Pobre Libia: tan cerca del petróleo y tan lejos de Alá

 Si aquel que dijo “Pobre México: tan cerca de Estados Unidos y tan lejos del Cielo”, tuvo razón, mucho más se tiene al decir: “Pobre Libia: tan cerca del petróleo y del agua subterránea y tan lejos de Alá”. ¿Quién es capaz de medir la distancia entre la Tierra y el Cielo si un filósofo dijo que eran la misma cosa? Se supone que los dioses viven en el Cielo y no en la Tierra, porque ésta es sólo para `profetas y sus seguidores.

El mundo, casi entero, sigue siendo indiferente ante el dolor del más necesitado de solidaridad que lo padece. Libia podrá ser rica en petróleo y en agua subterránea; podrá tener una mayoría de un pueblo capaz de sacrificarse por su ideal y sus derechos; podrá ir, consciente y decidida la mayoría de su población, hasta las últimas consecuencias para hacer valer su inalienable derecho a la autodeterminación. Todo eso resulta admirable, respetable y aplaudible. Por eso es que decimos que Libia está tan cerca del petróleo y del agua subterránea.

 Sin embargo, frente a ese monstro que es la unidad de ataque y de intervención militar de la OTAN en los asuntos internos de Libia, ésta se parece, en este momento de su historia y de la historia del mundo, como una hormiga solitaria y aislada enfrentándose a elefantes, rinocerontes, leones, tigres, lobos y chacales que luego, si triunfan, se la repartirán por pedazos quedándose el imperialismo estadounidense con la mejor parte aunque haya sido el imperialismo francés quien propuso la conquista del designio de hacerla víctima y presa de sus apetitos de expansionismo, reparto y saqueo. Difícil, extremadamente difícil, aunque no imposible, que Libia salga airosa en esa demasiada desigual lucha militar. Y Libia, en este preciso momento de la historia de la lucha de clases y entre Estados, es la prueba más patética y urgente de que la lucha política, para vencer al imperialismo, necesita del concurso de la solidaridad internacional o, mejor dicho, del principio del internacionalismo proletario. ¿Quién se atreve a contradecir que Marx no tuvo razón cuando definió la revolución con una sola palabra: solidaridad?

 Si el mundo árabe, como un solo bloque en torno al Corán, dejara de venderle petróleo a los Estados imperialistas, éstos doblarían sus rodillas, no para gritar “rodilla en tierra resistiremos y venceremos”. No, para pedir perdón, para retractarse, para recoger sus macundales de guerra y volver a sus cuarteles de reposo. Y si el proletariado europeo y el de Estados Unidos detuvieran con sus brazos fuertes y paralizaran, aunque sea por unos días, la producción en sus países, no sólo de rodillas se pondrían los imperialistas sino, mejor aún, agacharían sus cabezas, se las meterían entre sus rabos y se confesarían públicamente equivocados, porque todo el cuerpo les temblaría y órganos vitales del mismo amenazarían con paralizarse. Y eso, podría quitarles la vida, es decir, conducirlos a la muerte y, después de ésta, no queda otra cosa que: la sepultura, para que reine la putrefacción y sean los gusanos los beneficiados de todo lo descompuesto. Comenzaría ese tiempo deseado por muchos en que se vaya izando la bandera de la construcción de un nuevo mundo.

 Nadie, así lo creo, entiende correctamente el por qué todos los islámicos se arrechan, se indignan, se ponen furiosos y prometen represalias cuando alguien amenaza con quemar unos cuantos libros del Corán, pero la inmensa mayoría de los islámicos, jurándole fidelidad al Dios-Unico- Alá, son indiferentes, son apáticos ante crímenes de lesa humanidad o genocidios cometidos contra sus propios hermanos islámicos por los imperialistas. Pareciera, ¡que me perdone Alá si estoy errado!, que en la mayoría de los islámicos la sangre no llama a la solidaridad de los hermanos. Por eso es que decimos que Libia está tan lejos de Alá.

 El mundo o, mejor dicho, la mayoría de los pueblos –en general- y del proletariado –en particular- no requieren de más pruebas para determinar sobre la verdad que indujo a los imperialistas para invadir y bombardear a Libia, destruirle infraestructura y asesinar miembros –incluso niños y niñas- del pueblo libio. No, ni siquiera con los ojos vendados, los oídos taponados, las manos amputadas, el olfato engripado y la boca engrapada, deja de percibirse la verdadera verdad.

