Camaradas: ¡están bombardeando el Kremlin!

A primeras horas del 7 de noviembre –de acuerdo con el nuevo calendario ruso- los revolucionarios tomaron el poder político en Petrogrado casi sin disparar un solo tiro. Lenin, aún en la clandestinidad, había dicho: “El 6 de noviembre es demasiado pronto. Es necesario que la insurrección se apoye en toda Rusia… Por otra parte, el 8 de noviembre sería demasiado tarde”. Como un experto cirujano, Lenin, había determinado de la manera más correcta y científica la fecha del parto de la Rusia preñada de contradicciones.

 Hacía un frío helado en Rusia. ¡Todo el poder a los Sóviets!, era la consigna en boca de obreros, soldados y estudiantes en el Petrogrado de 1917. Trotsky, recogió, como Presidente del Soviet más importante de la Rusia de todas las Rusias, la esencia del magno evento que vino a cambiar para siempre la historia del mundo: “¡La insurrección es un derecho de todos los revolucionarios! Cuando las masas oprimidas se rebelan, ejercen un derecho…” La Revolución había triunfado en Petrogrado. Se había cumplido el sueño del proletariado que seguía las ideas de Marx a través de Lenin.

 La burguesía y la mayoría de los partidos políticos que tenían cifrada su esperanza en las pocas bondades del capitalismo, desesperadas, no aceptaban aquella revolución proletaria y la catalogaban de “loca tentativa de los bolcheviques” que arrastraba a Rusia al borde del abismo. La burguesía, los mencheviques, una fracción de los socialrevolucionarios y los del bund se complotaban para obstaculizar la estabilización del triunfo revolucionario. Para ello, se valieron de la violencia contrarrevolucionaria. La Revolución hizo todo lo humanamente posible por explicar a través de la palabra el derecho a su triunfo, pero los reaccionarios prefirieron responder con balas de la muerte.

 Era hermoso ver a los obreros, soldados, estudiantes y campesinos abrazarse en la lucha por la misma causa. En ese momento (salvo Lenin, Trotsky y muy pocos obreros, soldados y estudiantes) creían que los bolcheviques podrían mantenerse en el poder más allá de tres días. Trotsky le había respondido a la negativa de la Duma a reconocer el poder de la Revolución: “La propia Constitución suministra el remedio: disolver la Duma y celebrar nuevas elecciones”.

 La contrarrevolución decidió avanzar. La mayoría de la dirigencia bolchevique se inclinaba por retroceder. Creía que no se podía soportar la ofensiva de los adversarios. “Son demasiados contra nosotros. No contamos con los hombres necesarios. Quedaremos aislados y se desplomará todo”, decían. Lenin y Trotsky parecían una roca, les bastaba el apoyo de obreros y soldados para continuar haciendo valer el derecho de la revolución de hacer realidad su sueño. Hay violencia, se producen muertes. La Revolución y la contrarrevolución se debaten y resuelven sus contradicciones en las calles de Rusia. Se canta la Marsellesa, se canta la Internacional, pero también se canta la Marcha Fúnebre en honor a los caídos. Se nombra el nuevo gobierno de Comisarios del Pueblo bajo la presidencia de Lenin.

 Moscú es para Rusia lo que París para Europa. Moscú era la verdadera Rusia y Petrogrado su ciudad artificial donde residía el gobierno central de toda la nación. En Moscú, lo dijo John Reed, conoceríamos los verdaderos sentimientos del pueblo ruso respecto a la revolución. La vida allí era más intensa. Las noticias que llegaban a Petrogrado eran que el Kremlin está en manos de los junkers y los obreros tienen pocas armas. El resultado depende de Petrogrado, aun cuando sea una ciudad artificial. El Comité Militar Revolucionario exige la rendición inmediata del Kremlin. La voz de los bolcheviques y de la Revolución, ahora, eran las bocas de los cañones en manos de los revolucionarios. Ya no había vuelta atrás: ¡Todo el poder a los Soviet o muerte!

 Ninguna revolución es grandiosa sin ese género de anécdotas que a los ojos de un radical parece una debilidad extrema de progenitores, por lo cual aquel no aprecia la sensibilidad del sentimiento humano del revolucionario. No pocas veces la necesidad impone esa casualidad que siendo trágica no deja de tener su dosis de humorismo o de dolor en el espíritu de un transformador social que quiere humanizar el mundo. Toda Revolución expresa sus imperfecciones al primer instante de conquistar el poder, porque son demasiadas las cosas que deben inventarse para comprobarse en la práctica social y garantizar su avance. Los errores están allí, al frente de los revolucionarios, marchan con ellos, porque no habiendo tenido experiencias de poder tampoco las tienen de construir. Todo esto se va logrando sobre los hechos y las apremiantes necesidades de una Revolución que conquista el poder para ponerlo al servicio del pueblo. En la Revolución rusa, como en todas las revoluciones, se produjeron hechos aparentemente irracionales, pero observándolos con el ojo clínico de la necesidad se correspondían con el momento histórico que vivía la Rusia de 1917.

