Entre el Salón Oval y el Palacio de Nariño

No es la primera vez que un predecible líder elevado a la magistratura de su país, paulatina o repentinamente modifica su oferta electoral – un uno u otro sentido - para abrazar propuestas, e incluso programas, que se distancian de la visión que la mayoría de sus electores y, especialmente su partido, tenía sabre su candidato o candidata.

Tal comportamiento no es, sin embargo, el fruto de un estado de locura ni una simple conspiración dirigida a engañar incautos, sino la consecuencia de la existencia de nuevos escenarios políticos abiertos, luego de un proceso electoral en el que se manifiestan estadísticas electorales imprevisibles, que obligan a repensar las líneas de gobierno para sectores no considerados inicialmente, privilegiar alianzas internacionales o, apartase de grupos que parecían representar la corriente principal del pensamiento popular y terminaron siendo manifestaciones decadentes de grupos de presión o de liderazgos agotados.

Quien diría que el liberal Manuel Zelaya Rosales se convertiría en el impulsor de los cambios más importantes de los últimos 100 años en Honduras, o que la peronista Cristina Kichner terminaría aliada con “piqueteros”, defensora de derechos humanos y sindicalistas en contra del viejo tronco Justicialista del general Perón, o que el fogoso líder obrero brasileño,Lula Da Silva, se convertiría en el mimado de la pujante burguesía brasileña para llevar y desafiar al mismísimo imperio norteamericano en el tema de la paz en Suramérica y el Medio Oriente e, incluso, como imaginarse que después de la inicial alianza bolivariana con sectores de la burguesía tradicional venezolana, el comandante Chávez se convertiría en la nueva voz del Socialismo y el proletariado mundial en lucha contra el Capitalismo y el imperialismo?. Y también, como imaginarse que el Alan García de la Moratoria de la Deuda de los años 80’s, se convertiría
en defensor del neoliberalismo latinoamericano o, que el candidato del FMLN, Mauricio Funes se comportaría como un aliado norteamericano en el tema de Honduras?.

Pero también, hay situaciones políticas que confirman la invariabilidad de la acción política, independientemente de los resultados de una elección, en los casos en que los tradicionales bloques de poder responden sólidamente a una cohesionada visión de la hegemonía de clases propietarias del país y de alianzas estratégicas internacionales que no aceptan, bajo ninguna condición, variaciones que afecten el dominio de tales grupos sociales en la conducción de la sociedad y el Estado y la supremacía de su hegemón internacional.

Este es el caso de la República de Colombia, en donde las elecciones confirmaron que la derecha política, con sus matices en el método y las prioridades, obtuvo el 100 % de los votos positivos, (aunque solo representan un minoritario 34% respecto al padrón electoral), si tomamos en cuenta que, las dos opciones de Santos y Mockus confirmaban la continuidad de orden oligárquico colombiano, aunque en Mockus ofreciera una recuperación de la “decencia administrativa” y la “legalidad institucional”, en medio de la guerra.

El problema, sin embargo, no es solo la continuación del dominio de la oligarquía colombiana en la dirección del Estado sino su alianza estratégica con el gobierno de los Estados Unidos, convencidos primero, de la imposibilidad de derrotar militarmente a la insurgencia guerrillera y quebrar la creciente resistencia social a sus políticas neoliberales y, en segundo lugar, las fundadas preocupaciones que anida respecto que los procesos soberanistas y de Justicia social que se desarrollan en América Latina y el Caribe y, en particular, en su bolivariano vecino venezolano, por cuanto tales procesos de cambio pueden servir de “mal ejemplo” al 66% por ciento de sus electores y electoras que en la segunda vuelta presidencial rechazó sus candidatos, mediante la abstención, el voto nulo y el voto en blanco.

Aunque sería deseable una atmosfera de respeto y colaboración con el nuevo equipo de gobierno colombiano, fundado en los ofrecimientos de “paz, respeto y colaboración” a la República Bolivariana de Venezuela y los demas pases de la región, resulta difícil pensar en la existencia de cambios reales del nuevo equipo de gobierno, si tomamos en cuenta que el gobierno colombiano estará condicionado por la estrategia contrainsurgente extrafronteriza dictada por los asesores norteamericanos y, reducido en su soberanía política y militar por la cesión de las siete bases militares al gobierno de los Estados Unidos, razones por la cuales debemos pensar que las decisiones políticas fundamentales, más allá de los discursos de buena voluntad y amigable vecindad, estarán más cercanas al “Salón Oval” de la Casa Blanca, que al histórico Palacio de Nariño que adorna la plaza Bolívar de la siempre hermosa Bogota. “Ver para creer”.

yoelpmarcano@yahoo.com


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Yoel Pérez Marcano


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