Lo que todo estudiante universitario debería leer para reflexionar

Hace poco un camarada muy apreciado me hizo llegar una carpeta de libros obtenidos por vía internet. Son todos valiosos, sin duda, pero mucho llama la atención uno que se intitula: “Tiempo de insurgencia…”, donde se expone un trabajo de investigación sobre la Revolución Rusa de 1917 como fruto de una producción colectiva de estudiantes de la Universidad de Buenos Aires. Lo comienzan con unas palabras de Friedrich Nietzsche, que aun cuando haya sido un ideólogo amado por capitalistas y hasta por fascistas, a veces dijo cosas que ningún estudioso de la ciencia social –e incluso de la política- debe desechar.

No se hicieron, los estudiantes de la Universidad de Buenos Aires, eco de aquella perversión de Nietzsche cuando dijo: “La humanidad extenuada e indolente necesita no sólo las guerras en general, sino las guerras más grandes y espantosas; por consiguiente necesita volver a los tiempos de la barbarie”, y entonces recomendaba: “Sed violadores, ávidos, violentos, intrigantes, serviles, soberbios, y, según las circunstancias, incluso conjugad en vosotros estas cualidades”. No, se agarraron de la siguiente cita: “... ya es hora de entrar en batalla con un ejército entero de malicia satírica contra las aberraciones del sentido histórico, contra ese deleite excesivo en el proceso en detrimento de la existencia y de la vida...”. No nos ocupemos de Nietzsche, sino de lo que sirve de introducción o de prólogo, escrito por los estudiantes antes mencionado, a su investigación sobre la Revolución Rusa, porque tiene que ver con el principio supremo de la universidad, considerada ésta como la fuente de energía que debe hacer salir y brillar la luz del conocimiento para todos. Sencillamente hago copia textual del aporte de ese grupo de estudiantes para que sirva de punto de reflexión a los estudiantes en un tiempo en que es imprescindible abrazarse a una doctrina de pensamiento que sea radicalmente opuesta a las atrocidades de la globalización capitalista salvaje, y cree conciencia necesaria para construir un nuevo mundo posible y donde, dicho sea de paso, la universidad cumpla la función de luz permanente del conocimiento.

Antes del principio

Lo que sigue es un ensayo de interpretación de la Revolución rusa. Esta publicación nace de un colectivo de pensamiento e investigación formado de manera inesperada. La cátedra de Historia de Rusia de la Universidad de Buenos Aires hace un llamado a la incorporación de estudiantes-adscriptos. Un grupo de cursantes del año anterior, que venía cuestionando desde hacía un tiempo la organización de la producción del saber al interior del aula, propone ingresar a la cátedra como colectivo, desafiando de esa forma el carácter individual de la convocatoria. De este desafío, y con la participación de algunos integrantes de la cátedra, surgió el colectivo que produjo este texto.

Teníamos en común una vinculación fuerte con la política anticapitalista y, en muchos casos, con algunos de los movimientos sociales que protagonizaron la rebelión de 2001 en Argentina. Así, el primer contacto se dio a la vez por dentro y por fuera de la universidad, buscando romper la escisión entre vida académica y práctica política que nos propone el discurso dominante.

 La universidad es un territorio que habitamos de manera extraña, violentando nuestros lugares asignados de estudiantes y de docentes, en el intento de producir una pequeña alteración en esa fábrica masiva de sujetos, en esa maquinaria escolar de la que somos carne y venas. Construir este colectivo de estudio en torno de la revolución rusa es para nosotros una de esas extrañas formas de respirar dentro y fuera de la institución. Intentamos combatir la organización propiamente capitalista del trabajo académico; buscamos mecanismos de socialización del conocimiento que no partan de la relación estereotipada saber-no saber; queremos horizontalizar la actividad de producción de conocimiento en oposición a la individualización disciplinante de la academia.

 Creemos que la posibilidad de escribir, de contar una historia diferente de la que se vuelve dominante en la universidad (y de todas las ramificaciones por las que llega al cuerpo social) depende de la manera en que se produce esa historia. Romper la dicotomía sujeto-objeto, devenir una máquina de enunciación colectiva: para eso investigamos nuevos modos de organizar el trabajo entre nosotros en la misma medida en que investigamos los nuevos modos de organizar el trabajo presentes en la Revolución rusa.

 En nuestros primeros encuentros no hicimos más que echar mano a lo conocido: armamos un largo cronograma de lecturas ordenadas en unidades temáticas, que producía una doble separación. Por un lado, entre lecturas teóricas primero y trabajo de fuentes después. Por el otro, al comenzar por el consumo de lo ya escrito para sólo después producir lo propio. Después de todo, partimos de la Facultad de Filosofía y Letras, de la fiebre de la carrera de Historia. Pero, lo hemos dicho, estamos jugando el juego de la contradicción: criticamos esta estructura habitándola, igual que trabajamos sin que nos guste la explotación, como armamos parejas mientras hablamos de libertad o rechazamos la compulsión al consumo mientras consumimos compulsivamente.

 Pero en los encuentros que hemos realizado durante más de un año, fuimos experimentando transformaciones y cruces de distintos equipajes; las discusiones desprivatizaron el pensamiento, la intervención sobre escritos de otros desprivatizó la producción. Por eso, la escritura colectiva de este trabajo implicó una estructuración distinta de las separaciones disciplinares y profesionales que ordenan la práctica del científico.

El ejercicio crítico realizado en las cursadas, inseparable de nuestras propias experiencias en todo aquello que pareciera estar fuera de la universidad (la calle, la plaza, el barrio), fue central en nuestra praxis de investigación. Somos procesos por todos lados, somos un resultado y no un principio, no hay sujeto de conocimiento que nos trascienda. La historiografía académica pretende constituirse en un cuerpo especializado y jerárquico escindido de la sociedad. Como habitantes incómodos de la academia, intentamos transformar la nuestra manera de producir el conocimiento, y emancipar así tanto nuestra práctica historiadora como los discursos que sobre el pasado produce.

  Por ello reivindicamos este trabajo colectivo como una práctica que no sólo no es corriente, sino que es negada sistemáticamente por los detentadores de los medios de producción académicos. La diferencia entre el colectivo catedrático y el nuestro pasa por erigirnos nosotros mismos en productores de un tipo de saber que de otro modo es impensable.

En definitiva, al socializar aquí nuestra propia experiencia de trabajo horizontal en una nueva lectura de la Revolución rusa, queremos reabrir el debate sobre las estrategias revolucionarias, tanto las del pasado, como las del presente. Queremos hacer visibles otras alternativas posibles de cooperación y solidaridad humanas, mas allá y en contra del capitalismo”.

Buenos Aires, febrero de 2006
Romina Veliz, Luciano Zdrojewski, Pablo Cortés, AnaGuerra, Ezequiel Adamovsky, Martín Baña y Aldo Chiaraviglio.



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Freddy Yépez


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