El capitalismo de las clínicas privadas venezolanas

La deshumanización de la medicina en Venezuela, ha sido un proceso tan difícil de leer como muy difícil de comprender, porque tal parece que el hospitalismo y el capitalismo se llevan tan mal como el agua y el aceite, por lo que la injusticia social termina siendo el pan de cada día en las malditas clínicas venezolanas.

Para nadie es un secreto, que el joven venezolano estudia medicina en la universidad, solo pensando en ganar plata con su conocimiento, sabiendo que solo con dinero bien metido en los bolsillos, se medirá la presión del paciente.

Para nadie es un secreto, que los empresarios venezolanos construyen clínicas privadas en el país, solo pensando en ganar plata con la enfermedad de la gente, sabiendo que la medicina es un negocio redondo para ganar dinero mundano.

Para nadie es un secreto, que la gente venezolana gastará su plata en las clínicas privadas venezolanas por pura vanidad social, sabiendo que la fea silla de ruedas lucirá mejor en los hollywoodenses pasillos de la famosa clínica venezolana.

La medicina en Venezuela es un juego mercantilista donde solo la gente con plata, puede entrar en el macabro juego capitalista de las clínicas venezolanas, donde hasta respirar tiene un precio de venta para los clientes.

La mayoría de las malditas clínicas privadas venezolanas, tienen nombres y apellidos totalmente alusivos y alegóricos al cristianismo de Jesús y a la mariología de María, pero aunque con dichos nombres bíblicos, las clínicas venezolanas aparentan ser casas de salud al servicio de Dios, pues la realidad, es que las malditas clínicas privadas venezolanas, por amor al dinero prostituyen la fe cristiana y usan nombres simbólicamente cristianos, como anzuelo capitalista para que los ciudadanos venezolanos, quienes en su mayoría son cristianos católicos, terminen gastando su dinero en clínicas privadas que "adoran" a Dios.

Clínica Sagrado Corazón de Jesús, Clínica Virgen de Coromoto, Clínica Los Ángeles, Clínica Divino Niño Jesús, Clínica José Gregorio Hernández, Clínica Santo Rosario, Clínica San Sebastián, Clínica La Sagrada Familia, Clínica Rosa Mística, Clínica San José, Clínica San Antonio, Clínica San Rafael, Unidad Clínica El Cristo, Clínica La Guadalupe, Clínica Santa Ana, Clínica Santísima Trinidad, Clínica San Pedro, Clínica La Milagrosa, Clínica Santa María, Clínica San Pablo, y demás clínicas capitalistas supuestamente cristianas.

Muchísimas clínicas privadas venezolanas utilizan devociones cristianas y advocaciones marianas para identificar públicamente a sus cuevas de ladrones, donde los malditos médicos capitalistas y sus sifrinos pacientes, mutuamente se roban la plata por amor a la Santa Palabra de Dios, y donde el costosísimo precio de cada maldita consulta con el maldito médico especialista en robar a la gente, nos hará pensar que la fe sin dinero jamás moverá a la enferma montaña.

Por supuesto que para cualquier cristiano venezolano, será una sabia decisión y será una bonita experiencia, asistir a una clínica cristiana venezolana que se ubique cerca de su localidad, pensando que Dios estará presente durante el proceso de curación de cualquier enfermedad, y el cristiano venezolano gastará una fortuna dentro de las frías cuatro paredes de la clínica, esperando que los santos y las santas de las clínicas cristianas venezolanas, reciban con beneplácito la fortuna malgastada y decidan curarlo de su terrible enfermedad.

Las clínicas privadas supuestamente cristianas de Venezuela, prostituyen la fe cristiana y rentabilizan la ignorancia de los venezolanos, porque aunque no existe ninguna diferencia de calidad, entre el alcohol de la clínica cristiana privada y el mismo alcohol del hospital cristiano público, pues el alcohol de la clínica cristiana venezolana es más caro que el agua bendita del Vaticano, y la gente pagará bastante plata para recibir la falsa desinfección del capitalismo.

Si el simple alcohol de las clínicas privadas venezolanas, es más caro que el agua bendita del Vaticano, pues tal vez ustedes ya se imaginan el precio de las malditas radiografías en una maldita clínica cristiana de nuestro país, donde los insumos médicos son más caros que la cruz del calvario, donde los cuidados intensivos son más intensos que las heridas de Jesús, y donde las ratas de las pocetas son más grandes que la corona de David, porque en las clínicas privadas de Venezuela se ensucia la devoción cristiana, por el cochino dinero mundano.

