Desmontar los códigos del “socialismo burocrático” (I)

Develar sin ambigüedades los contrabandos ideológicos: 

En Venezuela, se pretende meter “gato por liebre” en la construcción del nuevos horizontes para la revolución democrática y socialista. Y el “gato por liebre”, como el conocido y mal llamado “paquete chileno”, es una simple y burda estafa. En este caso, una estafa ideológica. ¿Quién puede sostener a estas alturas la defensa y necesidad de sistemas políticos unipartidistas con formatos de centralismo burocrático para la construcción del socialismo? Sólo nostálgicos de las nomenclaturas, funcionarios orgánicos de la “nueva clase”. ¿Quién puede sostener a estas alturas que la propiedad estatal de los medios de producción, es idéntica a la propuesta de Marx sobre la socialización de los medios de producción, que es equivalente a la apropiación social, a la propiedad social, común de productores libremente asociados? Solo los portavoces del Capitalismo de Estado. ¿Quién puede sostener hoy que la llamada “conciencia del deber social” es una formulación originaria del Che Guevara? Alguien que ignore olímpicamente el XXII Congreso del PCUS en el período de aparente apertura de Kruschov, que ignore los trabajos de Shishkin, y de quienes plantearon la “moral comunista” en el marxismo soviético, ya antes del trabajo de Guevara sobre el “Sistema presupuestario de financiamiento” (1964). Por ejemplo: 

 “Debemos desarrollar, entre el pueblo soviético, la moral comunista, en cuya base se encuentra la lealtad al comunismo y la enemistad sin compromisos hacia sus adversarios, la conciencia del deber social, la participación activa en el trabajo, el cumplimiento voluntario de las normas fundamentales de la vida humana comunal, la ayuda mutua propia de los camaradas, la honestidad y la veracidad, y la no tolerancia a los perturbadores del orden social.” (Materiales del XXII Congreso extraordinario del PCUS-1961).  

Desde nuestro punto de vista, la fórmula “elevada conciencia del deber social”, pertenece al “marxismo-leninismo soviético” del siglo XX, no remite como fuente sino a formulaciones de la propia cultura ética, política y jurídica de la URSS en los años 50-60. Es una formula ética ajena a la arquitectura teórica del pensamiento crítico marxiano, sobre todo por su énfasis en sus aspectos compulsivos en la inculcación ideológica, que pierde de vista que Marx, que fue un pensador moderno, europeo, perteneciente a la tradición crítica de la ilustración del siglo XIX, elaboró su “crítica a la economía política capitalista” al servicio de un ideal de emancipación general de los individuos sociales, del género humano, y no de la “sociedad en abstracto”, para acabar con todas aquellas relaciones e las que los “individuos sociales” se encuentren humillados, avasallados, desvalidos, envilecidos y sometidos (Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844).  

No se trata de plantear entonces, una figura del colectivismo burocrático por encima del “libre desarrollo del individuo social”, ni un despotismo igualitario propio del “comunismo grosero”, crítica marxiana que está presente desde los manuscritos de 1844, pasando por la ideología alemana (1845-46), por los trabajos preparatorios del el Capital (1867), los Grundrisse (1857-58), hasta su análisis de la Comuna de París en 1871, y la crítica al programa de Gotha (1875). Este dato es relevante, ya que ni los Manuscritos económico-filosóficos, ni la Ideología Alemana ni los Grundrisse fueron trabajados por la ortodoxia bolchevique, que dio paso al llamado “marxismo-leninismo ortodoxo”, como lo denominó Bujarin. Es decir, los líderes de la revolución rusa desconocían en gran medida aspectos fundamentales de la obra abierta y crítica de Marx, de su concepción tanto del “socialismo revolucionario” como del “comunismo”, que no eran ni fases ni etapas del proceso histórico de transición. Estas etapas o períodos de transición son inventos no marxianos. 

No hay revoluciones socialistas por decretos, ni por inspiraciones divinas, ni por recetas, ni por calcos y copias. Las ideologías socialistas disponibles son producto de las circunstancias históricas específicas, del despliegue de las luchas ideológicas que se encarnan y traducen en actores, movimientos y fuerzas sociales. Sin comprender la composición de clases, grupos, etnias y sectores de las sociedades de Nuestra-América, resulta una debilidad analizar las luchas ideológicas, políticas y culturales presentes. La heterogeneidad estructural, social y cultural define relaciones entre etnia, clase y nación, con una particularidad que las distingue de los análisis de clases de las realidades europeas del siglo XIX. Podrá simplificarse una estructura de clases específica a tres grandes sectores, a dos, a cinco, pero esto es una burda simplificación si se desconoce el proceso específico de la conformación histórica de estos grupos, sectores y clases, con sus expresiones políticas, ideológicas y culturales. Sin analizar cómo el fenómeno del “colonialismo interno” condiciona la elaboración, apropiación y recepción de las ideologías procedentes de la Modernidad Europea en la geografía de experiencia de América Latina y el Caribe, poco se comprenderá acerca de los proyectos hegemónicos en pugna.  

