A nuestras maestras y maestros en su día…

…Dos Maestras

A propósito de la celebración del Día del Maestro (yo preferiría llamarlo, día de la maestra), que por decreto del Presidente Medina Angarita se lleva a cabo todos los 15 de Enero de cada año, quisiera dedicar algunas líneas a dos de mis más entrañables educadoras:

En lo que anteriormente era llamado Grupo Escolar “Goajira 1” ubicado en Acarigua, Estado Portuguesa, en la avenida principal  de la Urbanización que lleva su mismo nombre; en un edificio de tres pisos de los que conforman un gran número de estructuras idénticamente diseñadas y  esparcidas por toda Venezuela a comienzos de la década del 70 para la educación básica de nuestra población, allí cursé mi educación primaria.

A mi escuela la recuerdo impecablemente blanca, con amplios salones, extensas áreas verdes y un samán grande y frondoso, que aún resiste, al lado de la principal cancha deportiva. La directora, esa figura a la que los niños de la escuela veíamos como un ser supremo, investido de una rígida autoridad, era la destacada docente Leticia Graterol.  

De aquella escuela, aún conservo en mi mente,  claros y alegres, los recuerdos de mi maestra: alta, trigueña, de larga y negra cabellera; era hermosa y elegante mi maestra. Pero, además de hermosa y elegante, mi maestra era  abnegada, solidaria y con una inmensa e inigualable ética para la enseñanza.  Todos sus alumnos sentíamos que nos apreciaba a todos por igual. A cada uno nos tomaba la mano, para enseñarnos a escribir, a leer… a ver la luz.  

Por eso estoy convencido que ser maestro, es una de las más grandes responsabilidades que ser humano alguno pueda asumir. La verdadera maestra descubre  en el alma de su alumno su necesidad de aprender, de amar, y les cubre con su manto de sabiduría y  ternura.

El maestro, ese que ama su oficio es, en cada una de sus jornadas, el constructor de una sociedad más justa; del hombre digno, del ser humano solidario, humanista.

A mi maestra de la escuela, la de “Goajira 1”, treinta y cinco años después, quisiera darle las gracias. Por contribuir a mi formación, más que como ciudadano, como ser humano. Por hacerme sentir que había en la escuela, en mi aula, detalles tan edificantes, gratificantes y emotivos, casi como el sonido del timbre que anunciaba el recreo a media mañana. Por eso y tantas otras cosas, gracias maestra Heracilia de Moreno.  

A la otra maestra a la que aquí quiero hacer referencia; el maestro amigo, músico y cantante Humberto Duran, una vez le declamó… “La conocí en su pueblito/ era astuta y muy audaz/ vivía en la Vega del Cobre/ muy cerca del río Saguáz”. 

De sus colegas siempre escuché sobre su abnegación en el sublime oficio de enseñar, de formar. De su disciplina, de su rectitud y de su solidaridad. Se formó como maestra en la Escuela Normal Nacional de Guanare y  recientemente le oí decir, alegre y orgullosa, que aún vive su maestra de cuarto grado, Adelina Arriaga.

Joven, linda y también elegante, la veía  partir (¡sola y a pie!) por aquellas calles de Acarigua, otrora seguras, rumbo a su escuela, hacia el Grupo Escolar Alberto Levy Mora; ubicado en el barrio Andrés Eloy Blanco, mejor conocido con el singular apodo de “El Muertico”. Allí, como directora por dieciocho años, ganó el aprecio de estudiantes, representantes y líderes de  esa comunidad. Tiempo después de su retiro, respondía con afecto y emoción al saludo: hola maestra,  hola directora. 

Seria vanidoso de mi parte tratar de describir aquí los méritos de esta humilde y abnegada educadora; eso lo dejo a quienes conocieron de su trabajo, de su entrega en los casi treinta años que dedicó a tan encomiable labor, antes de obtener su jubilación.

Lo digo porque ella (además de brindarme todo su amor, de formarme como hombre de bien, con valores, principios y apego por a las causas mas justas) fue quien me llevó a conocer a mi primera maestra, la de “Goajira 1”. Fue ella, la que me compró mis primeros cuadernos, mis primeros libros. Fue ella, quien la noche anterior me preparó el bolso para mi primer día de clases. Y una mañana de Septiembre, con lágrimas en los ojos, nos despedimos en aquel enorme salón, limpio y blanco donde por seis años, viví la inolvidable experiencia de la escuela. A ella escribí una vez, pidiendo a Dios, que… “si volver a nacer/ alguna vez yo pudiera/ que sea la misma mamá/ la que me lleve a la escuela” por eso hoy le digo… Gracias mamá… Gracias maestra Concilio Villegas de Artigas… 

…Y gracias a todas aquellas maestras y maestros que forman a sus alumnos sintiendo que están formando a sus hijos… para todos… ¡Feliz día de la maestra… del maestro…! 

palmaritales@hotmail.com



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Jahir Ricardo Artigas


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