Rebelión en el mundo árabe: algunas consideraciones preliminares

    Desde hace ya más de un mes el mundo árabe (en Medio Oriente y el norte de África) está en el tapete mediático de todo el planeta. Las revueltas populares que se vienen sucediendo no son simples protestas; allí se juegan procesos complejos, profundos, que seguramente tendrán consecuencias importantes para la arquitectura mundial de los próximos años. Si bien los sucesos están en su pleno desarrollo, hasta donde sea posible puede ser pertinente tratar de sacar algunas conclusiones. Conclusiones preliminares, en todo caso; ideas-fuerza que nos permitan aclarar un poco más qué está sucediendo para, consecuentemente, poder actuar.

     De hecho, como sucede con cualquier gran acontecimiento significativo de la historia, es muchísimo lo que se reflexiona en torno a él (“ríos de tinta”, para usar un lugar ya muy común). Por supuesto, ello está sucediendo con los hechos del mundo árabe: cada quien, desde su óptica, lee el fenómeno, opina, lo valora y toma partido. Obviamente: todos tenemos derecho a hacerlo. Lo que aquí presentamos, por tanto, no son más que otras reflexiones, ni las únicas ni las más acertadas. Son, en todo caso, unas consideraciones que me parecen necesarias si se las ubica correctamente: ¿qué significa todo esto visto desde la izquierda y desde fuera del mundo árabe? Estos dos elementos son determinantes: las presentes conclusiones preliminares están hechas por alguien que no viene del arabismo, que desconoce el Islam, y que seguramente serán leídas (no sabemos si compartidas en un todo) por gente más o menos similar: occidentales no musulmanes. Y por otro lado, están hechas en clave de izquierda (sin entrar a considerar qué entendemos exactamente por tal aquí, pero sabiendo que el espectro que esa caracterización cubre es amplísimo, desde los movimientos de acción armada hasta la izquierda parlamentaria de saco y corbata).

     Pues bien: teniendo claro desde dónde se hacen, y apuntando a constituirse en un granito de arena más para la discusión (ya hay otros, seguramente más certeros, más profundos, pero todos tenemos derecho a nuestro granito en este afán participativo), nos permitimos evaluar la situación con las siguientes observaciones: 

  • Las revueltas populares de Túnez y de Egipto surgieron como procesos espontáneos, genuinos. Y si, en todo caso, fueron vilmente preparadas por la mano desestabilizadora y conspirativa de la CIA1 –como lo pretenden algunas visiones un tanto apocalípticas que encuentran complots por todos lados, lo cual no negamos de cuajo pero que tomamos con precaución– ello muestra que hay un descontento generalizado en las poblaciones, producto de estructurales situaciones de injusticia. Rebeliones de esas características, donde grandes mayorías reaccionan, visceralmente sin duda, ante su crónica exclusión, pobreza, marginación, falta de oportunidades y represión grosera, no se darían en otros contextos (los países escandinavos, por ejemplo, o Israel). Si hay reacción, más allá de la manipulación que pudiera darse, es porque la realidad en que viven enormes mayorías es profundamente intolerable. La reacción en cadena que se suscitó luego de la chispa tunecina y egipcia, lejos de ser una reacción religiosa, tuvo que ver con niveles concretos de vida, con malestares acumulados, con injusticias atávicas que reventaron en forma pública.
  • Por más que se las intente manipular con habilidad, como habitualmente los factores de poder lo suelen hacer, las multitudes son inmanejables, y sus reacciones pueden disparar procesos que se salen de control. Por eso los factores de poder –hoy día de escala planetaria, con proyectos globales y de largo plazo– cada vez afinan más los mecanismos de control. En ese sentido, junto a la acción armada –último recurso del sistema, siempre listo para actuar– asistimos a herramientas de manejo político-ideológico más y más refinados. En esa lógica se inscriben los modernos medios masivos de comunicación, cobrando así sentido lo que los estrategas del Pentágono llaman “guerra de cuarta generación”, es decir: guerras mediático-psicológicas donde no hay enfrentamientos entre fuerzas militares sino un combate invisible en el que la población en su conjunto funciona como “enemigo”, sin saberlo.
