Ideas socialistas en la mitad del Siglo XIX (II)

Marx, en la Revista Comunista (1847), refiriéndose a la famosa Icaria , decía: “Estimamos la persona del ciudadano Cabet, pero combatimos su proyecto de emancipación y estamos convencidos de que si la campaña que él propone tiene lugar resultará de un gran perjuicio para el principio comunista porque los gobiernos triunfarán y los últimos días de Cabet serán atormentados por amargas desilusiones”. Palabras proféticas. Así terminó Cabet sus días.

El artículo de Marx terminaba con este llamamiento: “Hermanos: Mantengámonos sobre la brecha en nuestra vieja Europa, trabajemos y luchemos aquí, porque no es más que en Europa donde existen actualmente todos los elementos para el establecimiento de una comunidad de bienes y esta comunidad se establecerá aquí o no lo será en ninguna parte.” (El Manifiesto Comunista).

Augusto Blanqui (1805-1881) caracteriza las primeras manifestaciones revolucionarias del proletariado cuando tiende a superar las concepciones del socialismo utópico y de la burguesía, aunque en el período de las sectas, Blanqui representa un comunismo revolucionario que se inicia coincidiendo con la aparición del movimiento obrero. La vida de Blanqui es inseparable de todos los movimientos insurreccionales que se produjeron en su época. Pasó más de cuarenta años en la cárcel, por lo que le llamaban l’enfermé, el “encerrado”. Alcanzó todo el período de la Liga de los Justos y de la Primera Internacional y, con él, las primeras etapas del movimiento obrero. Al contrario de los utopistas y reformadores que se apartaban de toda acción política, para Blanqui, la acción política y revolucionaria era lo fundamental.

“El comunismo, que es la Revolución misma, debe guardarse de la conducta de la utopía, y nunca debe separarse de la política. No hace mucho tiempo estaba fuera de ella. Hoy se encuentra en medio de ella. Ella no debe ser más que servidora. No tiene que agotarla a fin de conservar sus servicios. Le es imposible imponerse brutalmente, sea el día después o el día antes de una victoria. Pretenderlo, sería querer marchar hacia el sol.” “sansimonianos, fourieristas, positivistas, todos han declarado la guerra a la Revolución, a la que acusan de negativismo incorregible. Durante unos treinta años sus prédicas han anunciado al Universo el fin de la era de destrucción y la llegada del período orgánico en la persona de sus respectivos Mesías. Rivales de tienda, las tres sectas se ponían de acuerdo únicamente en sus diatribas contra los revolucionarios, pecadores endurecidos que se negaban a abrir los ojos a la luz nueva y las orejas de la palabra de vida...”

Aludiendo a las doctrinas de Saint Simón y Fourier, enfrentándose con las panaceas que ofrecían los “reformadores” y de los que todo lo confiaban al mito del cooperativismo, Blanqui decía: “¡Ah!” ¡Se pretende emancipar al pueblo, contra la acción gubernamental, con PEQEÑAS sociedades cooperativas! ¡Quimera! ¡Traición, quizás! El pueblo no puede salir de la esclavitud más que por el impulso de la Gran sociedad, del Estado, y bien audaz quien sostuviera lo contrario. Pues el Estado no tiene otra misión legítima.” Blanqui era la figura de un revolucionario vinculado y confundido con el proletariado, pero olvidando las razones económicas que determinaban sus condiciones sociales. Esa era, tal vez, una de las fallas fundamentales de su doctrina. Analizando la obra de Blanqui, cobra toda su importancia la definición de Lenin de que “sin teoría no hay revolución”.

La vida de este gran revolucionario se consumió entre la conspiración y la cárcel. En el proceso de 1836 mantiene con el presidente del Tribunal un magnífico diálogo que retrata su personalidad. El presidente, haciéndole el interrogatorio de rigor, le preguntaba cuál era su profesión; Blanqui le responde: “Proletario”. El presidente le aclara que ésa no es una profesión. Entonces Blanqui le replica: “¿Cómo que no es una profesión? Es la profesión de treinta millones de franceses que viven de su trabajo y que están privados de sus derechos políticos...” El presidente cierra el diálogo volviéndose al secretario que levantaba el acta y le dice: “Bien. Escriba que el acusado es proletario.” Y, en efecto, Blanqui era y representaba el espíritu ardiente y revolucionario del proletariado que empezaba a despertar su conciencia de clase. Con Blanqui se termina un período de socialistas y comunistas franceses cuya obra preparó la de Marx y Engels, los que superando las utopías, empezaron por analizar los fundamentos económicos de la sociedad burguesa para poner en un primer plano la teoría de la lucha de clases como factor determinante del desarrollo de la sociedad “porque la historia de las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”.

