De como el imaginario Jacobino puede bloquear la transformación socialista

Las limitaciones de una "Revolución desde Arriba"

“En Francia, la pequeña burguesía realiza las tareas propias de la burguesía industrial, y los trabajadores, las de la pequeña burguesía ¿Y quién resuelve las tareas de los trabajadores? Esta obligación en Francia queda en mera proclamación. (Marx. Sobre la revolución de febrero de 1848)
El Imaginario Jacobino, su culto al centralismo, a la concentración de poder en pequeñas camarillas y al elitismo revolucionario, es un obstáculo presente en las transformaciones históricas que actualmente vive el país, y coloca las tareas de la construcción de un vasto poder popular en la cola del vagón de la revolución.
Poder popular, que implica autonomía y acumulación de fuerzas de los diversos movimientos sociales que lo componen: mujeres y hombres trabajadores, subempleados, campesinos, indígenas, estudiantes, profesionales y técnicos progresistas, de mujeres con sus específicas demandas, de creadores culturales, intelectuales y demás expresiones de organización popular.
Ni siquiera, el quinto motor de la “explosión del poder comunal”, los consejos comunales y la democracia de consejos que se prefigura, escapa a una visión centralizadora y concentradora de la dirección del proceso de construcción de la democracia socialista, lo que implica reconocer que la “revolución venezolana” es de cabo a rabo una “revolución desde arriba”, con una participación limitada y tutelada de los sectores, grupos y clases populares.
Sin duda, esto significa una avance y una ruptura del proyecto neoliberal y de su patrón de politización, que reforzó las fracciones de clase mas rapaces y pro-imperialistas del “empresariado consular”, con el apoyo de grupos auxiliares de los sectores medios tecnócratas, pero no implica necesariamente una antesala directa a una transformación socialista, revolucionaria, democrática y popular.
Las contradicciones que emergen en la puesta en práctica de los llamados cinco motores y las siete líneas estrategias, además de las tensiones en los terrenos mediáticos y educativos, ponen en evidencia los alcances y límites de un cambio estructural dirigido “desde arriba”, sin contar con la iniciativa y el protagonismo real del poder popular de los diversos movimientos sociales ¿Y donde están los movimientos sociales y fuerzas socialistas?


Por otra parte, el imperialismo norteamericano viene calibrando las fortalezas y debilidades de la revolución bolivariana, y entre las grandes debilidades esta precisamente la alta dependencia del proceso de cambio de estructuras, del protagonismo y conducción estratégica del Comandante Chávez.

La actuación de una gran personalidad histórica, por más influencia moral y control político que tenga, es insuficiente para el cambio de estructuras económicas, políticas, jurídicas, militares, si no cuenta con el protagonismo de vectores de acción colectiva, con fuerzas políticas y sociales organizadas y unificadas alrededor de un proceso de construcción y ejecución de un proyecto estratégico de transformación, con tareas claras y concretas. Hasta ahora, el proyecto estratégico, sus contenidos, dirección e implementación se reservan a pequeños grupos de decisión que conforman la dirección revolucionaria real del proceso.