 Basta con saber que el terrible e indiscriminado bombardeo sobre Libia no se ejecuta para proteger al pueblo libio de los ataques del “criminal” Gadhafi ni para garantizar el respeto a los derechos humanos del pueblo libio vulnerados por el gobierno “despótico” de Gadhafi. ¿Quién ha dicho, teniendo razón, que a un pueblo se protege y se le cuidan sus derechos humanos lazándoles bombas a diestra y siniestra y de manera indiscriminada? Simplemente, hay que limitarse a los resultados de ¿quiénes son los muertos, qué infraestructura han destruido, qué porción de pueblo libio se ha sumado en apoyo a los intervencionistas extranjeros agrupados en la OTAN? Definitivamente, queda clarísimo que los imperialismos lo que quieren es la cabeza frita de Gadhafi, porque siguen aferrados a esa vieja y caduca idea que predominó en los historiadores del esclavismo y el feudalismo cuando se creía, erróneamente, que la historia dependía exclusivamente del papel del individuo o de la personalidad en la misma. No olvidemos que hasta unos días después de algunas manifestaciones de protesta en Libia a ningún gobierno imperialista se le había ocurrido la idea de acusar a Gadhafi de déspota y violador de derechos humanos porque, sencillamente, tenía buenas relaciones diplomáticas con todos ellos y era un abanderado de la lucha contra el terrorismo en el Medio Oriente. El petróleo y el agua, para los imperialistas, valen más o son mucho más importantes que esas locas y desquiciadas aspiraciones de pueblos en tratar de hacer valer su derecho de autodeterminación. Por algo, ya reconocido públicamente, el imperialismo francés le lanza armas a los alzados contra el gobierno de Gadhafi.

 Cuento de camino o cuento chino eso de proteger al pueblo libio y salvaguardarle sus derechos humanos. Se trata, realmente, de una guerra de rapiña por el petróleo y el agua subterránea de Libia. Se trata, si llegasen a derrocar a Gadhafi y formar un nuevo gobierno al servicio del imperialismo, de repartirse la macoca, la gran macoca, de doscientos setenta mil millones (270.000.000.000) de dólares que tiene Libia en depósitos y reservas. ¿Entendemos, bien y clarito, el por qué los imperialistas quieren ponerle sus manos a Libia derrocando a Gadhafi? Se supone o, mejor dicho, seguro que Alá no está de acuerdo con la intervención militar de la OTAN en Libia pero, lamentablemente, la mayoría de los islámicos pareciera (salvo los libios) que está de acuerdo, porque nada hace para derrocar a los gobiernos árabes o islámicos epígonos del imperialismo. Según el Corán, esos islámicos que son indiferentes ante los crímenes que están cometiendo los imperialistas en Libia estarán esperando que: “... cuando el sol se cierre y las estrellas caigan y las montañas se pongan en movimiento... y los mares hiervan... entonces cada alma sabrá lo que hizo”.

 No deben olvidar los islámicos que realmente creen en el Dios-Unico Alá que el Corán habla de ese día en que llegará el juicio en que los hombres serán recompensados o castigados según sus acciones. Describe en imágenes las recompensas de una forma apasionada y, así lo creo, allí entrarán los islámicos que luchan contra el imperialismo y el capitalismo por construir un mundo donde realmente reine la felicidad para todos los seres humanos. Mientras que los castigos los describe de manera gráfica con líquidos hirvientes, fuegos permanentes y torturas incesantes y, así lo creo, allí entrarán los islámicos que explotan y oprimen a sus propios hermanos o pueblos; los que se convierten en epígonos del imperialismo para permitir el saqueo de la riqueza que debe ser de todos sus habitantes; y los islámicos que son indiferentes y no ejercen solidaridad con aquellos pueblos islámicos que son masacrados por las balas asesinas de los imperialistas.

 Ciertamente, como lo dice el camarada Luis Britto García en su muy leída columna “ParedeSufrir”: “Ningún país está fuera del planeta…”, pero, también, se puede decir que “Libia está sola ante esa brutal y criminal guerra que le está haciendo la OTAN”. Sencillamente, porque no hay una verdadera solidaridad mundial con su causa. Y el triunfo de la causa antiimperialista lo garantiza, esencialmente, la solidaridad de los pueblos del mundo con la misma.

 El Libertador Simón Bolívar dijo que era maldito el soldado que disparaba contra su propio pueblo, por lo que el profeta Mahoma, igualmente, ha podido decir: maldito el islámico que se pone al lado del enemigo que le dispara a un pueblo creyente en Alá.



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Freddy Yépez


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