Al más grande: no lo ha vencido ni el mal de parkinson

Siempre he creído, sin ser ni crítico ni experto en deportes, que Mohammat Alí (Cassius Clay) ha sido el más grande deportista de la Historia aunque, lamentablemente, venido del boxeo rentado. Son sobradas las razones para considerarlo más grande que Pelé y que Maradona, que quedaron, según los expertos, primero y segundo deportistas del siglo XX. Hizo muchísimo más Clay -por el mundo- con los puños, con la boca y con el cerebro que todo lo que hicieron juntos –con los pies y las cabezas- Pelé y Maradona, por supuesto, sin menospreciar ni descalificar lo grande que fueron éstos en el fútbol igualmente rentado.

Clay es estadounidense de color negro y eso, desgraciadamente por racismo, implica uno o varios puntos en contra en la potencia más poderosa del planeta. Clay fue campeón de boxeo del peso entre 75 y 81 kilogramos en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960. Fue campeón mundial de pesos pesados en el boxeo considerado profesional. Se hizo famoso por sus vaticinios. Lo llamaron bocaza porque mucho hablaba antes de los combates tratando de desmoralizar a sus contrincantes. Fue un estilista incansable. Su izquierda se hacía demoledora de tanta rapidez con que la lanzaba. Sus adversarios se desesperaban al no poder pegarle los golpes donde se los proponían. Bailaba en el cuadrilátero mientras le hablaba a sus adversarios para distraerlos. Se convirtió en la figura boxística más importante y prestigiosa de su época cuando, según los expertos de la materia, era el mejor boxeo de todos los tiempos. Llegó a adquirir tanta fama que un día dijo que si no querían que mataran a un Presidente blanco en Estados Unidos, lo llevaran a él en la fórmula como Vicepresidente.

Clay era un mago admirado por niños de todas las razas. Dicen algunos que llegó a convertirse en un icono sociocultural del siglo XX. Sus palabras o pronunciamientos volaban como si fuesen frases venidas del más allá para que las asumieran con religiosidad los del más acá.  Dijo muchas cosas que impactaron la conciencia del siglo XX, y que se pueden resumir como: “El hombre que no tiene imaginación, no tiene alas”; “Para ser un gran campeón, tienes que creer que eres el mejor, si no lo eres, haz como si lo fueras”; “Los campeones no se hacen en gimnasios, están hechos de algo inmaterial que tienen muy dentro de ellos. Es un deseo, un sueño, una visión”; “Servir a otros es el costo que pagas por tu estancia aquí en la tierra”.

Pero Clay no fue sólo el más grande boxeador de todos los tiempos. Fue un político inteligente, audaz, valiente y capaz de enfrentar los peores desafíos sin que le importara su gloria deportiva. Fue llamado a formar parte del ejército estadounidense para ser enviado a Vietnam como invasor y como mercenario. El imperialismo ansiaba sacarle chicha a la presencia del más grande en Vietnam creyendo que eso le favorecería la guerra impostora que realizaba contra el heroico pueblo vietnamita. No esperaban la respuesta que tenía, como visión política, el célebre campeón mundial de los pesos pesados. Clay, ante los ojos y los oídos del mundo, se expresó de la siguiente manera: “¿Por qué me piden ponerme un uniforme e ir a 10000 millas de casa y arrojar bombas y tirar balas a gente de piel oscura mientras los negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más simples? No voy a ir a 10000 millas de aquí y dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar la dominación de los esclavistas blancos”. El mundo de ayer y muy poco del de hoy conocen que Clay fue sentenciado a 5 años de prisión, 10 mil dólares de multa y despojado del título de campeón mundial de los pesos pesados. ¡Ironías de la jurisprudencia imperialista!: el juicio duró 5 horas pero el jurado racista necesitó sólo de 5 minutos para declarar la culpabilidad de Clay. Todos aquellos racistas que vociferaron que Clay era un cobarde, un proscrito y un maldito negro, luego del imperialismo aceptar su derrota y retirarse de Vietnam, tuvieron que reconocerle –aunque jamás lo hicieran público- su condición de héroe, de valiente y líder de conciencia.

El más grande volvió al ring en 1970, perdiendo su combate por recuperar el título con Joe Frazier en marzo de 1971. El Tribunal Supremo de Estados Unidos, como queriendo lavarse las manos como Pilatos, revocó la sentencia que antes (1967) había condenado al gran campeón. Clay, entonces, regresa a los cuadriláteros con todos los honores en 1974 recuperando el título de campeón de los pesos pesados. Tremenda bofetada para aquellos que creyeron que el más grande, por negarse a ir hacerle guerra a los vietnamitas, se convertiría en un don nadie y fracasaría en todos sus nuevos intentos o combates deportivos. En 1975, el imperialismo estadounidense, fuera de un ring  pero en un escenario de la política a través de la violencia, reconoce su irrefutable derrota en la guerra y sin preparar maletas salió en desbandada de Vietnam.

Lo cierto, desconocido por el más grande, es que una enfermedad le avanzaba por dentro para producirle una derrota definitiva y alejarlo para siempre del ring: el mal de parkinson. Incluso, teniendo los primeros síntomas de esa enfermedad, llegó a combatir. ¡Qué grandeza del más grande! Dicen los científicos que las neuronas usan un químico cerebral (dopamina) que ayuda a controlar el movimiento muscular. Pues, en Clay, se fueron destruyendo las neuronas del cerebro que producen la dopamina. Eso es el mal de parkinson. Clay tiene, en la actualidad, 71 años de edad. Padece del mal de parkinson, enfermedad que hasta la fecha parece no tener cura. A los años el más grande, Cassius Clay, se sentía orgulloso de haberse negado ir a combatir, con armas de la guerra, al pueblo vietnamita. Clay también visitó Cuba –para donar medicinas- donde se dio un abrazo con el más grande campeón amateur de pesos pesados Teófilo Stevenson, recientemente fallecido a los 60 años de edad.

El mundo que clama por paz, justicia, libertad, equidad, amor y solidaridad debe sentirse orgulloso del más grande al igual que sus 9 hijos. ¡Viva el más grande! ¡Viva Cassius Clay!

 



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Freddy Yépez


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