Las fuentes de la intolerancia

Las fuentes de la intolerancia y explotación llegaron con las religiones, el cristianismo, el feudalismo, la burguesía, y el capitalismo con el poder del dinero, aliados desde siempre con la Iglesia Católica, que a través de toda su historia, reprimió a los pueblos, ellos son los causales de las miserias humanas y de las guerras que la humanidad sufrió en todas las épocas. En realidad, el cristianismo, rigiendo al individuo, es capaz de anular por asfixia la proyección libertaria de los pueblos y, hasta logra crear ese nihilismo espiritual que reina en las masas, obstáculo no superado aún en varios siglos después de la Gran Revolución.

La intolerancia que se extendió por el mundo con el advenimiento del cristianismo es uno de los aspectos más crueles, debido, a mí entender, a la creencia judía en la virtud y en la exclusiva realidad del Dios judío. No sé las razones por la cual los judíos debían tener esas peculiaridades. Parecen haberse desarrollado durante el cautiverio, como una reacción contra la tentativa de absorción por los pueblos extraños. Sea como fuere, los judíos, y más especialmente los profetas, pusieron de relieve la virtud personal, y que es malo tolerar cualquier religión, excepto una. Estas dos ideas han tenido un efecto extraordinariamente desastroso sobre la historia occidental.

La Iglesia Católica ha destacado la persecución de los cristianos por el Estado Romano antes de Constantino. Sin embargo, esta persecución fue ligera, intermitente y totalmente política. En toda época, desde la de Constantino hasta fines del siglo XVII, los cristianos fueron mucho más perseguidos por otros cristianos de lo que fueron por los emperadores romanos. Antes del cristianismo, esta actitud de persecución era desconocida en el viejo mundo, excepto entre los judíos.

Si se lee, por ejemplo, a Herodoto, se halla un relato tolerante de las costumbres de las naciones extranjeras que visitó. A veces, es cierto, le escandalizaba una costumbre particularmente bárbara, pero en general, son hospitalarios con los dioses y las costumbres extrañas. No siente el anhelo de probar que la gente que llama a Zeus por otro nombre sufrirá perdición eterna, y debe dársele muerte a fin de que su castigo comience lo antes posible. Esta actitud ha sido reservada a los cristianos. Es cierto que el cristianismo moderno es menos severo, pero ello no se debe al cristianismo; se debe a las generaciones de librepensadores que, desde el Renacimiento hasta el día de hoy, han avergonzado a los cristianos de muchas de sus creencias tradicionales. Es divertido oír al moderno cristianismo decir lo suave y racionalista que es realmente el cristianismo, ignorando el hecho de que toda su suavidad y racionalismo se debe a las enseñanzas de los hombres que en su tiempo fueron y siguen siendo perseguidos por los cristianos.

Hoy nadie cree que el mundo fue creado en el año 4004 a, de J. C., pero no hace mucho el escepticismo acerca de ese punto se consideraba un crimen abominable. Hubo escritores, que después de observar la profundidad de la lava de los volcanes, llegaron a la conclusión de que el mundo tenía que ser más viejo de lo que suponían los ortodoxos, y publicaron su opinión en sus libros. Por este crimen fueron lanzados al ostracismo. Si se hubiera tratado de hombres de posición más humilde, su castigo habría sido indudablemente más severo. No es ningún mérito de los ortodoxos que no crean ahora en los absurdos en que se creía hace más de 200 años. La mutilación gradual de la doctrina cristiana ha sido realizada a pesar de su vigorosísima resistencia, y sólo como resultado de los ataques de los librepensadores.

La actitud de los cristianos sobre el tema de la ley natural ha sido curiosamente vacilante e incierta. Había, por un lado, la doctrina del libre albedrío, en la cual creía la mayoría de los cristianos; y esta doctrina exigía que los actos de los seres humanos, por lo menos, no estuvieran sujetos a la ley natural. Había, por otro lado, especialmente en los siglos XVIII y XIX, una creencia en Dios como el Legislador y en la ley natural como una de las pruebas principales de la existencia de un Creador. En los tiempos recientes, la objeción al reino de la ley en interés del libre albedrío ha comenzado a sentirse con más fuerza que la creencia en la ley natural como prueba de un Legislador.

La naturaleza es indiferente a nuestros valores, y sólo puede ser entendida ignorando nuestros conceptos del bien y del mal. El universo puede tener un fin, pero nada de lo que nosotros sabemos sugiere que, de ser así, ese propósito tiene alguna semejanza con los nuestros. Luego, también, la evolución ha tenido una influencia considerable en los cristianos que la han aceptado. Han visto que no se puede hacer demandas a favor del hombre totalmente diferentes de las que se hacen de otras formas de vida. Por lo tanto, con el fin de salvaguardar el libre albedrío en el hombre, se han opuesto a toda tentativa de explicar el proceder de la materia viva en los términos de leyes físicas y químicas. La doctrina de la continuidad les hace dar un paso más allá y mantener que incluso lo que se llama materia muerta no está rígidamente gobernada en su proceder por leyes inalterables.