Y esto lo decimos, porque al parecer hay una suerte de “marxismo de las Carabelas”, una plantilla que presente imponerse sobre la especificidad histórico-cultural de los pueblos del continente, trasladada desde el tronco marxista-leninista, desde los manuales de la ortodoxia soviética. El “marxismo de calco y copia” no permite ir construyendo horizontes socialistas no dogmáticos, ni descolonizadores. Las formas de ideología dominante no solo son capitalistas, son colonial-modernas, euro-céntricas, patriarcales, desarrollistas y racistas. Hay que reconocer, entonces, variantes de la ideología socialista, que reproducen las matrices de poder del colonialismo, del eurocentrismo y del patriarcado, así como la alienación política; es decir, la separación perpetúa entre gobernantes y gobernados, cuestionada por Gramsci en sus “Elementos de Política”. Los gobernantes arriba, mandando casi por “derecho natural” o “derecho divino”, los gobernados abajo, calándose la explotación política, sin ejercer el protagonismo ni la participación democrática.  

La modernización refleja, trunca, dependiente, producto del proceso de “actualización histórica” descrito por el antropólogo Darcy Ribeiro, ha generado ideologías revolucionarias que reproducen las actitudes básicas de la evangelización compulsiva, de los colonizadores. Se trata de un “marxismo” y un “socialismo” de las Carabelas. En vez de gritar: “Tierra, Tierra”; gritan: “Estado, Estado”. Han perdido de vista la matriz anti-Estatista del pensamiento emancipador marxiano, liquidando el proyecto-liberación en el altar de la burocracia política, administrativa, policial y militar, añadiendo a la explotación económica directa, una segunda explotación del pueblo, una alienación política: la Estadolatría.  

De allí  la importancia de no perder de vista toda la experiencia histórica del termidor estalinista, todas las dificultades de la burocratización temprana de la revolución rusa ya desde 1920, pues fueron elementos económicos, políticos, ideológicos y culturales los que intervinieron en la deformación temprana del proceso de transición en la URSS. La debacle soviética se prefigura desde la forma del partido-único despótico, desde la liquidación de la “oposición obrera”, desde una concepción monista de la ideología revolucionaria, desde la raíz jacobina de su estilo de conducción revolucionaria. La debacle soviética fue advertida muy tempranamente por Rosa Luxemburgo (1918). El problema estuvo en usar las “armas melladas” del imaginario jacobino para construir Socialismo. Es decir, en olvidar que la auto-emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos, de sus consejos socialistas, de sus comunas, no de un partido-aparato de funcionarios sobre-impuesto al “movimiento real que tiende a superar el orden existente”.  

La debacle soviética estuvo en no construir formas de democracia socialista, refugiándose en la venerada superstición por la maquinaría despótica del Estado. Fue históricamente falso que el proceso revolucionario bolchevique era aceptado por todos. Allí está la historia de desacuerdos con Lenin, allí esta Luxemburgo, la oposición obrera, la izquierda Consejista holandesa, el Austro-marxismo, el POUM español, y en gran medida muchísimas críticas a Stalin, por parte de Trotsky.   

La deformación burocrática-autoritaria de la Revolución Rusa viene desde la cuna, no es un mal de adolescencia, y se llama despotismo ideológico, político y económico, fue el “Socialismo de Estado”. Si se quiere ir a la raíz del problema, encuéntresela en una incomprensión radical del planteamiento revolucionario de Carlos Marx, y no solo en circunstancias objetivas aducidas como pretextos para colocarle vendas en los ojos al pueblo. Desde el imaginario jacobino-blanquista no se construirá revolución socialista alguna:  

“Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría.  El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa.  El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.” (Manifiesto Comunista-1848)  

Si de verdad no se quieren repetir los errores, entonces comience por desaprender todos los dogmas de la ortodoxia soviética. No hay garantía alguna de éxito, pero es un comienzo indispensable. Para decirlo con Robinsón: ¡O inventamos o erramos!



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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

 jbiardeau@gmail.com      @jbiardeau

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