Inmensa bola de maldad en la universidad

Existe una inmensa bola de maldad que rueda por la educación universitaria venezolana y está representada por profesores mediocres y cobardes que practican el conductismo, es decir, pretenden imponerle sus ideas personales a los estudiantes mediante la intimidación y la manipulación como si se fueran dueños de verdades absolutas o indiscutibles. Parece que en nombre de ciencias ocultas, poderes mágicos e inclusive brujería, estos megalómanos prohíben el constructivismo, es decir, el derecho de los estudiantes a la realización colectiva del conocimiento mediante la investigación científica y el debate democrático.

Esta pesada y deforme figura con profundo atraso intelectual intenta bloquear el avance de la nueva época educativa que reconoce la igualdad entre docentes y estudiantes en la actividad del aprendizaje horizontal y sin tantas jerarquías odiosas. En efecto, estos voluminosos enemigos de la pedagogía emplean el autoritarismo como ejercicio recurrente por temor al debate científico de saberes que pondría de manifiesto sus grandes debilidades cognitivas.

Lo cierto es que el verdadero éxito del docente radica en el reconocimiento otorgado por los estudiantes libres de asedio o coacción en un escenario de intercambio armónico de reflexiones. Por eso ratificamos nuestra convicción sobre la importancia de la convivencia respetuosa como ley insoslayable de la docencia pues así hemos practicado en años de vida académica enmarcada en la cultura de la tolerancia, incluso con profesores ideológicamente distintos a quien suscribe.

En tal sentido subrayamos que la labor de enseñar implica un apego permanente a la humildad, los buenos modales, la ponderación verbal, la honestidad, la sobriedad, la decencia y el saber escuchar. De allí que la veracidad de la teoría esgrimida por el profesor nunca podrá inspirar credibilidad si persiste en la evasión sistemática de la discusión de ideas dentro del salón de clase.

Ciertamente los que huyen del constructivismo son seres hambrientos de reconocimiento social, que en aprovechamiento indebido de la situación de ventaja que le provee la investidura, despliegan conductas bizarras de sobreexposición ante espectadores pacientes que fuera del aula  rápidamente les darían la espalda. El brillo de estos personajes liposos es una ficción efímera que no demuestra reales méritos y que se evapora velozmente una vez que retornan al mundo exterior donde prevalece el libre albedrío de las audiencias autónomas.

Los conductistas son seres permanente hambrientos de fama nunca lograda, y por eso en los escenarios extra universitarios de la realidad social son ignorados y condenados al anonimato. No cabe duda que la ética en la docencia es el eje del proceso educativo, ella exige el concurso de nuestras mujeres y hombres más éticos y capaces para la delicada tarea de enseñar. La ética rechaza el uso indebido del puesto docente, verbigracia: La insolencia contra el estudiantado, la altisonancia verbal, el aprovechamiento de la cátedra para la flagrante sobreexposición egocéntrica, las especulaciones personales falsamente exhibidas como información científica, el alarde procaz de saberes no comprobados, los monólogos extenuantes y el relato del anecdotario personal en usurpación del pensum académico establecido.

 



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Jesús Silva R.

Doctor en Derecho Constitucional. Abogado penalista. Escritor marxista. Profesor de estudios políticos e internacionales en UCV. http://jesusmanuelsilva.blogspot.com

 jesussilva2001@gmail.com      @Jesus_Silva_R

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