Del país profundo: El Jirajara José Demetrio Silva

Si retrocedemos al borde de aquella Venezuela de comienzos del siglo XV, donde toda persona que practicara una religión opuesta al cristianismo o que nunca hubiese oído hablar de tal religión era calificada de infiel por los conquistadores españoles, saltaría a la vista el filo de la imposición y el gran impulso que tomó el tráfico de esclavos indígenas en estas costas de América. La justa guerra se llamó el castigo a los rebeldes que no lograban someterse al cristianismo y eran calificados de paganos. Se dudaba que fuesen seres humanos y por lo tanto podían ser esclavizados. De este a oeste las ráfagas del ejército invasor aceleran sus descargas y no se da tregua a nuestros pueblos aborígenes que resisten. Una parte de territorio, entre los actuales estados Falcón Lara y Yaracuy fue escenario muy visible de innumerables acontecimientos y combates entre los invasores europeos y comunidades de Arawacos, Ayamanes y Jirajaras. Particularmente los Jirajaras, acusados de canibalismo estaban entre los más perseguidos y se les tenía como “caribes” que obstaculizaban el proceso de conquista y de implantación del modelo colonial.

José Demetrio Silva Parra que nació en la Sierra, Hacienda La Blanquera, Estado Cojedes un 29 de noviembre de 1935 aprendió a descifrar los dibujos que dejaron sobre las rocas sus antepasados, creó su propia expresión estética por la relación con la naturaleza y se autodefine Jirajara al hablarnos con gran conciencia de su gente.

“Mis padres eran Jirajaras y los Jirajaras que venían de la parte de Falcón llegaron a Nirgua, emigrando siempre porque los españoles les dieron muy duro y ellos lucharon porque no querían dejarse quitar sus pertenencias y ese fue el motivo por el que casi no quedaron Jirajaras, porque los mataron, sin embargo hoy existen muchas huellas de los Jirajaras que demuestran que eran muy laboriosos y buenos sembradores; allí están sus tallados en piedras que indican su sabiduría, pero los españoles siempre persiguiéndolos y ellos se escondían en las montañas y hacían sus casas y su trabajo. Cuentan que reconocían a un líder muy especial que llegó a ser comandante de todo ese pueblo, era un Cacique llamado Yare y fueron tan bárbaros los españoles que para poderlo vencer le soltaron unos perros asesinos. Mataron a Yare y se perdió uno de sus líderes y hoy queda muy poco de esa familia. El que se encargó de terminar con toda esa gente fue Garci González, un gran asesino de fama como Federman, asesinos los dos que andaban violando, matando, quemando los ranchos y la agricultura. Fueron los grandes enemigos que vinieron al país y establecieron su propia arquitectura después de acabar con todo. En Nirgua están las ruinas de Garci González que eran las grandes haciendas del criminal, lleva su nombre un pueblo y ese era el eje Buría-San Vicente-Garci González.”

LA NATURALEZA ES LA UNIVERSIDAD DONDE YO APRENDÍ.