La misma fechoría anticristiana de las clínicas venezolanas supuestamente cristianas, también se observa en las farmacias capitalistas de Venezuela, donde también se usan los nombres de santos y santas cristianas, para que los consumidores cristianos venezolanos, vayan hasta esas farmacias y compren las pastillas, las píldoras y las tabletas comprimidas, pensando que Dios ha santificado todos los medicamentos que en esos establecimientos comerciales se venden al público, y pensando que la curación de la enfermedad será más rápida y más efectiva, porque Dios está presente en esas farmacias cristianas.

Pero Dios jamás se hace presente en templos capitalistas venezolanos, donde la medicina es un negocio redondo al servicio del mercantilismo, y donde los consumidores venezolanos usan el placebo farmacéutico de un nombre cristiano o mariano, para sentir que Dios ampara malgastar la plata comprando costosísimos medicamentos, llenos de químicos pero vacíos de misericordias.

Las clínicas venezolanas que usan nombres cristianos para ejercer la medicina en nuestro país, son verdaderas desgracias para la economía y para la religiosidad de los venezolanos, quienes terminan siendo cómplices de la fechoría capitalista, recibiendo costosos tratamientos médicos que son usados como indulgencias médicas, para que los enfermos no se arrepientan de pagar esos costosísimos tratamientos anticristianos, que no te curan ni el hipo.

¿Acaso Jesucristo cobraba a los enfermos para curarlos de sus enfermedades?

¿Acaso Jesucristo pedía dinero para usar su poder y curar a los enfermos?

¿Acaso Jesucristo hizo de su ministerio de curación un vil negocio capitalista?

No mis hermanos, Jesús nunca jamás pidió dinero para curar a los enfermos.

No mis hermanos, Jesús nunca jamás aceptó dinero como pago para sanar a la gente.

No mis hermanos, Jesús nunca jamás le puso precio de venta a sus milagros.

Mis hermanos, Jesús sanaba gratuitamente a los enfermos, Jesús nunca pidió ni un centavo para sanar a los enfermos, porque los milagros de Jesús siempre fueron incompatibles con la medicina capitalista de los médicos del Mundo, que para intentar curar a los enfermos, exigían dinero por prestar sus servicios.

La sanación del pecado a través de Jesús es limpia, es santa, es eterna.

Jesús curó gratis a los leprosos, Jesús curó gratis a los endemoniados, Jesús curó gratis a los paralíticos, Jesús curó gratis a los ciegos, a los sordos, a los mudos, Jesús curó gratis la fiebre, Jesús curó gratis a los cojos, a los mutilados, a los tullidos, y Jesús curó hasta la muerte de Lázaro y lo trajo de vuelta a la vida.

¡Oh mi Jesús! Bendito seas por siempre.

Jesús es el mejor médico del Universo, porque cura con la fe del enfermo, en cambio los médicos del Mundo son los peores desgraciados del Universo, que convierten la medicina en un negocio donde por la adicción al dinero, se cura o se termina de matar al enfermo, quien por falta de fe morirá sin plata en los bolsillos y sin urna en el cementerio, por culpa de las clínicas venezolanas que se roban la sana fe cristiana.

¿Es posible no odiar a las malditas clínicas cristianas venezolanas?

No, es imposible no odiar a las malditas clínicas anticristianas venezolanas, que prostituyen la fe de Jesús y no se arrepienten de vituperar su santo nombre.

Jesús curaba por amor a la vida del pecador, que aunque era pecador confiaba en Dios para ser curado, por lo que Jesús usaba la fe del enfermo para restaurarlo y curarlo de su enfermedad, que era la consecuencia de sus pecados en la vida.

Jesús era compasivo y misericordioso, por eso curaba a los enfermos, aunque él sabía que muchos de esos curados, más adelante lo traicionarían llevándolo a la cruz del calvario, pero así fue Jesús durante su ministerio en la Tierra, fue bueno, fue compasivo, y fue misericordioso con gente que no merecía su amor.

¿Acaso es posible no amar a Jesús?

No, es simplemente imposible no amar a Jesús.

