Los movimientos sociales y su partidización

Sin dudas nuestra pasada democracia representativa fue eficaz en el aniquilamiento de los movimientos sociales, especialmente el obrero.

Su partidización quebró uno de los rasgos fundamentales de estas formas colectivas de acción: su cohesión y coherencia producidas por el sentimiento de solidaridad generado por la pertenencia de sus miembros a un grupo definido. Obviamente el surgimiento de estos actores sociales ha roto la tradicional división estamental de las formaciones sociales históricas y la de la moderna división de clases. Y ello tiene un serio impacto en la vida política de las naciones. El caso del movimiento obrero es emblemático. Si bien es cierto que él sirvió de base para la organización de partidos, que planteaban la contradicción entre el capital y el trabajo dentro del proceso productivo de los estados, también lo es que tales organizaciones políticas secuestraron las aspiraciones del movimiento para utilizarlo como medio para la obtención del control del poder político.

Y lo mismo ha ocurrido con otros movimientos que tomaron fuerza a partir de la década de los 60 del siglo XX. Corrientes como la de los ambientalistas; las feministas; los estudiantes; la de las minorías etnoculturales, y la de los pacifistas, han trascendido la lucha de clases. Sus fundamentos corresponden a factores de estatus como la edad, el género y la orientación sexual, mientras que su movilización tiende a concentrarse en cuestiones de carácter cultural o simbólico relacionadas con creencias y significados colectivos. Éstos cimientan los sentimientos de pertenencia y la identidad de esos grupos. Agregados que proveen ideas para crear cambios en las instituciones sociales, atados al proyecto revolucionario de crear un nuevo orden social.

Dentro de este cuadro es innegable que la revolución bolivariana tiene como una de sus principales fuentes de apoyo a estos movimientos sociales, que han logrado espacios importantes para su participación en la transformación del orden estamental (corporativo) que prevalecía en la vida nacional. Pero sus roles estructurales se han visto obstaculizados por su rotura, originada en su partidización durante la hegemonía del régimen consensual unificador de las élites políticas, económicas, sindicales, militares, y, católicas. En ese cuadro, los partidos del estatus, e incluso los de la izquierda, le confiscaron a estos movimientos sus roles para convertir sus banderas en meras consignas demagógicas para mantener el control del poder. De allí que un partido que impulse la revolución debe unificar estos movimientos sociales sin apropiárselos. Serían un mecanismo para promover desde un nuevo orden social hasta toda clase de transformaciones en el sistema de normas, significados y relaciones sociales. En ese campo los miembros de tales movimientos escogerían individual o colectivamente las corrientes políticas que le ofrezcan la mejor garantía para el logro de sus objetivos específicos. Y de ello, hoy la eficacia de un partido revolucionario radica en su habilidad para sintonizarse con el movimiento social.


Alberto_muller2003@yahoo.com


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Alberto Müller Rojas


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