Del efectismo a la eficiencia

“Efectismo: Efecto causado por un procedimiento o recurso empleado para impresionar fuertemente el ánimo”. “Eficiencia: Virtud y facultad para lograr un efecto determinado”. Como se deduce, de las definiciones del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, existe una gran distancia virtual entre el efectismo y la eficiencia, y surge una inexorable relación del primero con la política pura, y del segundo con la gerencia que se requiere para que los planes de la primera logren convertirse en hechos reales y útiles, a través de la segunda.

En política existe el líder real –aquél elegido emocionalmente por la organización que dirige–, y el líder virtual –el designado administrativamente por el líder real, que pretende encarnar las virtudes del primero y canalizar a través de si mismo las simpatías de la organización hacia aquél–; de allí surge que la eficiencia del líder real se la atribuye el líder virtual y la presume a través del efectismo, ocasionando malestar entre la masa organizativa que no admite, bajo ningún concepto, que falsos líderes se atribuyan las virtudes del verdadero líder que ella ha escogido.

Si el tema le resulta familiar, está en lo cierto; uno de los problemas más graves del cual adolece esta Revolución Bolivariana es el de los líderes virtuales y funcionarios públicos que no han logrado entender que su papel es el de la administración local, regional, o nacional, de un liderazgo real y nacional; pero, no para su beneficio personal, sino para provecho del país que lidera el primero. No comprenden que el estar sobre la misma tarima con Chávez no implica que los vítores que para él le son otorgados, deban ser compartidos con ellos; ni que el éxito de la organización les pertenezca.

Se consideran atornillados en cargos que son de elección popular –o designación presidencial–, pretendiendo olvidar que la realidad política los ha colocado allí por la bendición personal de Chávez, y que cuando él lo considere conveniente sólo tiene que solicitar un revocatorio –o renuncia– para hacerles entender que si olvidaron la eficiencia en la ejecución de los planes establecidos por el gobierno nacional en beneficio del pueblo que lo eligió y no para presumir de un efectismo político derivado de una ineficiente obediencia con la cual esperan el empotramiento definitivo en ese cargo, o similares.

El problema se agrava cuando la omnipotencia auto otorgada de estos falsos líderes –o funcionarios efectistas– se extiende como un virus dentro de las empresas del estado, pretendiendo “anclar” a determinados funcionarios que presumen de eficientes, cuando la realidad es que son tan, o más, efectistas que quien los designó en el cargo, y entre ambos se encargan de presentar falsos informes al Jefe de Estado, haciéndole creer que han cumplido eficazmente con las misiones asignadas –presumiendo de cantidad, y prescindiendo de calidad–; mientras que el pueblo, que debió ser beneficiario efectivo, resulta doblemente víctima, porque ni recibe el beneficio que el Presidente trata de lograr para él, ni sus quejas son escuchadas cuando en el ejercicio de la contraloría social presenta las pruebas de la ineficiencia de aquellos.

Normalmente ocurre que alguien –quizás más revolucionario que quienes “desgarran sus vestiduras” para mostrar una franela roja, que no combina con su sentir político, o comprensión del proceso– es acusado de antirrevolucionario, por atreverse a mostrar la verdadera cara de quienes sólo son efectistas a un elevado costo, despilfarrando ingentes recursos para mantenerse en un cargo. ¿Qué ha de ocurrir, entonces, cuando ese mismo pueblo que eligió, u obedece, – en acatamiento al líder real–, a aquellos que son culpables de que muchas metas no se hayan cumplido, le pide a éste que los revoque, o destituya?


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Luis E. Rangel M.


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