Jesús sigue teniendo la misma eterna disposición de curar a los enfermos venezolanos, pero si los enfermos venezolanos se olvidaron de los milagros de Jesús, no tienen fe en el redentor, no le rezan al hijo de Dios, no doblan sus rodillas por amor a la cruz y no se arrepienten de sus pecados, pues Jesús no puede curar a los viles venezolanos, que tienen grandes piedras por corazones.

Si un médico venezolano hoy se atreve a regalarle un pedazo de pan a un vagabundo venezolano, yo les aseguro que ese compasivo médico venezolano, mañana será el dueño del mejor centro clínico privado de toda Latinoamérica.

Pero por desgracia, ningún médico venezolano regalará pan a ningún vagabundo de las calles venezolanas, porque los médicos venezolanos son desgraciados.

Yo sé que existen miles de historias tan verídicas como desgarradoras, sobre la miseria espiritual de las clínicas privadas venezolanas, que no les importa curar el cáncer, que solo les importa el dinero a robar para jamás curar el cáncer, y que no tienen corazones hospitalarios en sus cuerpos, aunque los médicos venezolanos siempre tienen mentes capitalistas, para robar el pan del pueblo venezolano con puntos de ventas, con tarjetas de créditos y con demonios.

Estoy muy molesto, y voy a maldecir mucho en los siguientes párrafos, así que si usted no soporta las maldiciones, le aconsejo no seguir leyendo mi malestar.

Malditas clínicas privadas venezolanas, que te tratan como rata negra de poceta, y que te dejan morir como una maldita y pobre rata del sangriento basurero, si no tienes plata para pagar la rabia, si no tienes lechugas gringas, si no tienes pago móvil, si no tienes la aplicación para realizar la transferencia bancaria, si no tienes Zelle, si no tienes nada de todo lo que debes tener para ser curado.

Yo estoy pensando seriamente ejecutar mi primer genocidio dentro de una clínica privada venezolana, y sinceramente, será un placer asesinar a todos los malditos médicos, a todas las malditas doctoras, a todas las malditas enfermeras, a todos los malditos vigilantes, a todas las malditas secretarias y a todos los malditos pacientes sifrinos venezolanos, que son los malditos idiotas capitalistas que con el plomo de la idiotez, financian a las malditas clínicas privadas de Venezuela, que si se atreven a cobrarte una maldita gota de alcohol en dólares o al cambio, es porque saben que los malditos pacientes sifrinos venezolanos, estarán felices y dispuestos a pagar la maldita gota de alcohol en dólares americanos, siendo el gran motivo que justificará mi santo genocidio.

Tan solo pensar en las malditas clínicas privadas venezolanas, me enferma, me dan ganas de vomitar, sacan lo peor de mí, y es muy triste que la revolución socialista no ha podido extirpar el cáncer capitalista que sobreabunda en las clínicas privadas de Venezuela, donde si no tienes plata, te mueres como rata.

Hoy quiero compartir una historia verídica que me tocó vivir el pasado fin de semana, y aunque tal vez sea una experiencia muy simple para explicar la gran miseria espiritual de las clínicas privadas venezolanas, yo estoy sintiendo la necesidad de desahogar mi gran arrechera, porque no hay nada más bonito en la vida, que sacar el dolor del alma a punta de arte, a punta de palabras, a punta de recuerdos que aunque no quisiéramos recordar, por desgracia, recordamos.

Yo estaba el sábado en la plaza Las Heroínas del estado Mérida en Venezuela, y casi en frente de mí, había una niña jugando con una pelota de goma, ella misma lanzaba la pelota al suelo y ella misma corría unos cuantos metros para recoger la pelota, la verdad, era un juego tan tonto como inofensivo, y yo debo reconocer que sentí una sensación de paz espiritual, mientras observaba cómo la niña había encontrado gran diversión, en un juego tan tonto y repetitivo.

Sin un costoso monopatín, sin muñeca Barbie y sin una bonita bicicleta rosada, pues la niña había conseguido una sagrada y sana diversión, con una diminuta pelota que ella misma lanzaba al suelo, y que ella misma recogía una y otra vez.

Yo evito etiquetar el alma y no me gusta prejuzgar a la gente, pero por la forma de vestir, yo diría que la niña y la señora eran muy humildes, no creo que eran indigentes de la calle, pero me dio la impresión que eran personas de muy bajos recursos, y simplemente estaban paseando por la plaza Las Heroínas.

