Allende no se suicidó, fue asesinado y destrozada su cara a culatazos…

Falsa versión la del suicidio, lanzada desde el mismo momento en que sucede su muerte por quienes habían resuelto darle el zarpazo final a su gobierno luego de fracasados todos los planes que puso en marcha el imperialismo yanqui para evitar que Allende asumiera la presidencia en noviembre de 1970, primero con el asesinato del Comandante General del Ejército, General René Schneider, un mes antes, en octubre y, luego, el silencioso bloqueo atroz económico que le aplicó a su gobierno, dentro de la tajante orden de Richard Nixon de hacer “chirriar” la economía chilena, cerrándole todas las puertas al financiamiento y a la importación de bienes y repuestos para un país que todo cuando en él se movía era “made in usa”, así como el fracasado intento del golpe conocido como el Tanquetazo, ocurrido cuatro meses antes de que el fascismo lograra su objetivo, es decir, en junio de 1973.

Por supuesto, resultaba demasiado conveniente para los golpistas anunciarle al mundo, en resguardo de su “reputación”, que Allende no había caído muerto por el bombardeo de La Moneda, ni por las potentes bombas que destruyeron una tercera parte de su estructura y mucho menos decir que fue asesinado por las balas de la traición, sino que él, antes de rendirse como se le había propuesto para que saliera del país, había resuelto inmolarse, versión esa la que, por supuesto, investigaciones que el propio fascismo y sus cómplices ordenaron luego, dieron como resultado que él se había suicidado (*).

Pero las verdades, por más que se les quiera enterrar lo más profundo que se quiera, siempre salen a flote y he aquí la que nos hizo conocer un  personaje universal a quien es imposible dudar un ápice de su palabra, nos referimos al Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, quien esto escribió a las pocas días de ocurrida la tragedia chilena, cuyo texto difundió a comienzos de 1974 la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED):

“A la hora de la batalla final, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad.

La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa.

La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder.

Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un Presidente sin poder.

Resistió durante seis horas con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás.

El periodista Augusto Olivares que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la asistencia pública.

Hacia las cuatro de la tarde el general de división Javier Palacios, logró llegar hasta el segundo piso, con su ayudante el capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de Dragones Chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando. Llevaba en la cabeza un casco de minero y estaba en mangas de camisa, sin corbata y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.

Allende conocía al general Palacios. Pocos días antes le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso, que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los EE.UU. Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: Traidor y lo hirió en la mano.

Allende murió en un intercambio de disparos con esa patrulla. Luego todos los oficiales en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último un oficial le destrozó la cara con la culata del fusil.

La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que la Sra. Hortencia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.

Había cumplido 64 en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible.

Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros, y era de una galantería un poco a la antigua, con esquela perfumadas y encuentros furtivos.

Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de los partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que el se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.

El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre."  

(*)     Pocas  horas antes de la muerte de Allende, en conversación telefónica de Pinochet con su cómplice el General Patricio Carvajal, le dice, ante la pregunta que éste le había formulado de qué hacer si se lograba detener a Allende: “La vida y su integridad física y enseguida se lo va a despachar para otra parte (..) Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país… Y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando." Ya antes Pinochet le había dicho a Carvajal: “hay que estar listos para actuar sobre él. ¡Más vale matar la perra y se acaba la leva!” (Leer completo el diálogo entre estos dos sujetos mientras es bombardeada La Moneda: No es ficción: vea el fascismo en acción en Nuestramérica)   

Nota:

Este texto forma parte del libro “Crónicas de García Márquez”, bajo el título La muerte de Allende relatada por García Márquez - E'a, publicado por la Editorial Mondadori, España, el cual contiene casi doscientas crónicas que él publicó entre 1961 y 1984.  



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Iván Oliver Rugeles


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