  • En forma creciente, la agenda política del mundo la establecen los medios masivos de comunicación, en tanto parte fundamental del entramado de poderes que manejan el planeta. Es una noticia relevante, y en términos políticos la población habla de –dicho de otro modo, más patético por cierto: la población piensa– lo que los medios establecen. En ese sentido la revuelta del mundo árabe es importante porque, sin ningún lugar a dudas, rompe un determinado balance de poderes. Pero más importante aún puede ser por la forma en que se presenta mediáticamente, haciéndola funcional a esos grandes poderes, tratándola de cooptar. No deja de ser llamativo el hecho que las grandes cadenas noticiosas internacionales rápidamente mostraron el lado “amable” de las revueltas, su vocación democrática y antidictatorial. Si bien no son lo mismo que las revoluciones de colores que tuvieron lugar en las ex repúblicas soviéticas, las potencias occidentales las transformaron (o intentaron hacerlo mediáticamente al menos) en algo no-peligroso para el statu quo. Algo así como las “damas de blanco” de Cuba, o las protestas “estudiantiles” de Venezuela. Las presentaron como importantes porque permiten a los poderes reciclarse, limpiarse la cara de los impresentables y cambiar algo para que, en definitiva, no cambie nada. También podrían haber optado por el silencio, por el bajo perfil, por la trivialización. Si tanta importancia le están dando, evidentemente es porque allí se juegan cosas muy importantes.
  • Como en todo proceso político de gran escala, se trata de acontecimientos sumamente complejos. Aquí, como en general en ningún proceso histórico, las cosas no son en blanco y negro. No existen los buenos y los malos; hay, en todo caso, poblaciones faltas de justicia que encuentran, como pueden, formas de expresión para vociferar sus malestares. Nos los mueve la ideología de izquierda, sin dudas: los mueve el hambre, la miseria, la desesperación. Lo que estamos presenciando en el mundo árabe no lleva el signo socialista, ni siquiera claramente antiimperialista. Es descontento popular. Lo cual obliga a preguntar –al menos en el campo de la izquierda– qué es una revolución, para qué se la hace. Y por otro lado: ¿cómo se la hace? El “para qué” está claro: para cambiar una situación a todas luces injusta, donde las grandes mayorías salen perjudicadas. Por eso los poderes, los detentadores de las cuotas de beneficios que se desprenden del mantenimiento de esos poderes, se resisten. Y se resistirán siempre, por supuesto (¿quién cede voluntariamente su poder?). Lo cual evidencia que no puede haber cambios reales en lo social de modo amable, pacífico. Las revoluciones amistosas no son revoluciones; pueden ser procesos de cierto cambio cosmético, pero no transformaciones de raíz. No sabemos dónde podría haber llegado esta rebelión árabe, pero los poderes fácticos han hecho todo lo posible para que no cambie nada. Quizá el uso tan repetido de la palabra “revolución” en los medios del sistema para describir los acontecimientos tiene por fin, justamente, quitarle toda carga revolucionaria a una posible revolución. Ahora bien: lo ocurrido en los países árabes plantea también la pregunta de cómo cambiar un estado de cosas: ¿alcanza sólo el descontento popular, aunque se salga de cauce? ¿Es necesaria una vanguardia revolucionaria que encause todo ese potencial popular? “Los pueblos no son revolucionarios sino que, a veces, se ponen revolucionarios”, decía una pintada callejera durante la Guerra Civil Española. Los actuales sucesos lo reafirman: sin una conducción, la mayoría librada a su suerte, luego del furor de su grito de lucha, es muy difícil que pueda plantearse la construcción de algo sistemático. Lo que queda como problema abierto es ¿qué conducción plantearse hoy día, luego de las primeras experiencias de socialismo del pasado siglo? ¿Qué levantar como alternativa a las vanguardias partidarias?