Pierre Joseph Proudhon (1809-1865), llamado el “padre del anarquismo”, es, sin duda alguna, quien ha ejercido una mayor influencia en el movimiento obrero español en su segunda etapa, sobre todo en Cataluña. Sus concepciones fueron igualmente las que alimentaron la acción perturbadora del anarquismo en el seno de la Primera Internacional. Reforzó esta acción Miguel Bakunin, su mejor discípulo. A mediados del siglo XIX las ideas de Proudhon empiezan a estar en boga en Francia y a divulgarse en otros países. Es bastante común oir que el anarquismo arraigó en nuestro país porque es la ideología “que se identifica mejor con el carácter individualista de nuestro pueblo”. Sin embargo, son otras las razones históricas que explican este fenómeno. No es el carácter de nuestro pueblo quien ha determinado esa influencia, sino una determinada influencia anarquista quien ha determinado el carácter de una parte de nuestro movimiento obrero a través de su proceso de organización. Y, en todo este proceso, el factor fundamental y decisivo es el económico. El anarquismo ejerció una hegemonía y pudo desarrollarse con cierta facilidad en nuestro país, en la medida que fue débil la divulgación de la verdadera ideología del socialismo científico, de las concepciones del marxismo. Gracias a una política que consistía en silenciar a Marx, fue posible desarrollar las ideas de Proudhon y de Bakunin.

En el período de 1847-1850, Proudhon silencia la obra de Marx igual que ignoraba las corrientes filosóficas que se desarrollaban en Alemania y que tenían en Hegel y Feuerbach sus principales exponentes. Cuando le hablan por primera vez de ellos, manifiesta su sorpresa y, al mismo tiempo, su interés. Por el contrario, Marx había formado parte del grupo de jóvenes que integraban la llamada “izquierda hegeliana”, recogiendo de Hegel y de Feuerbach aquella parte positiva de su filosofía como contribución para la elaboración de su nueva teoría del materialismo y de la lucha de clases. Proudhon escribe en 1846 su 0obra Contradicciones económicas o filosofía de la miseria, profundamente difundida como una gran obra. En España inmediatamente fue dada a conocer. Marx escribe en 1846-1847 su Miseria de la filosofía, como réplica al estudio de Proudhon y a sus falsas concepciones. En todas las bibliotecas de los centros obreros de España, anarquistas o socialistas, podía encontrarse la obra de Proudhon, pero no la de Marx. A principios de 1848 aparece el trascendental Manifiesto del Partido Comunista, el genial documento de Marx y Engels, pero no es vertido al español hasta 1872, es decir, veinticuatro años después de su publicación, gracias a una traducción de José Mesa insertada como folletón en el semanario La Emancipación.

El atraso de la divulgación de las teorías marxistas en ese país, la pobreza ideológica de lo que pudiéramos considerar como corriente del socialismo que, más tarde, forma el Partido Socialista, pobreza que se manifiesta a través de toda su historia, es entre otras la causa del anarquismo y de que éste alcanzara influencia y, en ciertos medios, un predominio, en el seno de su movimiento obrero.

En 1846, Marx y Engels, desde Bruselas, por medio de su Comité de Correspondencia, tratan de ganar a Proudhon para la acción tendiente a establecer las bases internacionales de un movimiento obrero revolucionario. Invitan a Proudhon a colaborar y lo proponen como corresponsal para Francia. El fracaso de esta gestión, como consecuencia de la actitud de Proudhon, ha tenido consecuencias negativas para el desarrollo del movimiento obrero porque significo un serio obstáculo a los trabajos de Marx y Engels que intentaban situarlo, por encima de las concepciones de los “reformadores” y de todas las escuelas utopistas, en el terreno de la lucha de clases y de la acción política siguiendo los principios de un verdadero socialismo. Proudhon vino a ser el freno de esa etapa de superación ideológica y de unidad que arranca del Manifiesto Partido Comunista y, más tarde, de la creación de la Primera Internacional.

La famosa frase de Proudhon “la propiedad es un robo” y la de que el mejor gobierno es “el gobierno de la anarquía”, no significaron nada, su ideología fue hundiéndose en sus contradicciones. Marx había precisado sus nuevas teorías, en principios que, sin ser un dogma, serían inconmovibles porque prenderían cada vez con más fuerza en las masas. Marx señalaba “que el modo de producción de la vida material determina, de una manera general, el progreso social, político e intelectual de la vida”. “Que no es la conciencia del hombre quien determina su manera de ser, sino su manera de ser quien determina su conciencia...” “Que una teoría se transforma en potencia material si ella prende en las masas.” “Que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.” Marx enfilaba al porvenir, Proudhon marchaba hacia atrás.

Proudhon empezó considerando que “la propiedad es un robo” y que el mejor gobierno es “el gobierno de la anarquía” para terminar visitando a Luis Bonaparte, dedicándole sus mejores elogios, pidiéndole permiso para publicar su obra (La revolución social demostrada por el golpe de Estado”, combatiendo la acción sindical de los trabajadores.