 En este artículo, como un recuerdo sobre la grandiosa Revolución Rusa de 1917, lo que deseo es destacar dos anécdotas que vistas, tal vez, con una lupa, sirven para medir la dimensión inmediata de una Revolución manifestándose, por un lado, la ‘ignorancia’ de un soldado que se aferra al hecho que le pone a su disposición la esperanza de hacerle realidad la oportunidad de una vida mejor y digna frente a los argumentos del culto que pretende hacerlo cambiar de opinión y, por otro, el culto sufriendo el dolor de un acto de la ‘ignorancia’ que no tiene la menor idea de cuánto ‘daño’ está haciendo en contra del legado artístico que deja el viejo régimen al nuevo. Son anécdotas narradas por John Reed en la obra “Diez días que estremecieron el mundo”, lo cual le otorga un carácter de certeza inequívoca por ser un testimonio escrito en plenos acontecimientos de la Revolución Rusa y, además, prologada nada más y nada menos que por Lenin, aunque posterior a la muerte de éste, fue ultrajada y vilipendiada por el régimen de termidor burocrático que se hizo amo y señor de la Revolución para que sucumbiera, rendida al capitalismo imperialista, setenta y tres años después en 1990.

 Sucedió en Moscú el sábado 10 de noviembre. En una estación del tren se encontraban dos soldados haciendo guardia. Antes un oficial francés, seguramente creído de ser la imitación perfecta de Napoleón, había dicho: “¡Ah, estos rusos, qué tipos! ¡Vaya una guerra civil! ¡Están dispuestos a todo, con tal de no combatir!”. Un estudiante, creyéndose ser el verdadero revolucionario ruso, le dice a uno de los soldados: “Supongo que comprendéis que al tomar las armas contra vuestros hermanos os convertís en instrumentos de asesinos y traidores”. El soldado responde: “No es así, hermano, tú no lo entiendes. Hay dos clases, el proletariado y la burguesía. Nosotros…”, iba diciendo cuando el estudiante lo interrumpió y le dijo: “¡Oh, ya conozco esa monserga! A vosotros, los campesinos ignorantes, os basta escuchar berrear algunas frases ya hechas. Inmediatamente, sin haber comprendido nada, os ponéis a repetirlas como loros. Yo soy un estudiante marxista. Y yo os digo que no es por el socialismo por lo que combatís, sino por la anarquía, ¡en beneficio de Alemania!”. El estudiante le respondió: “Sí, ya sé que usted es un hombre instruido, eso se ve; yo no soy más que un ignorante. Pero me parece…”, y fue nuevamente interrumpido por el estudiante, quien le preguntó: “¿Tú crees sin duda que Lenin es un verdadero amigo del proletariado?”. El estudiante respondió: “Sí, lo creo”. El estudiante le preguntó: “Bien, amigo, ¿sabes que Lenin ha atravesado Alemania en un vagón precintado? ¿Sabes que Lenin recibió dinero de los alemanes?”. El soldado respondió: “Yo no sé gran cosa de todo eso, pero encuentro que lo que él dice es justamente lo que yo tengo necesidad de escuchar, y conmigo todas las gentes sencillas como yo. Mire: hay dos clases, la burguesía y el proletariado…”. Una vez más lo interrumpió el estudiante culto y le dijo: “¡Tú estás loco, mi amigo! Yo me pasé dos años en Schüsselburg por mi actividad revolucionaria, mientras que vosotros, en esa época, disparabais contra los revolucionarios y cantabais “Dios proteja al zar”. Yo me llamo Vassili Georgievitch Panin. ¿No has oído hablar nunca de mí?”. El soldado respondió: “Lo siento, jamás. Pero yo no soy más que un ignorante. Probablemente usted es un gran héroe”, a lo cual el estudiante le dijo: “Desde luego, y combato a los bolcheviques que están destruyendo a nuestra Rusia, a nuestra revolución libre. ¿Cómo te explicas tú eso?” El soldado le respondió: “Yo no sé cómo se explica eso. A mí todo me parece muy claro, bien es cierto que soy un ignorante. Me parece que no hay más que dos clases, el proletariado y la burguesía…”, iba diciendo cuando otra vez lo interrumpió el estudiante y le dijo: “¡Vuelta otra vez con tu estúpida fórmula!”, y el soldado le respondió: “… dos clases, y el que no está con la una está con la otra”. Así se debate o se conversa en ese momento histórico en que o se está con la burguesía o se está con el proletariado y la imparcialidad es una perdida de la razón escudándose en el oportunismo del sentido común. No debe resultarnos extraño que un estudiante “marxista” culto esté contra la Revolución y el soldado ignorante a favor de la Revolución.

 El otro hecho aconteció el día 15 de noviembre con uno de los hombres de mayor cultura que haya tenido no sólo la Revolución Rusa, sino también el mundo: Anatholi Lunacharski, quien a los diez y siete años dictaba conferencias magistrales sobre arte en auditorios llenos de brillantes intelectuales que dominaban el tema como a la palma de sus manos.