La niña jugaba un rato con la pelota, la abuela descansaba debajo del árbol, y colorín colorado el cuento se ha acabado.

Pero por culpa del destino, la niña se tropezó mientras corría para recoger la pelota, que ella misma había lanzado al suelo.

La muchachita se golpeó la frente con el asiento de cemento de la banquita de la plaza, por lo que empezó a salir mucha sangre de la frente de la niña, y mientras más lloraba la muchachita, más sangre derramaba de su frente.

La niña tenía cinco o seis años, estaba acompañada solamente por la señora muy mayor, yo presumí que era su abuela, y también observé como su abuela se quitó su suéter, y se lo puso en la cabeza a la niña como si fuera un vendaje, para evitar que la sangre siguiera derramándose de la frente de la niña.

En esos caóticos segundos de la vida, una mujer que estaba sentada muy cerca de la niña y de su abuela, se levantó de la banquita y exclamó:

¡Señora, aquí atrás hay una clínica, corra, vaya de una vez!

Las demás personas que estaban en la plaza, encontraron en la sangre de la niña, una morbosa diversión que disfrutaban desde sus asientos, y esos compatriotas usaban las cámaras de sus celulares para grabar la sangre de la niña, sin embargo, esas mismas personas con vehemencia refutaron la exhortación de la mujer, y le dijeron textualmente a la abuela las siguientes frases:

"Es privada, en esa clínica no la van a atender"

"Señora no pierda su tiempo, mejor vaya al ambulatorio" (aunque no le dijeron a la señora dónde estaba ubicado el supuesto ambulatorio).

"Pero esa clínica es privada, qué chimbo vale, no pierda su tiempo allí"

Me sorprendió ver la automática reacción negativa de la gente, hacia el funcionamiento de las clínicas venezolanas, pues la gente sabía de antemano que la abuela humilde y su nieta, no iban a tener plata suficiente para pagar la atención médica, por lo que la gente aseguró que en la clínica más cercana a la plaza Las Heroínas, no iban a curar la herida de la frente de la muchachita.

Por desgracia, el pensamiento capitalista ya es parte de la idiosincrasia venezolana, y aunque una clínica o cualquier centro médico asistencial, tendría que ser un centro primeramente humanitario en defensa de la vida humana, pues hemos visto cómo el pensamiento capitalista del venezolano, lo condiciona a pensar que un enfermo humilde y sin plata, no será ni atendido ni tampoco curado en una clínica venezolana, porque el capitalismo venció al humanismo.

En menos de un caótico minuto de la vida, la señora tomó la mano de la niña y empezó a caminar en dirección a la clínica que estaba cerca de la plaza, por lo que la muchedumbre no pudo seguir grabando la sangre de la frente de la niña, aunque yo creo que todos los presentes en la plaza, nos quedamos emocionalmente afectados por la herida de la niña, y mucha gente se marchó.

Yo me quedé un rato sentado y escuchando música en la plaza.

La parte humana de mi cerebro, me decía que yo necesitaba creer que la niña iba a ser atendida en la clínica, que todo estaba bien, y que no debía preocuparme.

Pero la parte endemoniada de mi cerebro, me decía que yo sabía que la niña no iba a ser atendida en la clínica, porque las clínicas venezolanas son malditos bancos capitalistas, donde te dejan morir como rata si no pagas por el remedio.

Yo debo reconocer que mi parte endemoniada venció a mi parte humana, por lo que quince minutos después de ver a la señora marcharse de la plaza con su nieta llena de sangre, pues yo decidí tomarme un tiempo para meditar sobre la vida, y para caminar en dirección a la clínica privada, donde supuestamente la niña ya tenía que haber sido atendida y curada por algún médico de la clínica.

Pero para mi sorpresa, yo me encontré a la desesperada señora en la calle.

La señora estaba mojando la frente de la niña, con el agua fría surtida por el hidrante de la esquina, lo cual fue una escena terriblemente triste de observar, porque en el fondo de mi corazón, yo pensaba que la niña había sido atendida y curada en la clínica privada, pero me encontré a la abuela echándole agua fría en la calle merideña, para detener la efusión de sangre que estaba sufriendo la muchachita, que no paraba de llorar por la falta de atención médica hospitalaria.

