(Conozcamos algunas correcciones)

Desmisteriemos los Exámenes

Muy arraigada se encuentra la aprehensión sufrida por la mayoría de los alumnos con motivo de los exámenes académicos ora parciales, ora finales.

Escritas u orales, cada prueba estratégicamente confrontada suele enervar al examinando a tal punto de que, dependiendo de su nivel de angustia, “sus nervios” terminan traicionándolo, y, si no fracasa rotundamente en cada intento, por lo menos, no logra el rendimiento que potencialmente daría si mirara los exámenes con otra óptica. A esta vamos:

Los alumnos deberían programarse mentalmente para convencerse a sí mismos de que sí están aprendiendo, digamos por caso, Gramática, a la que han estudiado con interés aquí, allá y ayer, y, por tanto, hoy necesitan que alguien los evalúe a fin de poner una medida a su capacidad y logros alcanzados. Pues bien, ese alguien vendría siéndolo el profesor de turno.

Entonces, desde el mismo momento que los alumnos empiecen a considerar como una necesidad suya ser examinados por un tercero, para que ellos mismos vayan conociendo su progreso personal autónomo, como estudiantes en las distintas materias en las que se vayan formando, en esa medida irán considerando los exámenes como algo autoexigido por ellos, y no impuesto por profesor alguno ni reglamento alguno.

Estimados estudiantes: Ustedes necesitan que se les evalúe, que sepan cuánto saben, dónde están fallando; tienen que saber cuáles son sus limitaciones, hasta qué punto dominan tal o cual conocimiento, y, particularmente, cuáles son sus equívocos. Ustedes deben ser sus propios cuestionadores.

En fin, que tienen que empezar a mirar a sus examinadores como una gente que les es muy útil, claro está, pero a tal punto que podrían perfectamente someterse a sus exámenes por iniciativa propia, de ustedes mismos, y hacerlo en cualquier tiempo y espacio del recinto docente. Vale decir: ustedes pueden y deberían solicitarles a los profesores, en puntuales momentos de determinado cronograma, que les hagan preguntas varias. Se desmontaría así el carácter de suplicio que han venido caracterizando a unos exámenes que a final de cuentas igualmente sirven para que ustedes sepan cuánto valen y cuánto saben, pero no porque esto le interese a tal o cual trabajador docente, sino, más bien, porque el Estado tiene la responsabilidad, a través del profesor examinador, de avalar sus conocimientos ante terceras personas cuando a fin de conferirles uno que otro título de profesionalidad o preuniversitario, y por parte de ustedes, necesitan saber si han perdido su tiempo o en qué medida lo han aprovechado, en qué medida las angustias y economías de sus padres y “del” Estado han resultado “rentables” o reducidas a pérdidas.

marmac@cantv.net


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Manuel C. Martínez M.


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