No lo admitimos pero es como una prostitución

La revolución pacífica es una forma de matrimonio gobierno-pueblo, forzados a estar juntos por necesidad económica, y esta ya no resulta intolerable.

Al no asumir la idea matriz del socialismo, el proceso ostenta un cariz reaccionario y eso significa que está vivo, que no da su aval a una doble moral, laxitud para el gobierno rigidez para el pueblo, fundadas sobre status disociativos. La promoción del comportamiento en el socialismo moderno es mucho más delicada, más ágil y más profunda, ya no hay espacio para las promesas de siglos, este país y este continente requieren un cambio revolucionario. La enfermedad del capitalismo y del imperialismo lo amerita.

Estas revoluciones son menos románticas que las armadas, en donde la camaradería y la solidaridad estaban presentes siempre. Estos procesos pacíficos saben a prostitución. Los hombres y las mujeres con el gobierno deben elegirse y aguantarse mutuamente para buscar la igualdad, para que exista la participación ciudadana en el poder popular, que la pensión de la vejez alcance a toda la informalidad y para buscar la igualdad de derechos. Acaso en el matrimonio no es así.

La telenovela del proceso suelta lastre pero nunca hasta poner en peligro la armonía de las relaciones con el gobierno que descansa en la desigualdad del status. De ahí que, frente a esa estructura política que rodea al proceso, que sigue goteando felicidad, el destino de la masa es, desplegar todos sus poderes para cuidar el único bien, la revolución, que despierta la codicia y la mala fe, cauciona el valor de la relación masa proceso y cuya determinación gira en torno a la autoridad del gobierno no del poder del pueblo.

La revolución tiene que demostrarse con hechos, así llegan los hijos en la unión marital o matrimonial, mientras no comprendamos que el bla, bla, bla, es una farsa ideológica, sin más garantías de seguridad que las promesas sobre la fuente de los deseos de cualquier ciudad o país.

De modo que la sobrecargada gestión del gobierno debe optimizarse, igualmente, la masa tiene que colaborar con los cambios radicales. O nos liberamos de una vez por todas de tanta media tinta o morimos de viejos y el cambio no llegara. Y es que la gente olvida fácilmente lo anacrónico del proceso, y mucho me temo que seguirá habiendo un gran porcentaje de masa anacrónica conformista con lo ya realizado.

Abrigo mis esperanzas de que esta revolución donde participe de una vez por todas el pueblo abra una verdadera libertad, una verdadera institución revolucionaria capaz de dejar atrás el círculo vicioso de un proceso anacrónico que perpetuán sus actitudes anacrónicas. No es mucho pedir el cambio ya, de un proceso relativamente medio, contento con lo que se ha hecho y que ha durado mucho tiempo. El cambio de actitudes del gobierno y del pueblo evitara que haya que esperar 50 años más para limpiar la histórica arena imperial y evitar que tape la revolución.

Si el cambio no se da y surge el continuismo anacrónico en el proceso, si es así, entregaríamos un potencial humano considerable, que es fiel, que nunca ha traicionado al proceso, al contrario, ha sido traicionado. Nos dicen, decimos, nos encontramos en vías de conseguirlo si, ¿pero cuándo? Las situaciones reales y actuales del sistema económico-político regional y global exigen un pronto resultado de cambio. El matrimonio con el sistema capitalista o neoliberal del medio requiere un pronto divorcio, a no ser que, inventemos otras modalidades de matrimonio a más de la traición, saludada por muchos, porque esos son los resultados del pasar del tiempo sin resultados para los menos convencidos, que son bastantes.

A los funcionarios hay que perdonarles muchos errores, algunos gravísimos ¿por qué? Por la unión, por la paz, por el bien del proceso, que va…es por complicidad, somos negligentes, porque no nos inmiscuimos verdaderamente en el cambio, no queremos cambiar, los hábitos nos superan ¿Dónde se ha visto revolucionarios súbditos?

Estos años de proceso tienen la respuesta para sacarnos de la confusión. El dinero no ha cambiado la inseguridad, el burocratismo, la corrupción o el problema de las drogas. La felicidad no se compra, el socialismo tampoco.

Debemos estar en desacuerdo con el viejo sistema revolucionario que nos ha guiado, debemos examinar con ojo clínico los métodos sobre los cuales hemos basado el proceso, requiere una pronta reingeniería.


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Raúl Crespo


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