  • Queda claro también que ningún proceso de transformación real de lo social puede hacerse sin el calor popular, sin la gente en la calle, sin la marea humana que se lleva todo por delante. El sistema lo sabe, y se cuida religiosamente de ello, de que no pueda suceder, que nunca aparezca eso como posibilidad real. De ahí el manejo político y mediático perpetuo al que se somete a las masas (y para eso, entre otras cosas, llegó el fútbol profesionalizado, la gran receta mágica). La izquierda también lo sabe, pero lo que está sucediendo muestra que las fuerzas de la derecha están en una relación infinitamente más privilegiada para mantener su situación que la izquierda para cambiarla, pues disponen de más recursos, más homogeneidad de clase y más experiencia histórica acumulada. Si los capitales globales dominantes (léase Estados Unidos en principio, y la Unión Europea) necesitan, para mantener sus privilegios, sacrificar algunos gobernantes “amigos” (dictaduras sangrientas incluidas), no tienen ningún problema en hacerlo. Si a Moubarak se le bajó el dedo, eso sólo demuestra que el sistema se salva a sí mismo prescindiendo de sus operadores. Incluso –no es la primera vez que algo así sucede– haciendo leña del árbol caído: ahora se le conocen ahorros por 70.000 millones de dólares al depuesto presidente egipcio. ¿Nos lo podremos creer? Y si las cosas se calientan demasiado, no sería improbable que monarquías quasi feudales como las de Arabia Saudita o algún emirato puedan caer para dar pasos a modernizaciones democratizantes (“gatopardismo”, que le dicen…) La gran derecha global sólo tiene intereses, no sentimentalismos. El juego de la política es el frío cálculo de los poderes, descarnados y sin miramientos. Al menos en la concepción de las derechas. Las izquierdas no encuentran aún fórmulas verdaderamente alternativas y eficaces, más allá de la denuncia, todo lo que muestra la necesidad de repensar con valor de urgencia el qué hacer concreto, cómo construir utopías posibles.
  • Si los acontecimientos políticos del mundo árabe son tan importantes a nivel macro, ello evidencia que la región tiene una importancia vital en el mundo por la sencilla razón de ser la principal productora y ruta de petróleo. Es decir: el modelo civilizatorio (capitalismo hiper desarrollado con revolución científico-técnica imparable) que actualmente rige en todo el planeta vive a base de petróleo. Si el mismo faltara ahora, antes que ya se hayan generado los mecanismos de recambio (como habrá que hacer inexorablemente para el próximo siglo), la economía planetaria caería. De ahí que esta gran zona, que va del mar Mediterráneo pasando por el mar Rojo, el golfo Pérsico hasta el océano Índico, asentada sobre hidrocarburos, y que justamente reposa en el subsuelo de los pueblos árabes y musulmanes, es en la actualidad un área trascendental en la lógica de los poderes dominantes. Dejarla librada a la suerte de sus propios pueblos –los que técnicamente serían los dueños naturales de esos recursos– no entra en la perspectiva imperial. Por eso el Medio Oriente, durante buena parte del siglo XX y, por lo que se ve, también en el presente, será quizá la zona más sensible –militarizada, convulsa, problemática– de todo el globo. Eso explica, entre otras cosas, la presencia de un Estado como Israel, el matón de Washington en la región, pequeño país con un poder de ataque absolutamente desproporcionado –incluso poder nuclear no desarrollado por sí mismo sino entregado por la potencia americana– que cumple el papel de ariete en la zona custodiando los intereses imperiales, preparatorio del proyecto injerencista del gobierno de Estados Unidos de un Gran Medio Oriente Medio, acomodado a sus conveniencias geoestratégicas. Mientras los modelos de desarrollo no cambien y sigan asentándose en el consumo del oro negro, la región seguirá siendo un polvorín siempre a punto de estallar. Las actuales revueltas evidencian, entre otras cosas, la locura civilizatoria presente en la idea de desarrollo que domina el mundo, tan poco –o nada– amigable con el entorno.
  • El caso de Libia no termina de estar claro, pero es evidente que hay ahí en juego oscuros intereses de las grandes potencias. El punto básico para entender lo que allí sucede son sus ricos recursos petroleros, con nuevas reservas recientemente descubiertas. La actual manipulación mediática de las cadenas comerciales occidentales que ven en el coronel Mohamed Khadafi algo así como un monstruo, no deja de ser llamativa. El gobernante libio no es un revolucionario, y si años atrás jugó un papel más antiimperialista, hoy día, desde hace ya no menos de una década, está alineado con los grandes poderes del capital transnacional. La presente andanada contra su “brutalidad dictatorial” no es sino parte de una estrategia de desinformación y creación de escenarios. Hace ya un tiempo que el compañero Fidel Castro venía denunciando que la OTAN tiene como objetivo el petróleo libio. Los hechos actuales parecen estar demostrando la veracidad de esta afirmación. De todos modos extraer la conclusión que todos los hechos que vive en estos momentos el mundo árabe son un montaje fríamente calculado para quedarse con los hidrocarburos de Libia es, como mínimo, una exageración simplificante. Eso no sería más que subestimar las sublevaciones populares.
