El epónimo que sigue marcando el camino

A 230 años del natalicio del Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre

La culminación de una etapa académica siempre es motivo de orgullo y esperanza. Sin embargo, cuando una promoción lleva el nombre de un prócer, ese momento adquiere una dimensión mayor: se transforma en un acto de memoria y compromiso.

Quiero compartir una síntesis de mi discurso como Orador de Orden en los actos de graduación de la Unidad Educativa "José Félix Ribas" y en el Colegio Privado "Tobogán de la Selva", del municipio San Joaquín del Estado Carabobo donde la generación de bachilleres egresó bajo el epónimo "230 AÑOS DEL NATALICIO DEL GRAN MARISCAL DE AYACUCHO ANTONIO JOSÉ DE SUCRE".

La palabra epónimo, de origen griego, significa "el que da nombre". Pero dar nombre no es solo un bautismo simbólico; es heredar valores, trazar ejemplos y dejar huellas. Por eso, a lo largo del continente, el nombre de Sucre ha sido dado a estados, provincias, municipios, escuelas y plazas. Y no es casual: Sucre dio nombre al honor, la integridad, la justicia y la unidad continental.

Un joven que entendió su misión

Nacido en Cumaná el 3 de febrero de 1795, Antonio José de Sucre ingresó al Ejército Patriota con apenas 15 años, inspirado por los sucesos del 19 de abril de 1810. A esa edad en que muchos apenas comienzan a definir su rumbo, él ya sabía que su misión era luchar por la libertad de Venezuela y de toda América.

Estudioso, disciplinado y brillante, dominó las matemáticas, la artillería y la estrategia militar. A los 24 años era general; a los 27, héroe de la Batalla de Pichincha; y a los 29, vencedor en la decisiva Batalla de Ayacucho, que selló la independencia suramericana. Sin embargo, más allá del genio militar, Sucre fue un hombre sensible, con sueños sencillos de paz, hogar y familia, sueños que sacrificó por un objetivo mayor: una América libre, unida y soberana.

Un legado que interpela al presente

Recordar a Sucre es recordar que nuestros libertadores no cruzaron fronteras para conquistar, sino para liberar. Lucharon por principios, no por privilegios. Esa misma Venezuela de Sucre, durante el siglo XX, abrió sus brazos a millones de refugiados y desplazados: europeos que huían del fascismo, latinoamericanos perseguidos por dictaduras, pueblos enteros en busca de paz. Nuestra tradición solidaria honra su pensamiento humanista más que cualquier estatua.

En un mundo donde crecen la intolerancia y la xenofobia, Sucre tiene todavía mucho que enseñar. Su ejemplo interpela a los líderes de hoy: rechazó honores, renunció al poder y prefirió el honor en el campo de batalla a la política sin virtud. Oraba antes de cada decisión y fue un cristiano íntegro, defensor de la educación y de la dignidad de todos los pueblos.

Graduarse bajo su nombre: un compromiso

Llevar el nombre de Sucre no es un gesto decorativo; es un llamado a la acción. Es comprometerse a ser ciudadanos justos, profesionales éticos y personas solidarias. Es entender que la libertad se defiende con conocimiento y que la patria se fortalece con educación.

A los nuevos bachilleres les corresponde ahora llevar ese legado con dignidad y responsabilidad. Que no se conformen con lo fácil ni lo injusto. Que aprendan de la constancia de sus padres, quienes los acompañaron en años duros, incluso en medio de pandemia y crisis, resistiendo y apostando por la educación contra todo pronóstico.

Docentes: los héroes silenciosos de esta graduación

Pero este logro no pertenece solo a estudiantes y familias. Detrás de cada toga y birrete hay manos que enseñaron, acompañaron y sostuvieron.

Los docentes de estas instituciones —como miles en todo el país— han sido verdaderos héroes silenciosos, que enfrentaron aulas sin recursos, apagones, falta de internet, transporte limitado y salarios precarios… y aun así permanecieron.

En tiempos donde migrar o renunciar era una salida lógica, muchos eligieron quedarse para no romper el hilo de la educación. Convirtieron obstáculos en oportunidades, enseñaron con paciencia y vocación, y sembraron no solo conocimientos, sino también valores, esperanza y humanidad.

Ese compromiso docente es, en sí mismo, un acto de resistencia y amor por el país. Su aporte merece más que un aplauso: exige reconocimiento social, respeto y políticas que dignifiquen su labor. Porque sin maestros, no hay futuro; y sin futuro, la independencia por la que lucharon Bolívar y Sucre sería letra muerta.

El norte de un país justo

El ejemplo de Sucre nos recuerda que el fin último debe ser siempre el bien común, palabra que aparece tres veces en nuestra Constitución: en su preámbulo, en el artículo 1 y en el artículo 62 sobre participación ciudadana. Y que los medios para alcanzarlo deben ser siempre honestos, justos y solidarios. Nadie es más que nadie, pero nadie debe sentirse menos.

En la Venezuela que soñaron Bolívar, Sucre y Miranda, la dignidad y la justicia son patrimonio de todos. Que Dios bendiga los pasos de esta generación, que Sucre los inspire y que la verdad sea su escudo, con la fe como brújula.

"Todo lo puedo en Cristo que me fortalece" (Filipenses 4:13).

Así como Sucre asumió el desafío de su tiempo con valentía, esta generación tiene ahora su propio reto: construir la libertad que él defendió.

¡Felicitaciones, Promoción "230 AÑOS DEL NATALICIO DEL GRAN MARISCAL DE AYACUCHO ANTONIO JOSÉ DE SUCRE"!



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Edward Carrasco

Docente y redactor de artículos de marketing digital, tecnología, social media, geopolítica, salud, música, deporte y sexualidad.

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