obligada flexibilidad táctico-estratégica en la búsqueda del frente único, se transforma en lo contrario cuando el pragmatismo lleva al abandono de vectores estratégicos fundamentales, lo que a corto plazo redunda forzosamente en distanciamiento de las masas.

Allí también la cantidad (de concesiones imprescindibles para mantener un bloque contra la hegemonía estadounidense, siquiera en cuestiones puntuales) puede transformarse en calidad (abandono de los objetivos revolucionarios vitales y consecuente contradicción creciente con las necesidades y exigencias inmediatas de las masas).

Esto han de tenerlo en cuenta, so pena de muerte, gobiernos y grandes fuerzas políticas con enraizamiento social: las masas podrán eventualmente recuperarse de derrotas infligidas por errores que las lleven a encolumnarse tras dirigencias procapitalistas como si fueran propias; pero partidos y gobierno que yerren ante tal desafío serán irremediablemente condenados. En ese punto está ahora la región.

 

Revolución en la revolución

Nadie podría soslayar este cuadro mundial y regional al considerar los cambios de gobierno y las rectificaciones de orientación que el presidente Nicolás Maduro anunció el 2 de septiembre, detallados en esta edición de América XXI. Esos cambios tienen tres objetivos explícitos, dos de ellos inseparables: trasladar el poder efectivo a las organizaciones de masas y acabar con los restos del Estado burgués; el tercero, reordenar las capacidades de los cuadros principales para ejercer con eficiencia las tareas de gobierno.

“Acabar con los restos del Estado burgués”… se dice fácil. Y es verdad, como apuntan desde la izquierda voces críticas –significativamente multiplicadas a partir de ese momento– que la mera enunciación no cambia la realidad venezolana ni resuelve uno solo de los mil problemas urgentes que acosan a la sociedad. Pero ¿qué decir de quienes desconocen la significación trascendental de plantar ante el mundo semejante objetivo? No hay en el planeta un solo gobierno, un solo partido, comprometido con semejante programa. Su sola afirmación es una bandera estratégica más allá de las fronteras venezolanas y se convierte en estandarte para todo proyecto anticapitalista. Quienes lo soslayan difícilmente puedan reclamar para sí la condición de vanguardia revolucionaria. Quienes se oponen, digan lo que digan, están simplemente al otro lado de la barricada.

No basta apelar a El Estado y la revolución, el célebre folleto de Lenin (cuyo primer capítulo reproduce América XXI en esta edición). De una parte, porque la Revolución Bolivariana tiene rasgos distintivos fundamentales respecto no sólo de la Revolución Rusa, sino de las sucesivas victorias anticapitalistas desde entonces. (La militancia debería estudiar la polémica desatada a partir de la afirmación de Stalin según la cual las diferencias en cada país son, apenas, “una verruga en el rostro” de la revolución mundial). La diferencia más evidente, aunque probablemente no la más trascendental a largo plazo, es que la asunción del gobierno revolucionario no implicó la destrucción violenta del Estado previo y, mucho menos, de la Fuerza Armada que, por el contrario, se sumó a la revolución. De otra parte, es preciso asumir a Venezuela, en sentido lato, como provincia de vanguardia de la unión latinoamericano-caribeña o Patria Grande. Reaparece aquí el problema del desarrollo desigual en la radicalización antimperialista de la región. Los cultores del “socialismo en un solo país” suenan hoy más patéticos que nunca, incluso antes de observar que para sostener sus posiciones invocan las ideas de León Trotsky: pretenden el socialismo en una sola provincia.

El conjunto de resoluciones anunciadas por Maduro es un plan de acción adecuado a la realidad venezolana para abatir los restos amenazantes del Estado burgués, entendido en este caso, siempre según Lenin, como “aparato burocrático”. Esto, desde luego, no supone de antemano un desenlace exitoso y enseguida se verá cuál es la fuerza principal que amenaza el resultado.

