Terrorismo y sus promotores

Como cada año desde 1982, el Departamento de Estado de Estados Unidos
incluyó hace algunos días a Cuba en su “lista negra” de países
patrocinadores del terrorismo internacional.

El fariseísmo de tal inserción es evidente e indignante para quien, de
alguna forma, logre escapar del sistema de dictadura mediática que
ejerce la elite del poder estadounidense con alcance global.
Aún sin tomar en cuenta que la superpotencia norteamericana es el
Estado terrorista mas amenazador del mundo y el pueblo cubano uno de
los que más intensa y largamente ha sido víctima de la brutalidad del
terrorismo de Estado que patrocina Washington, para los pueblos de
todo el mundo tal acto ha sido nuevamente motivo de reproches, burlas
e ironías que erosionan el precario prestigio y la autoridad de la
política exterior de la Casa Blanca.

No existe una definición jurídica universalmente aceptada del
terrorismo más allá del escueto entendido de que se trata del “uso
real o la amenaza de recurrir a la violencia con fines políticos”.
Tampoco hay una instancia internacional autorizada para calificar los
actos terroristas, por lo que la humanidad está muy lejos de poderse
plantear una estrategia antiterrorista mundial dirigida a lograr la
extinción del flagelo.

Aunque la acusación de “terrorismo” históricamente se ha pretendido
aplicar por las potencias coloniales y las oligarquías opresoras en
cualquier parte del mundo a buena parte de los métodos
insurreccionales que escogen los revolucionarios y patriotas para sus
enfrentamientos emancipadores, los pueblos saben distinguir, por
intuición, los métodos revolucionarios de lucha de los actos
terroristas.

La diferencia es muy natural y se identifica por sobre las campañas
cotidianas de los medios corporativos en todo el mundo: los primeros
se identifican o representan las aspiraciones del pueblo, los
segundos; los terroristas, carecen de escrúpulos, hieren sus
sensibilidades y son por ello rechazados por la población.
Califican como métodos insurreccionales populares los que llevan a
cabo unidades secretas o irregulares que, debido a su inferioridad
militar evidente para el combate contra las instituciones armadas
gubernamentales que defienden los intereses oligárquicos, operan fuera
de los parámetros universalmente aceptados de las guerras.
Los métodos revolucionarios buscan transformar el escenario y las
asimétricas condiciones de la lucha para elevar la moral combativa de
las masas, atraer nuevas huestes a la lucha, ridiculizar a las fuerzas
represivas de los regímenes tiránicos, llamar la atención del mundo a
la guerra revolucionaria que se libra al tiempo que desnudan el
carácter impopular de las oligarquías y sus servidores contra los
cuales se combate.

El terrorismo genera pánico y provoca sufrimientos y muertes de
personas inocentes. Los métodos revolucionarios, en cambio, se
identifican con las aspiraciones populares, engendran admiración por
el altruismo de quienes ejecutan las acciones y convocan a la lucha y
al sacrificio en aras de una causa justa.

Esta dicotomía no debe confundirse con la práctica a que Estados
Unidos ha acostumbrado al mundo para salvaguardar a las dictaduras
amistosas (“friendly dictatorships”), porque ellas en verdad no son
más que tiranías impuestas para proteger a las oligarquías cuando
éstas ven amenazada su dominación al amparo de los métodos habituales
de la democracia burguesa.

El punto de vista estadounidense que sitúa a Cuba como un Estado
promotor del terrorismo se hizo oficial en 1982 cuando el Departamento
de Estado de EEUU incluyó a Cuba en la lista de naciones que
Washington supone que brindan apoyo crítico a las actividades
terroristas.

Washington jamás ha podido presentar pruebas de tal apoyo, y por ello
nunca ha acusado formalmente al gobierno cubano de brindarlo; solo
argumenta que Cuba asume una posición neutral con respecto al
terrorismo porque no bloquea ni incauta los activos de quienes son
acusados por Estados Unidos de ser miembros de grupos terroristas.
Obviamente Cuba no admite que Estados Unidos le presione a acatar su
arbitraria definición del terrorismo y modificar el carácter de sus
nexos en función de la óptica imperial y su lista de países, entidades
o personas patrocinadores del terrorismo, elaborada a partir de los
intereses políticos y económicos de Washington.

Cuba no acepta la idea que practica Estados Unidos de que pueda haber
terroristas buenos y terroristas malos, según actúen a favor o en
contra de quien los califica.

Es un acto prepotente pretender que, por el solo hecho de que la
política exterior de Estados Unidos acuse de terrorista a otro país,
los demás deban aceptarlo y actuar en consecuencia. Menos aún cuando
quien se atribuye el derecho a la definición clasificatoria es
reconocidamente el líder del terrorismo de Estado a nivel mundial.

manuelyepe@gmail.com


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Manuel E. Yepe

Abogado, economista y politólogo. Profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana, Cuba.

 manuelyepe@gmail.com

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