La hoja de ruta de la nueva integración regional

El signo de los tiempos  de los Estados Nacionales en  América Latina y el Caribe es la integración, lo cual constituye una respuesta necesaria e inevitable ante el avance amenazador  del proyecto neoliberal y globalizador de las grandes potencias del centro capitalista mundial y  de las economías emergentes, en su propósito de destruir toda noción de economía nacional autónoma para convertir al territorio planetario en un gran mercado bajo el dominio de las grandes empresas tecnológicas y financieramente en capacidad de construir operaciones virtuales a escala global, distribuyendo y compensando cargas en sus costos para obtener máximas ganancias y convirtiendo a los Estados en espacios inertes de provisión de insumos primarios y mano de obra barata y consumidores cautivos de productos stándar, con procesos de fabricación, transportación y  comercialización transnacionalizados y sin posibilidad real de control efectivo por parte de los Estados Nacionales, apenas convertidos en simples y  malos cobradores de impuestos y aranceles subvaluados.
 
No ha sido fácil para los diversos y variados gobiernos de la región, quienes responden a las más diversas corrientes del pensamiento político liberal, neoliberal, populista, socialcristiano, socialdemócrata y socialista, aceptar la incuestionable realidad de que, en las actuales condiciones de crisis sistémica del Capitalismo en su etapa globalizadora,  es imposible la solución de los viejos rezagos económicos y las fallas estructurales en la economía que impiden la satisfacción de las necesidades fundamentales de los ciudadanos y las ciudadanas,  si ello no está conectando con un espacio integrado de países de simetrías económicas diversas pero con voluntades  de propósitos comunes, que permita armonizar  y complementar sus  capacidades y potencialidades económicas apoyados en sistema de financiamiento,  compensación y cooperación, en donde además,  existan una clara direccional política dirigida a mejorar las condiciones, calidad y esperanza de vida de los pueblos involucrados.
 
La Asociación Latinoamericana de Integración, ALADI,  la Comunidad Andina de Naciones, CAN,  La Comunidad y Mercado Común del Caribe, CARICOM y el Mercado Común del Sur, MERCOSUR,  son cuatro (4)  de los proyectos impulsados por las corrientes reformistas del pensamiento económico latinoamericano y caribeño que, si bien es cierto, reconocía la importancia del papel regulador del Estado y pretendía el impulso de un proceso de acumulación de ahorros de capitales, diversificación económica y negociación colectiva con otros centros económicos del planeta, no logró resolver el problema estructural de la dependencia financiera y tecnológica  de los grandes grupos económicos transnacionales que aumentaban, en algunos casos,  la capacidad productiva de las economías nacionales pero sin generar, apoyar ni permitir  procesos tecnológicos  que rompieran las amarras de la dependencia de los principales centros capitalistas mundiales, sucumbiendo, finalmente, ante el “embrujo” del neoliberalismo, lo  que condujo al fracaso de esa corriente social-burguesa.
 
Contrario a esos procesos integracionistas basados en la alianza de las elites nacionales y la dependencia al capital transnacional, las cuales se encuentran en vías de inevitable desintegración o  reformulación; las nuevas realidades creadas con la agudización de la crisis del centro capitalista mundial  (Estados Unidos de América, Japón y Unión Europea) y su negativo impacto sobre las economías periféricas, han venido generando una nueva visión de integración que coloca a la Soberanía Nacional, la Independencia y el Desarrollo Autónomo, con propósito de Justicia Social y Protección del Ambiente, en el centro de los proyectos integracionistas, los cuales se ven orientados  - por la misma dinámica del desarrollo de la situación geopolítica internacional -  hacia  la formación de Polos de Poder dirigidos a la construcción de vocerías en los foros mundiales para re-equilibrar las relaciones de Poder internacional, neutralizar las pretensiones hegemonistas del imperialismo, favorecer la cooperación económica y el fortalecimiento de la Paz y la Seguridad Internacional y contribuir a la construcción de un nuevo orden internacional justo, democrático y pacífico, donde se respete la igualdad jurídica de los Estados y la Carta de las Naciones Unidas y, donde la gente, los pueblos y naciones, y no solamente los Estados, tengan las posibilidad de incidir sobre el curso de los acontecimientos fundamentales de nuestro tiempo.   
De ese proceso de reformulación  de la economía y la política en la región es que viene surgiendo un nuevo proceso que une la experiencia y fortaleza de lo “viejo”,  como el MERCOSUR, con lo novedoso y solidario de ALBA, articulándose ambos con un proyecto de cooperación energética de elevadas capacidades financieras como lo es PETROCARIBE que, por los Estados que lo integran, inevitablemente habrá de encontrarse con el espacio mayor de integración del Caribe, la CARICOM y de América del Sur, la UNASUR, quienes seguramente habrán de orientar su dinámica constructiva  hacia la plena integración en el seno de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC, de más reciente creación y hasta el momento operando solo como una instancia de diálogo político.
 
Conciliar los intereses de las elites gobernantes y económicas de la región, tradicionalmente supeditadas a los dictados de los gobiernos de los Estados Unidos, conectar y armonizar economías  de plantación con otras de elevado desarrollo industrial, controlar la incidencia del capital monopolista  internacional y las corporaciones industriales  transnacionales en el proyecto integracionista y, especialmente, dirigir todo el esfuerzo principal de la integración al mejoramiento de las condiciones y expectativas de vida de la mayoría de la población, tradicionalmente explotada y excluida de los beneficios del desarrollo,  son retos importantes de este nuevo tiempo integracionistas y de unión de los pueblos de Nuestra América que las realidades regionales y mundiales, las experiencias altamente positivas acumuladas en este siglo XXI y, la existencia de una voluntad política firme de una nueva generación de líderes regionales con vocación y compromiso integracionista impactados por el ejemplo y sacrificio de dirigentes de la talla de Fidel Castro y Hugo Chávez Frías,  harán posible que el sueño de Bolívar (“La Patria es América”), pueda hacerse realidad en este mismo siglo.


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Yoel Pérez Marcano


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