En ese caótico momento de la vida, yo me acerqué a la señora y con mucha preocupación le pregunté:

Señora, ¿Qué está haciendo? ¿Por qué no fue a la clínica? ¿No ve que la niña se va a desangrar?

La desesperada señora me dijo que sí había ido a la clínica privada que estaba cerca de la plaza, pero el médico de turno no quiso atenderla, porque ella no tenía tarjeta de débito ni efectivo para pagar la atención médica, por lo que el médico se negó a curar a la muchachita, aunque el desgraciado médico estaba viendo a la niña desangrarse por la herida en su frente.

La señora fue hasta el estacionamiento de la clínica, y vio que otro doctor estacionó su carro y se bajó del vehículo, ella le pidió que atendiera a la niña, pero el médico solo movió la cabeza para decirle que no, y aunque la abuela le suplicó, el médico ni siquiera se detuvo a escuchar a la señora, y entró rápido a la clínica.

La señora me dijo que el vigilante de la clínica la expulsó del lugar, y como el vigilante vio que ella no quería abandonar la clínica, pues el vigilante prendió la ruidosa alarma del centro médico para aturdir más a la niña que lloraba, y el vigilante amenazó a la señora con llamar a la policía, si no abandonaba rápido la clínica.

Por eso yo me encontré a la desesperada señora en la calle, usando el agua fría del hidrante de la esquina, para detener la sangre de la herida de la niña.

¡Qué desgraciadas son las clínicas privadas venezolanas!

Cuevas de ladrones, cuevas de hijos de perras, cuevas del capitalismo salvaje.

Mientras la señora llorando me contaba que la botaron de la clínica, rápidamente yo detuve a un taxi que estaba pasando por la calle, y la llevé a una clínica ubicada en el sector Glorias Patrias, que estaba a cinco minutos de distancia.

Llegamos a la clínica privada, yo pagué todos los gastos médicos en el área de administración, para que atendieran y curaran la herida de la niña, me quedé un rato en el pasillo de la clínica rezando a Dios, y luego entré a la habitación.

La niña se sentó en una camilla, el médico desinfectó la herida abierta, y le cerró en su frente los once puntos que había dejado la herida en la plaza, por lo que la niña que ya había dejado de llorar, finalmente fue atendida médicamente.

Me cobraron todo. El alcohol, la gasa, la inyección, el agua oxigenada, el antibiótico, la mugre de las uñas, el hilo y el desquicio.

Yo pagué todo, porque no me gustan las injusticias sociales.

Luego yo paré a otro taxi en la calle, para llevar a la señora y a la niña hasta su casa. Antes de bajarse del taxi, la abuela me dio las gracias por haber pagado todos los gastos médicos, y yo regresé a mi casa para escribir el artículo, que justo ahora usted está leyendo en su casa, en la oficina, en la cárcel o en el cielo.

Mis hermanos, nosotros debemos destruir a las clínicas venezolanas, pero principalmente, debemos destruir a las clínicas supuestamente cristianas de Venezuela, que prostituyen la fe de Jesús con sus fechorías capitalistas.

La clínica donde no quisieron curar la herida de la niña, es una clínica privada merideña con un nombre cristiano, lo cual demuestra cómo la perversión de los centros de salud venezolanos, destruye el cristianismo por amor al capitalismo.

Por desgracia, los médicos capitalistas y sifrinos que sobreabundan en Venezuela, y que no quieren atender gratuitamente a los enfermos en sus clínicas, pues serán los mismos desgraciados médicos venezolanos, que celebrarán con bombos y platillos la beatificación de José Gregorio Hernández el 30 de abril del 2021, aunque los capitalistas médicos venezolanos que festejarán con bombos y platillos la beatificación, son incapaces de emular la obra altruista del santo de Isnotú, porque los capitalistas médicos venezolanos son incapaces de ayudar al prójimo venezolano, sin recibir plata en sus bolsillos.

Fue horrible ver a la señora usar el agua fría del hidrante para curar la herida llena de sangre de la niña, y todas las personas que por la calle pasaron y vieron la horrible escena callejera, no se detuvieron ni por un momento para ayudar a la señora, lo cual nos demuestra que la miseria espiritual no solo existe en las clínicas privadas venezolanas, pues la miseria espiritual también yace en las vidas de los venezolanos, quienes aunque tienen voluntad para grabar con sus celulares la sangre de la niña y subirla a las redes sociales, pues los venezolanos no tienen voluntad cristiana para practicar el altruismo en las calles del país.