Esta revolución desde arriba, por tanto, tiene dos expresiones diferenciadas, la dirección del Presidente Chávez como líder con una alta conexión popular y apoyo social a un arco muy variable de sus directivas, por una parte, y una capa burocrática (con contradicciones internas entre grupos de poder e influencia) que controla el aparato de estado, y que políticamente representa de manera muy ambivalente, en primer lugar, a) los intereses de una nueva burguesía de estado, parasitaria o para-estatal, en segundo lugar, b) modela sus actuaciones de acuerdo a los parámetros re-distributivos/clientelares del populismo histórico, y en tercer orden, c) plantea una transición hacia un nuevo socialismo, con sus incertidumbres y debilidades conceptuales.
Por estas razones, la revolución venezolana se mueve a medio camino entre: a) una revolución nacional-popular, típica de la historia de los procesos de movilización populistas de las clases subalternas (como ha escrito clásicamente Octavio Ianni), con una dirección cesarista-jacobina y la fuerte influencia del elitismo revolucionario inspirada en las experiencias Velasquistas (Perú), en el Cardenismo mexicano y en los inicios del Castrismo (Cuba) en América Latina, b) una revolución pasiva velada, con una dirección aún poco visible de sectores nacionalistas-reformistas de derecha como sucedió en el seno del MNR boliviano en décadas anteriores; y finalmente, c) las expectativas de una revolución antiimperialista, democrática y socialista, que en América Latina implica pensar inevitablemente en la Cuba Socialista de Castro, en el Sandinismo o en la frustrada experiencia Chilena de la Unidad Popular.
Es evidente, entonces, que hay contradicciones antagónicas y no antagónicas en el seno de la Revolución Bolivariana, por una parte, y contradicciones con las fuerzas opositoras de la centro-derecha venezolana, de la socialdemocracia reformista y del imperialismo norteamericano. En medio de este cuadro de contradicciones sociales y políticas se mueven, no sin trayectorias erráticas, los contenidos y la direccionalidad del proceso de transformaciones, en una FASE de profundización de la revolución marcada por una alta concentración de poder en le figura del Presidente Chávez, y en la ausencia de movilizaciones populares con un programa político de transición compartido. No hay debate sobre la transición hacia el Socialismo en las bases de apoyo social y político de la revolución, lo que implica un estado de pasividad política y de actitud defensiva a la espera de líneas políticas del Comandante. Y obviamente, en ausencia, debilidades o decisiones erráticas del Comandante, el proceso de transformación anda en vilo. Este es el límite de una revolución desde arriba con una dirección cesarista-progresiva.


En esta primera reflexión, es conveniente enfatizar las debilidades de la concepción de la democracia revolucionaria heredada de la tradición jacobina que enfatizó aspectos comunitarios y centralistas, pero al mismo tiempo, hostiles al pluralismo político, social y cultural, por una parte, lo que debilita el eje democrático contra-hegemónico de la transformación, y por otra parte, al debilitamiento de capacidades autónomas de acumulación de fuerzas de los movimientos sociales. A partir de estas hostilidades, el jacobinismo desarrolló su propio modelo de representación política, que a pesar de enfatizar el poder popular (concebido de manera organicista) para evitar desviaciones en un sentido contrario a la revolución, genero una suerte de doble poder, encarnado ambos, en el control político de los activistas jacobinos.

De esta manera, los centros estratégicos del poder formal y los espacios de poder reales eran cooptados por una elite revolucionaria que podía subyugar la voluntad popular mediante la coacción y la intimidación. Las técnicas jacobinas de control político llevaron a la postre, como lo demostró la llamada canónicamente, fase del “terror”, a bloquear y revertir el proceso de transformaciones revolucionarias que vivía la sociedad francesa en el siglo XIX. La ausencia de un proyecto de democratización extensiva e intensiva del poder económico, social, político, ideológico y cultural, marcaron el alcance de las tareas de cambio estructural. Se escogió el camino de la aceleración revolucionaria desde arriba sin contar efectivamente con verdaderas fuerzas populares protagónicas de los cambios, que ante cualquier error o derrota táctica, contuvieran la ofensiva de los sectores conservadores. En este contexto, la revolución devoró a su propio liderazgo, y le dio puertas abiertas a la contrarrevolución.

La lección de esta experiencia es clara, sin poder popular organizado, no desde arriba, sino desde el aprendizaje real, de la organización, movilización y control de recursos de poder desde abajo, un paso en falso abre las puertas a soluciones termidorianas y contrarrevolucionarias. Sin poder popular organizado, con autonomía real y en sintonía con la construcción, con obligatoria participación y protagonismo popular, del programa político de transformación, cualquier tentativa de profundización revolucionaria se verá severamente debilitada, o incluso bloqueada. Continuará…

jbiardeau@gmail.com


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

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