Como sea, siete Consejos Presidenciales Populares de Gobierno y un Consejo integrado por seis vicepresidentes constituyen un plan de articulación de inusual amplitud, que democratiza el poder sin desmedro de la imprescindible centralización del Estado en transformación.

Rafael Ramírez fue designado Canciller y vicepresidente para la soberanía política. Aparte la acción exterior de la revolución, Ramírez tiene la responsabilidad sobre cuatro ministerios (Comunicación, Interior, Despacho de la presidencia –implica seguimiento de la gestión pública– y Defensa). Esta función equivale al corazón del aparato del Estado. Al designarlo Maduro subrayó que a Ramírez cabe la responsabilidad mayor en la tarea de acabar con el Estado burgués. No por acaso, a la burocracia tradicional se la ataca también mediante una secretaría especial (Autoridad única de trámites y permisología), a cargo de Dante Rivas y con la tarea de acabar con el laberinto kafkiano de la administración venezolana. El ariete restante se expresa en el cambio de Elías Jaua de la Cancillería al ministerio de Comunas y Movimientos Sociales: fortalecer el poder comunal es la contraparte inseparable de la lucha contra la burocracia del Estado burgués.

Quienes multiplican presunciones sobre estos cambios y a partir de ellas sacan conclusiones atrabiliarias, confunden la envergadura de este debate con intercambios de novedades en la peluquería y se impiden comprender lo que está en curso en Venezuela.

Es arbitrario dudar acerca de la voluntad de hacer vigente el poder efectivo de las masas, lo cual, junto con el fortalecimiento sistemático de las milicias populares, constituye el corazón conceptual de la teoría leninista en El Estado y la revolución, a condición de tener en cuenta que la abolición del capital es una tarea sólo realizable a escala internacional, con punto de apoyo en por lo menos la mayoría hegemónica de la región.

 

Enemigo invisible

Resta decir que la más grande amenaza contra los propósitos de la dirección revolucionaria político-militar en Venezuela es la ley del valor. Esa fuerza invisible y poderosa dimana del funcionamiento normal del sistema cuando el proceso de producción y distribución está hegemonizado por el capital. No depende de la voluntad de tal o cual funcionario y, por el contrario, se impone a ella en 99 de cada 100 casos. Ningún recurso administrativo o político puede eludir el resultado cuando esa ley gravita al punto de ordenar la producción, la distribución y el conjunto de la vida social.

Aunque no resulte fácilmente perceptible, en Venezuela se ha avanzado mucho tras el objetivo de quebrar esa hegemonía. No obstante, ninguna ventaja será suficiente –mucho menos irreversible– mientras no se transponga el punto a partir del cual la producción y la vida social dejen de regirse por el valor de cambio, por el trabajo asalariado en función de la plusvalía.

 

Urgencias

En simultáneo con el agresivo despliegue de la Otan en el Este europeo, las guerras en Medio Oriente y la conflictividad creciente contra Rusia y China, de ominosos presagios, Estados Unidos avanza a marcha forzada en América Latina para acabar con gobiernos capitalistas que no le responden automáticamente. Los golpes de Estado en Honduras y Paraguay se complementan con campañas para demoler liderazgos centristas y reemplazarlos por agentes directos de Washington. Basta un vistazo panorámico sobre las elecciones en curso este año y el próximo para concluir en qué punto está esa contraofensiva.

Ha pasado la hora de la convergencia de gobiernos de diferente naturaleza. Es la hora de la unión organizada de las masas populares del Bravo a la Patagonia.

Urge comprenderlo y desplegar una línea de enérgica acción regional e internacional que, manteniendo inalterable la exigencia del frente único, ponga especial énfasis en que esa política sea claramente comprendida por las mayorías. Urge enfrentar la escalada política del fascismo camuflado de democracia. Urge trabajar para que el descontento creciente se transforme en insurgencia anticapitalista y encamine la transición del caos actual a la sociedad socialista.



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Luis Bilbao

Escritor. Director de la revista América XXI

 luisbilbao@fibertel.com.ar      @BilbaoL

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