  • En el marco de esa matriz mediática que imponen los grandes poderes globales se ha difundido la idea que todas las revueltas tuvieron como núcleo disparador el uso de las mal llamadas “redes sociales”: Facebook y Twitter. Una mentira repetida mil veces se transforma en una verdad, se ha dicho. Lo cual es cierto. Tanto, que muchos podríamos estar tentados de creernos la falacia en juego. Pero las rebeliones populares espontáneas, hechas por gente en general pobre, sin acceso a mayores recursos, demuestran en forma palmaria que las mayorías no salen a las calles impulsadas por instrumentales tecnológicos que casi no conocen. El mito que “todo el mundo usa internet” no es sino eso: mito. En la llamada sociedad de la información la mitad de la población mundial está a no menos de una hora de marcha del teléfono más cercano, y la media planetaria de acceso al internet no pasa del 10%. Es una flagrante mentira que las supuestas redes sociales mueven mayorías. Eso no es sino una forma más de promover una burbuja consumista. La gente real de a pie, la que salió a protestar espontáneamente, está más cerca de las señales de humo que de la informática. Ese es nuestro mundo real.
  • El saludo insistente de los medios comerciales a este supuesto renacer de las democracias en los “atrasados” países árabes e islámicos demuestra que la idea de democracia en juego es otro elemento más de control social. Democracia de base, autogobierno de los pueblos, participación real en la toma de decisiones trascendentes para la gente, todo eso aún no existe en ningún lado. Quizá en algunos países del socialismo real hubo algunos acercamientos, pero una auténtica democracia de base no existe aún en ningún lado. Por eso, esta repetición significativa con que nos está inundando la industria de la información demuestra que la democracia en juego es, cuanto más, la farsa electoral ya conocida. Los pueblos que salieron a la calle, en Túnez, en Egipto, etc., etc., no piden “parlamentos representativos”. Quizá no esté claro que pidan, más allá de su profundo descontento. Pero hay que estar muy alertas a no dejar secuestran ese potencial humano en nombre de una palabra tan manoseada como democracia. E igualmente podría decirse eso de la idea de “derechos humanos”, término que la izquierda, con actitud crítica, debería alguna vez problematizar, pues en su nombre –al igual que en el de la democracia o de la libertad– el capitalismo global da golpes de Estado, cambia presidentes o invade países. ¿Será que estas revueltas de los pueblos oprimidos está motivada por la búsqueda de un sistema político más bien desconocido en el mundo árabe? ¿Qué tal si intentamos leer mejor el fenómeno en clave de luchas de clases?
  • Los hechos actuales vienen a poner sobre la palestra el lamentable estado de la Organización de Naciones Unidas –ONU–. Si bien desde su nacimiento la organización evidenció sin ninguna vergüenza la más absoluta falta de democracia en su constitución (el Consejo de Seguridad manejado sólo por los cinco grandes con poder nuclear es una ofensa a los pueblos del mundo), al menos durante los años de la Guerra Fría se permitía funcionar como caja de resonancia del reparto de poderes globales y, en muy pequeña medida pero al menos en algo, podía ser un espacio para dirimir los conflictos del mundo. Por supuesto nunca sirvió para garantizar la paz, y mucho menos el desarrollo de todos los habitantes planetarios. Pero su situación actual es trágica: con el unipolarismo militar post caída soviética, amarrada abiertamente a los grandes poderes económicos del globo, su papel es triste. Para la actual crisis africana y del Medio Oriente no apareció. Y, para colmo de males, es probable que aparezca en escena cuando las cosas ya están consumadas. La pretensión de ser una mesa de negociaciones a escala mundial está hoy más lejos que nunca desde su fundación.
  • Para quienes queremos seguir teniendo esperanzas en un mundo menos injusto, más vivible, –“y no por ellos ser estúpidos”, como dijo el jesuita Xabier Gorostiaga sacudiéndose así la marea neoliberal individualista y antisolidaria que vino a invadir todo estos últimos años– lo que está sucediendo hoy en esta atribulada región del planeta no deja de ser una buena noticia. Las interpretaciones que de esto se puedan hacer serán muchas, variadas, antitéticas en muchos casos. Por supuesto que para un pensamiento conservador esto será un exabrupto; ello ni se discute. Incluso en el campo de la izquierda hay posiciones que desacreditan los alzamientos espontáneos considerándolos o inconducentes (por amorfos, por faltos de dirección) o manipulados (productos de los laboratorios de la CIA). Pero más allá de esas posibles lecturas todo esto viene a demostrar que, como diría Galileo saliendo del Tribunal de la Santa Inquisición: eppur si muove. Esa es la esperanza que no hay que perder.     
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Marcelo Colussi

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