Carajo: los gringos sí tienen cosas raras

Los gringos –entendiendo por éstos a los estadounidenses fundamentalmente del Estado- generan sorpresas constantemente más por sus cosas “inmorales” o de defensa de la “moralidad burguesa extrema y farsa” que por su terrible comportamiento como gran gendarme vilipendiador y destructivo del mundo. A los imperialistas no les interesa, para nada, el origen de la familia ni del Estado pero sí, y muchísimo, el de la propiedad privada. Tal vez, ni siquiera en las universidades de postgrado en historia humana en Estados Unidos, le presten importancia alguna al famoso libro de Engels “El origen de la familia, la propiedad y el Estado”. De éste que se ocupen los comunistas y punto. ¡Gracias a Dios y a Engels, es así!

         Nadie como el capitalismo ha hecho de la poligamia una razón primordial de la vida sexual. La monogamia es para cumplimiento sagrado de la mujer, no del hombre. El pragmatismo imperialista siempre busca tapar, bajo o detrás de faldas, las crudas realidades que les golpean los huesos y los músculos y hasta los propios testículos.

 

         En la vida de hombres con mucho poder suelen atravesarse, como tentación, mujeres hermosas y audaces para arrancar a aquellos un pedazo de poder, una espiga larga de influencia y ¿por qué no?: facultad para enriquecerse. No necesitan ser muy inteligentes sino muy pragmáticas y astutas. Confían en su belleza y elegancia como confía el felino en su velocidad y sus garras para capturar su presa. Saben, por ejemplo, que el farso moralismo de una sociedad es, en cierta forma, garantía del secreto para sus andanzas, aunque mucho sea el peligro al que se enfrenten. Alguien dijo que un gerente o director de una empresa o institución que se acueste con su secretaria pierde, por lo menos, un poco más del 50% de su poder. Pero, además, corre el riesgo permanente del chantaje.

 

         En Estados Unidos, la nación donde más se vilipendian las reglas de la moral con toques constante de defensa no del ser humano sino de la democracia imperialista, suelen producirse escándalos mayúsculos por una relación sexual fuera del matrimonio, a lo cual no le encuentran justificación ni perdón pero, en cambio, los genocidios cometidos por militares estadounidenses contra poblaciones indefensas siempre tienen una razón que les justifique: un error de cálculo que no puede empañar la lucha de Estados Unidos por la libertad y democracia en otras naciones del mundo, las invadidas.

 

         Residuos de un semen en un vestido de mujer es mucho más importante aclararlo ante la opinión pública estadounidense que mil fotografías de soldados torturando prisioneros, vejándolos y violándolos.  Lo primero se relaciona con la infidelidad matrimonial, con la poligamia, y eso es cosa de moral mientras que lo segundo está relacionado con esa lucha incesante, con ese sacrificio heroico de los militares estadounidenses que sacrifican su vida por la libertad y la democracia de otras naciones. Lo que con frecuencia olvidan en las alturas del poder político imperialista es que debajo de las faldas y muy adentro de los blúmer y de los interiores se esconde el verdadero fraude de la moral burguesa.

 

         El general David Petraeus, siendo director de la famosa y tenebrosa CIA, coqueteó –como cualquier hombre de este mundo- con hermosas mujeres. Se acostó con una de ellas, la disfrutó y se dejó cautivar por sus encantos de pocas primaveras. Petraeus, como lo dice Chente Fernández en una canción, supo hacer de un invierno una primavera y, de paso, completamente desnudos en una temperatura de varios grados bajo cero. Pero el general Petraeus no se conformó con una, tenía otra que le escribía su biografía en los lechos del placer (Paula Broadewell), la cual le conocía mucho más secretos que la nueva intrusa o, de las otras intrusas.

 

         Pero muchos hombres con poder político o policial tienen amigos íntimos, de plena confianza, con quienes son capaces no sólo de comentar sus andanzas sino, igualmente, incluirlos en ellas como, también, atraer a otras mujeres amigas. Petraeus, valiéndose de sus lazos religiosos cristianos, se ganó a o0tra hermosísima estadounidense para metérsela por los ojos al general John Allen, quien dirige la guerra invasora estadounidense en Afganistán. John Allen, al no reconocer haber actuado incorrectamente fue, en cierta forma, defendido por el Secretario de Defensa, el señor Panetta, alegando los “éxitos” obtenidos por las tropas mercenarias e invasoras en Afganistán, aunque hizo detener la orden de que el general fuese a ocupar el cargo de comandante aliado supremo de la OTAN. Tal vez, un buen sicoanalista pudiera determinar si tener sexo con una amante es un actuar incorrecto de un hombre en un mundo donde el capital justifica la poligamia del varón y la castiga en la mujer. En todo caso, para el general John Allen como para el general David Petraeus, no lo es. Lo que sucede que los moralistas imperialistas rebuscan términos muy elegantes para tratar cosas de infidelidad matrimonial de manera que no se vea empañada la farsa democracia estadounidense.

En verdad, a los jerarcas imperialistas poco les importa que sus cuadros tengan relaciones extramatrimoniales, sean polígamos o monógamos. Lo que les importa es que cuando sus cuadros de confianza, fundamentalmente sus hacedores de guerra de rapiña, se desabrochen las braguetas cautivados y atraídos por la belleza de las amantes, no le den a éstas informaciones sobre los crímenes y actos abominables que cometen por el mundo en nombre de la libertad, la paz y la democracia. Los imperialistas tienen palabras adecuadas y hasta elegantes para identificar esa realidad: “comunicaciones inapropiadas”.

 

El celo, acción que llegó tardía a las relaciones amorosas, fue el fósforo que produjo la explosión. Con palabras muy elegantes la Broadwell recriminó a Kelley instándola a que cesara en su “demasiado amable” relación con el general Petraeus. Y dio inicio a una serie de amenazas por correos electrónicos. Eso hizo que el FBI investigara a la primera y se encontraron con la “sorpresa” de hallar mensajes del general Petraeus a su también amante Broadwell.

En fin: todo el escándalo moralista sobre el caso del Petraeus con sus amantes se fundamenta en descubrir si aquel le pasó información clasificada a alguna de las atrevidas mujeres destruye hogares honorables. Allí está la gravedad de la relación extramatrimonial del exjefe de la CIA. En la Casa Blanca no hay día que dejen de pensar en WikiLeaks, porque el duende Assange ronda por todas las oficinas de las instituciones del Estado imperialista. Mientras tanto, en Afganistán y en otras regiones del mundo, los militares estadounidenses seguirán cometiendo atrocidades de toda naturaleza. Y sin embargo, hay gente de pueblo raso que se arrecha porque otros del mismo pueblo luchan por el socialismo en contra del capitalismo.



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Freddy Yépez


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