La UCV y la búsqueda del Desabrigo como única forma de seguridad

La tristeza por la caída del techo de la UCV se asemeja al dolor que se padece cuando alguien sufre de cáncer y presenciamos su pérdida de cabello. Mientras el enfermo no presente síntomas, nos afanamos en silenciar la enfermedad, sonreímos, visitamos, cambiamos los temas, somos un grupo de apoyo experimental que finge vivir una relativa normalidad. Las pequeñas grietas físicas siempre evidentes nos causan cierta sorpresa, que remediamos con gestos de despreocupación. Pero la caída total, el estruendo, nos impacta. Hay algo terrible ocurriendo desde hace muchos años en ese cuerpo, ya no más en silencio.

La UCV es ese cuerpo convaleciente. Es el fiel reflejo del país en el que vivimos, repleto de egos que se afanan en permanecer enquistados en sus posiciones de poder, refinando sus estrategias para transmutar en formas que les permitan mimetizar las obvias similitudes con sus opuestos. Venezuela es un cuarto de espejos que refleja diferentes rostros en una misma imagen. Reflejos que se señalan a sí mismos en un infinito bucle de reproches que se devuelven.

El techo, fue quizá uno de los mil techos que se cayeron en el último gran aguacero. El techo de concreto no resistió la última lluvia, que con toda seguridad se llevó por delante una parte de los infinitos techos de "bloque cruzao" de nuestra ciudad capital. En el techo no había una historia concreta, no fue el aula en la que Adriano González León estudió, no fue la Biblioteca en la que Jacinto Convit inició sus investigaciones contra la Lepra. Fue un simple techo, pero su caída nos recordó, repito, la enfermedad.

En las redes sociales, el sector oficial acusó al sempiterno rectorado, obviando el déficit presupuestario de la Universidad. Desde la oposición se señaló al gobierno, obviando la autonomía universitaria y la posibilidad de auto gestionar sus ingresos económicos. Algunos, desfasados como siempre, culparon a Chávez por no acabar con las universidades autónomas, y otros, desfasados aún más, como siempre, atacaron las bases mismas del estudio occidental, desde los Arcontes hasta nuestros días. Todos viéndose al espejo.

Mientras, la enfermedad avanzó un día más.

La desidia en Venezuela está en el techo de la UCV, en los que mañana caminarán por un lado para asistir a sus clases, en los que repararán el daño ocultando el estado terminal de nuestras instituciones, en quienes defienden, desde sus extremos las posturas infranqueables de sus acólitos, en los que se seguirán señalando sus propias narices ponzoñosas, en los que seguiremos presenciando la caída de los techos, hasta que el nuestro nos caiga encima.

Cuando frecuentaba la UCV la lluvia era un evento maravilloso. Ahora cuando llueva buscaremos el desabrigo, porque es más seguro.



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Moises González


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