Los primeros documentos de la Internacional elaborados por Marx ponen de relieve sus esfuerzos por abarcar, por ganar a todas las fuerzas, a todos los pensamientos políticos susceptibles de participar en la grandiosa obra que trataba de forjar un movimiento obrero moderno... Marx, para evitar con su presencia coaccionar a los congresos, había adoptado la resolución de no asistir a ellos. Los congresos re reunieron y discutieron los problemas sin la participación directa de Marx. Sus resultados no complacían plenamente a Marx, pero él no veía las resoluciones que se adoptaban como la cuestión fundamental, sino el hecho de los congresos en sí; que cada uno de ellos era un peldaño más en la edificación de la Internacional y que poco a poco, según fuera desenvolviéndose, ella misma iría rectificando su propia obra. No cabe duda que si Marx hubiese asistido a todos los congresos, éstos registrarían en sus decisiones las consecuencias de la colaboración directa de quien era el pensamiento más vigoroso, más capaz, de cuantos asistieron a ellos. Esta es otra pruebo de cómo los ataques de que le hacían objeto los anarquistas diciendo que “imponía” su pensamiento a la Internacional era completamente falso.

El Congreso de La Haya fue la escisión. El anarquismo, viéndose derrotado en sus propósitos de adueñarse de la Internacional, la escindía. Con ello quedaba dividido el movimiento obrero internacional y nacionalmente. Las fuerzas reaccionarias de la contrarrevolución habían ganado una batalla. El anarquismo, enfrentado históricamente con los interese del proletariado, iniciaba su decadencia ideológica bajo la presión de las teorías de Marx y Engels. El anarquismo y todos los enemigos de Marx trataban de justificar sus ataques en contra de él diciendo que por su “”autoritarismo “imponía” sus puntos de vista; que tenía un carácter insoportable. En los escritos de Bakunin, así como en los de James Guillaume, los dos elementos que con más saña le atacaron durante el período de la primera Internacional , además de utilizar esos argumentos, mostraban constantemente su fobia antijudía y antigermánica, acusando a Marx constantemente de ser judío y alemán. Faltos de razones políticas, imposibilitados para enfrentarse con sus teorías, acudían a los argumentos más bajos. El análisis de cómo se desarrolló el proceso de organización de la Liga Comunista y, más tarde, de la Internacional, muestran con toda elocuencia que Marx no era un “autoritario”, sino todo lo contrario.

En los trabajos preliminares para la creación de la Internacional aparecen dos criterios: el de Wolf, que considera que la Internacional debe ser centralista, imponer a sus secciones una rígida disciplina, y el de Marx, que estima que la Internacional debe tener un sentido más bien federalista, para que cada sección conserve un cierto grado de independencia, de autonomía, que facilite su acción, que le permita realizar una labor orientada hacia todas las corrientes que se manifestaban en el seno del proletariado. Los primeros documentos de la Internacional elaborados por Marx ponen de relieve sus esfuerzos por abarcar, por ganar a todas las fuerzas, a todos los pensamientos políticos susceptibles de participar en la grandiosa obra que trataba de forjar un movimiento obrero moderno.

Al único Congreso que asiste Marx es al de La Haya en 1872, el que se divide en mayoría y en minoría. La mayoría coincidía con las posiciones marxistas; la minoría obedecía a las orientaciones de Bakunin y de sus actividades fraccionales. En el Congreso de La Haya quedó demostrado, con todas las pruebas, la existencia de la Alianza y sus actividades en el seno de las organizaciones de la Internacional. El Congreso , por mayoría, acuerda la expulsión de Bakunin y de Guillaume. Marx hizo toda clase de esfuerzos por evitar la escisión. Como los anarquistas seguían manteniendo la acusación de que el Consejo General, que residía en Londres, actuaba bajo la actuación “autoritaria” de Marx, éste propuso que el Consejo se trasladase a Nueva York; así nadie podría decir que estaba bajo su influencia directa. El Congreso aprobó esta fórmula y decidió que, en lo sucesivo, el Consejo residiera en los Estados Unidos; pero la minoría rechazó las decisiones mayoritarias del Congreso y provocó la escisión. El Congreso de La Haya revelaba dónde estaba el verdadero “autoritarismo”, colocando en su verdadero lugar a los que, tomando como bandera la lucha contra él, no aceptaban nunca las decisiones democráticas de la mayoría. Tras esa bandera se escondían todas las maniobras del anarquismo en contra de la Internacional y de los movimientos obreros nacionales. Fue la bandera de la división frente a la de la unidad; fue la piqueta demoledora en el seno del movimiento obrero.

Salud Camaradas.

Hasta la Victoria Siempre.

Patria. Socialismo o Muerte.

¡Venceremos!

manueltaibo@cantv.net



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Manuel Taibo


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