Dos días después del caótico incidente merideño, yo fui a la clínica privada y gracias a la descripción física que me dio la abuelita, yo encontré al cobarde médico que no quiso atender a la niña herida en la frente, y le dije en el pasillo que iba a denunciarlo ante la Defensoría del Pueblo, que iba a denunciar a la clínica ante el Ministerio Público del estado Mérida, y que iba a denunciar a la clínica privada en todas las redes sociales por transgredir los derechos humanos.

El cobarde médico se acobardó por mis fuertes reclamos, y me dijo que no había atendido a la niña, porque tanto ella como su abuela no tenían puestos los tapabocas, siendo una excusa totalmente falsa, porque cuando yo observé a la niña y a su abuela en la plaza, ellas tenían bien puestos sus tapabocas, y cuando las observé en el hidrante de la calle, ellas también tenían puestos sus tapabocas, por lo que la tonta excusa del médico para evitar la denuncia en contra de su clínica, nos sigue demostrando la miseria espiritual de los malditos médicos de Venezuela, que ni con sus hermosas batas blancas pueden ocultar el estiércol, que visten por adentro y por afuera de sus sucios centros de salud.

El vigilante de la clínica privada fue despedido de su cargo, porque se robaron el carro de un médico cirujano en el estacionamiento de la clínica, lo cual nos demuestra que todavía hay un poquito de justicia divina en nuestra herida Venezuela.

Si el vigilante hubiera sido más humano y más cristiano, seguro que el dueño del lujoso carro hubiera sido el vigilante, y seguro que Dios no hubiera permitido que se lo robaran en el estacionamiento, pero por desgracia, los venezolanos se olvidaron de los valores humanos y cristianos en sus vidas.

Hermano, usted y yo podemos hoy orar por el arrepentimiento de los malos, pero si los malos no se arrepienten de sus pecados y no quieren ser buenos, pues los buenos no podemos cambiar a los malos, y solo podemos escribir el dolor que nos causa una herida Venezuela, que olvidó la solidaridad, que olvidó la fe en Jesús, que olvidó su dignidad.

Imaginen la impotencia y frustración de la abuelita, viendo a su nieta desangrarse en la calle sin poder curarla, y teniendo que recurrir al chorro de agua de un hidrante, como el improvisado primer auxilio para ayudar a la niña.

Yo recuerdo que mientras iba sentado en el taxi, yo me preguntaba cómo había hecho la señora para abrir la válvula del hidrante, porque tengo entendido que los hidrantes solo son manipulados por los cuerpos de bomberos merideños, y se necesita pericia y fuerza para poder abrir la válvula del hidrante y sacar agua.

Pero yo también recordé que en Mérida, el agua de los hidrantes es usada para lavar pañales sucios de los bebés, es usada para lavar carros en la calle, y es usada para llenar potes de agua cuando falla el servicio del agua potable, por lo que yo supongo que la válvula del hidrante, ya había sido violentada por la gente de la comunidad, para poder sacar agua a diario sin quebrarse las uñas.

Todos los días ocurren en Venezuela, las injustas tragedias sociales en las calles venezolanas, y todos los días las clínicas venezolanas nos tientan a cometer la dulce venganza bolivariana, porque no siempre aparecen ángeles que pagan el taxi de la salvación, y porque aunque en la madrugada hay un silencio que nos dice que todo está bien, el sol no se puede ocultar con un dedo enfermo.

Yo no debo usar la gasolina para prenderle fuego a la clínica de madrugada, porque la justicia no proviene del hombre, la justicia proviene de Yahvé, y será su justicia la que ajusticie y queme a cada rata vestida de médico en Venezuela.

Con pandemia o sin pandemia, con beatificación o sin beatificación, con Semana Santa o sin Semana Santa, no se puede curar la miseria espiritual de los malditos médicos venezolanos, que solamente curan por amor a Dios Dinero.

Yo creo que los médicos venezolanos deben olvidarse de WhatsApp y deben recordar la Biblia, porque si siguen pecando, el genocidio vendrá del cielo.

El último derecho humano es la dignidad.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso, LUZ. Ekologia.com.ve es su cibermedio ecológico en la Web.

 carlosfermin123@hotmail.com      @ecocidios

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