Bajo la influencia de esta reacción contra la ley natural, algunos apologistas cristianos se han valido de las últimas doctrinas del átomo, que tienden a mostrar que las leyes físicas en las cuales habíamos creído hasta hace poco tienen sólo una verdad relativa y aproximada al aplicarse a grandes números de átomos. Sea como fuere, merece la pena observar que las doctrinas religiosas con respecto a los fenómenos menudos no tienen influencia sobre nada que tenga importancia práctica. Por lo tanto, las doctrinas no tienen influencia apreciable sobre ninguno de los problemas de interés humano que preocupan al teólogo.

Por consiguiente, la cuestión del libre albedrío sigue como antes. Se piense acerca de ella lo que se quiera como materia metafísica, es evidente que nadie cree en ella en la práctica. Todo el mundo ha creído que es posible educar el carácter; todo el mundo sabe que el alcohol o las drogas tienen un cierto efecto sobre la conducta humana. El apóstol del libre albedrío mantiene que un hombre puede siempre evitar el emborracharse, pero no mantiene que, cuando está borracho hable con la misma claridad que cuando está sereno.

Indudablemente, la fuente más importante de la religión es el miedo; esto se puede ver hasta el día de hoy, ya que cualquier cosa que despierta alarma suele volver hacia Dios los pensamientos de la gente. La guerra, las enfermedades tienden a hacer religiosa a la gente. Sin embargo, la religión tiene otras motivaciones aparte del terror; apela especialmente a la propia estimación humana. Las arremetidas del fascista “Urosa Ladino”, contra el Presidente Chávez y la Enmienda, así nos lo indican.

Parecería, por lo tanto, que los tres impulsos humanos que representa la religión Católica son el miedo, la vanidad, y el odio. El propósito de la religión, podría decirse, es dar una cierta respetabilidad a estas pasiones, con tal de que vayan por ciertos canales. Como estas tres pasiones constituyen en general la miseria humana, la religión es una fuerza del mal, ya que permite a los hombres entregarse a estas pasiones sin restricciones, mientras que, la Iglesia, debía tratar de dominarlas en cierto grado.


El odio y el miedo, puede decirse, son características humanas esenciales; la humanidad los ha sentido siempre y siempre los sentirá. Lo mejor que se puede hacer, es canalizarlos, para que sean menos dañinos. Un teólogo cristiano podría decir que la Iglesia Católica los trata como el impulso sexual que deplora. Trata de hacer inocua la concupiscencia confinándola dentro de los límites del matrimonio.

El concepto de virtud de la Iglesia Católica es socialmente indeseable en diversos aspectos; el primero y principal por su menosprecio de la inteligencia y de la ciencia. Este defecto es heredado de los Evangelios. El adquirir tales conocimientos no forma parte de nuestro deber, según la Iglesia. La Iglesia ya no pretende sostener que el conocimiento es en sí pecaminoso, aunque lo hizo en sus épocas de esplendor; pero la adquisición de conocimiento, aun no siendo pecaminoso, es peligroso, ya que puede llevar al orgullo del intelecto y por lo tanto a poner en tela de juicio el dogma cristiano. A la Iglesia no le importa la hipocresía, que es un halagador tributo a su poder. Aun más dañina que la hipocresía teológica es la hipocresía de su nacionalismo, del deber que tienen para con el Estado, y con ninguno más.


La segunda y más fundamental objeción a la utilización del miedo y el odio del modo practicado por la Iglesia Católica es que estas emociones pueden ser eliminadas casi totalmente de la naturaleza humana mediante las reformas educacionales y económicas y políticas. Las reformas educaciones tienen que ser la base, ya que el ser humano que siente miedo y odio admirarán estas emociones y desearán perpetuarlas, aunque esta admiración y este deseo sean probablemente inconscientes, como en el cristiano ordinario. Una educación destinada a eliminar el miedo no es difícil de crear. Sólo se necesita tratar amablemente al niño, colocarle en un medio donde la iniciativa sea posible sin resultados desastrosos, y librarle del contacto con los adultos que tienen miedos irracionales, ya sea de la oscuridad o de la revolución social. El librar del odio a un niño es un asunto más que complicado.

La religión impide que nuestros hijos tengan una educación racional; la religión impide suprimir las principales causas de la guerra; la religión y el capitalismo impiden enseñar la ética de la cooperación científica en lugar de las antiguas doctrinas del pecado y el castigo. La religión aliada con el capital, son los generadores de todas las guerras desde los tiempos antiguos; son los mayores genocidas de la raza humana, son los mayores causantes de los magnicidios de todos los hombres con ideas liberales en todas las épocas. Posiblemente la humanidad se halla en el umbral de la libertad, pero primero será necesario matar el dragón que guarda la puerta, y este dragón es la religión.


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Manuel Taibo


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