 La burguesía y sus acólitos políticos tenían por último bastión, el Kremlin. Contra éste había dirigido los bolcheviques su artillería para garantizar el triunfo completo de la Revolución en toda Rusia. Petrogrado estaba atento a todo cuanto acontecía en la madre patria. A Petrogrado comenzaron a llegar las noticias de la confrontación armada entre revolucionarios y contrarrevolucionarios. ¡Están bombardeando el Kremlin!, gritaban en las calles y se generaba un terror espantoso. Los rusos y las rusas escuchaban hablar de miles de muertos, de la calle Tverskaya y la del puente Kuznetsky en llamas, la iglesia de San Basilio el Bienaventurado en ruina humeante, la catedral de Uspensky derrumbándose, la Puerta del Salvador en el Kremlin tambaleándose, y la Duma arrasada por el fuego. Era, para muchos rusos y rusas, un sacrilegio contra la santa Rusia.

 Lunacharski era Comisario de Instrucción Pública, es decir, de Educación. Al tener noticia de lo que estaba aconteciendo, entró en crisis, estalló en llanto y abandonó la reunión del Consejo de Comisarios del Pueblo diciendo: “¡Es más fuerte que yo! No puedo soportar esta destrucción monstruosa de la belleza y la tradición”. El mismo día apareció en la prensa su renuncia al cargo de Comisario de Instrucción Pública, alegando: “Acabo de saber por testigos oculares lo que ha ocurrido en Moscú. La iglesia de Basilio el Bienaventurado y la catedral de Uspensky están a punto de ser destruidas. Están cañoneando el Kremlin, donde se guardan los tesoros artísticos más preciados de Petrogrado y Moscú. Hay miles de víctimas. La lucha alcanza el último grado de salvajismo. ¿Hasta dónde llegará? ¿Qué más puede suceder todavía? Yo no puedo soportar todo esto. La medida ha sido calmada, me siento impotente para detener estos horrores. Me es imposible trabajar, atormentado por pensamientos que me vuelven loco. Por eso me retiro del Consejo de Comisarios del Pueblo. Reconozco toda la gravedad de mi decisión, pero no puedo resistir más.

 ¡Camaradas!

 Sois los jóvenes dueños del país, y aunque en los momentos actuales tengáis muchas cosas de que preocuparos, sí que sabréis defender también vuestra riqueza artística y científica.

 ¡Camaradas! Una desgracia aterradora, irreparable, se ha abatido sobre Moscú. La guerra civil ha provocado el bombardeo de numerosos distritos de la ciudad. Han estallado incendios. Se han producido destrucciones. Resulta especialmente espantoso desempeñar el Comisariado de Instrucción Pública en estos días de guerra salvaje, implacable y destructora y de ciega aniquilación. La esperanza en la victoria del socialismo, fuente de una cultura nueva, es, en estos tremendos días, el único consuelo. Pero sobre mí pesa la responsabilidad de proteger la riqueza artística del pueblo. No es posible permanecer en un cargo donde uno se siente impotente. Por ello, he presentado mi dimisión. Pero, os suplico, camaradas, que me apoyéis, que me ayudéis. Preservad, para vosotros mismos y para vuestros descendientes, las bellezas de nuestro país. Sed los guardianes de los bienes del pueblo. Pronto hasta los más incultos, aquellos a quienes la opresión ha tenido durante tanto tiempo sumido en la ignorancia, se educarán y sabrán comprender qué fuente de gozo, de fuerza y sabiduría son las obras de arte. ¡Trabajadores rusos, sed dueños atentos y diligentes! Vosotros todos, ciudadanos, preservad nuestra riqueza común”

 Nadie debe duda del amor, respeto y admiración de Lunacharski o de cualquier verdadero revolucionario por el arte, del esfuerzo por la conservación de la belleza artística y patrimonios de la humanidad, por evitar la destrucción de algún legado de valor para el futuro, pero, al mismo tiempo, ninguna Revolución debe poner los intereses y objetivos del pueblo por debajo de la conservación de una obra artística o de algún patrimonio cultural o de una vieja tradición. La vida y la felicidad del pueblo están por encima de todas las bellezas y de todos los patrimonios y de todas las tradiciones, porque nunca pueden valer más un teatro o una iglesia, una pintura o una escultura, por ejemplo, que la vida de millones y millones de hombres y mujeres que ansían vivir en justicia y libertad. Los invasores estadounidenses, por citar un caso, han destruido a conciencia casi todo el legado artístico y cultural del pueblo iraquí para que éste se quede sin memoria, mientras que una Revolución trata de conservarlo para que haya memoria, pero si un grupo contrarrevolucionario pretende hacerse impune bajo el techo de un patrimonio público y desde allí dirigir su ofensiva violenta contra la Revolución, ésta tiene el sagrado deber de aplastarlo cuéstele lo que le cueste tratando, por supuesto, de causar el menor daño posible al patrimonio. Toda Revolución debe tener una mano de magnanimidad para sus enemigos, pero en la otra debe conservar la inflexibilidad de su deber para someterlos al orden revolucionario cuando ejercen violencia por derrocarla.



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Freddy Yépez


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