El claustro universitario ha muerto

La universidad venezolana es estructuralmente conservadora. Si bien los estudiantes, a lo largo de la historia, han sido vanguardia de las luchas políticas, el cuerpo docente ha sido muro y barrera para las transformaciones, tanto de la institución misma como del país. Por ello el orden establecido se ha cuidado de que el poder de decisión en la conducción del Alma Mater recaiga fundamentalmente en los profesores. Estos son guardianes y garantía de que ese orden se mantenga inalterable en el tiempo. Eso sí, el establecimiento universitario se cuida de excluir del claustro al sector más joven del cuerpo docente, esto es, a los profesores instructores, a quienes les está negado el derecho al voto, así hayan presentado y aprobado su concurso de oposición.

La universidad ha sido incapaz de romper, desde los tiempos medievales, con esa vieja estructura del claustro. En algunos momentos históricos, lo ha cambiado un poco, pero sólo con el fin de que todo sigua igual. La institución entró al siglo XXI arrastrando viejos lastres de la universidad colonial, monárquica y monástica. Esto, a pesar de grandes movimientos universitarios como la Reforma de Córdoba de 1918, en Argentina, o el movimiento de renovación académica, a finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado, en Venezuela.

El claustro es la universidad que se encierra en sí misma. En la colonia, lo conformaba un grupo selecto de sabios y doctores. Estos designaban a las autoridades rectorales. Sólo podían ser rectores los letrados en leyes y los obispos, las dos profesiones más conservadoras y reaccionarias, si las hay. Así se garantizaba la permanencia de la superestructura jurídica y del dogma eclesiástico. Una auténtica bisagra reaccionaria y confesional, uno por lo otro.

El Libertador Simón Bolívar dictó en 1827 los Estatutos que acabarían con la institución universitaria colonial y darían nacimiento a la universidad republicana. Consagró la autonomía y abrió la posibilidad para que otros profesionales, distintos de obispos y doctores en leyes, pudieran aspirar al cargo de rector. Así alcanzó esta jerarquía el doctor José María Vargas.

La vieja figura del claustro, sin embargo, sobrevivió. La mantuvo, asimismo, la Ley de Universidades de 1958, luego de 131 años de la promulgación por el Libertador de los Estatutos Republicanos de 1827.

Hoy día, el claustro lo conforman los profesores activos y jubilados, desde la categoría de asistente hasta titular. Los instructores, sobre los que recae el mayor peso de la docencia, están excluidos de esta estructura y, por tanto, no tienen derecho de voto, ¡en pleno siglo XXI! En cuanto a los estudiantes, a éstos se les da una participación equivalente al 25 por ciento del total de los docentes miembros del claustro. El conservadurismo se garantiza así que las decisiones del claustro casi no varíen, con un electorado donde el mayor peso lo tiene el profesorado de escalafón y jubilado, a cuyos intereses se debe.

Con la reforma del artículo 109 de la Constitución, se extiende el derecho al voto a los profesores instructores, a los trabajadores y, con base en el universo de los docentes, el sufragio se hace paritario entre todos los sectores. Se profundiza la autonomía y amplía la participación. Muere así el claustro medieval, monárquico y monástico y nace la verdadera democracia universitaria. La historia, como tenía que ser, reivindica a los jóvenes estudiantes de la Reforma de Córdoba de 1918 y a los de la Renovación Académica de la Venezuela de 1968, tiempos también del Mayo Francés y de la imaginación al poder.

En un cruce de caminos, se aleja un canto funerario por el arcaico claustro y se aproxima una canción de amanecer por la nueva universidad. Pronto se oirá también los rabiosos estertores del mastodonte derribado. La universidad se abre a la aurora y todo lo demás es poesía y está por hacerse.

earlejh@hotmail.com


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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

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