“Yo nací en la hacienda La Blanquera y aquí en Cojedes esa hacienda era muy famosa porque había allí un tipo de esclavitud. Las familias pobres llegaban y se albergaban en el sitio que era la hacienda de café para trabajarle a los amos y esa gente pobre era descendiente de aborígenes, descendientes de los Jirajaras de donde yo vengo, era una manera de ganarse el pan. Según la historia y según los residuos que quedan se da a entender que los Jirajaras eran unas personas de pequeña estatura. Las haciendas eran de esclavitud, había mucha barbarie en esas haciendas y trataban a la gente como a perros, como a animales. Allí trabajó mi papá que se llamaba Francisco Silva y mi mamá Ramona Párraga, ellos llegaron a esas haciendas a trabajar y allí nací yo, porque mi mamá llegó embarazada y me tocó nacer allí. Yo fui su único hijo. Mi mamá venía de los campos de Nirgua, justamente de esa parte que llaman Garci González, que era un campito de Nirgua del que ella emigró por la pobreza. Los dueños de La Blanquera eran los Camarán, ellos fundaron esa hacienda y recogieron gente hasta que se hicieron muy poderosos. Los que trabajaban allí vivían en los alrededores, estamos hablando de los Tucuragua que eran los aborígenes de ese lugar y parte de los Jirajaras, de esos era mi papá. El trabajo era muy duro, limpiar y cosechar café, trabajar el conuco para el mantenimiento del personal, era un trabajo recio que causó muchas muertes porque la gente vivía sin alimentación y sin medicinas. Esa gente moría muy temprano y los enterraban cerca de la hacienda envueltos en sacos y ya. El cementerio está en un lugar que llaman La Concepción, allí en ese lugar están enterrados mi padre y mi madre que fallecen estando yo muy pequeño, por eso yo empecé a sobrevivir a los siete años, seguí por allí durmiendo afuera de las casas y muchas veces en el bosque, porque esa fue la vida mía por causa de no tener padre ni madre. Empecé a sobrevivir y a defenderme. La agricultura yo la aprendí casi solo como niño y me tocó pensar como adquirir las cosas, tuve que sembrar la yuca, el maíz, la papa, el tomate y todo lo del conuco con lo que me alimentaba, porque la caraota la sembraba para comprar la ropita, era lo que valía un poquito más a diferencia del ñame, del maíz, del quinchoncho. La naturaleza fue la universidad donde yo aprendí de todo y todavía me toca aprender mucho más, porque ese es un estudio muy profundo un camino que no tiene límites. Yo le saqué provecho a ese tiempo de tanta pobreza, porque aprendí de la naturaleza como convertir un tronco en una talla, como sembrar una planta, como hacer una fogata para pasar las noches, como es el andar de la fauna, como crecen las plantas. Allí comprendí que las fuentes de agua son tan hermosas, son tan vivas que merecen un alto respeto, porque su virtud es dar vida y los ríos hablan por sí mismos, conversan en las noches con el bullicio y dan música. Si usted observa una caída de agua se dará cuenta que produce distintos sonidos y esos sonidos tan hermosos y tan relajantes son los que dan vida…”

ESTOS CERROS TIENEN NOMBRES.

“Yo agarré camino y he recorrido todo el estado Cojedes y parte de Portuguesa, de Lara y de Falcón. Después de niño desperté un poquito y empecé a conocer las diferentes montañas, por eso le digo que estos cerros tienen nombres. Conozco a Cerro Azul, el Cerro de Las Tetas, al Campamento, conozco Aguas Blancas, Las Carpas, Barinas, Cerro Blanco, San Pedrote y conozco la parte de La Concepción, conozco Buenos Aires. Pero tengo dos cerros importantes, uno donde hay muchas huellas de los aborígenes y de los Tucuragua que se llama Cerro Blanco. En Cerro Blanco está el campo más grande tallado por los aborígenes y en tres o cuatro días no alcanza a ver todos los tallados en piedra de los aborígenes en ese lugar, porque tenemos tantas joyas y tantas huellas allí que es impresionante. También tengo en el recuerdo de mi juventud el Cerro El Oso, lo recuerdo porque allí hubo una masacre en el año 1963 o 1965, una masacre contra unos muchachos revolucionarios que se encontraron con el ejército. Eso fue una barbarie, porque en ese entonces los gobernantes desplazaron una cantidad del ejército persiguiendo a ese grupo revolucionario y allí hubo una matanza y mucha gente no aceptó lo que estaba haciendo el ejército y empezó a apoyar a las fuerzas revolucionarias. El ejército agarraba a los campesinos y los maltrataba, los amarraba y así los tenía a sol y agua y se empezó a aborrecer aquel tratamiento terrible. Yo como conocedor de todas las nacientes de agua y de los caminos anduve unos cuantos días con ese grupo de revolucionarios guiándoles y diciéndoles donde iban a dar los caminos, algunos de ellos eran campesinos y otros tenían títulos universitarios, era gente preparada…”

VENEZUELA ES PARA MI EL PARAÍSO DEL MUNDO.

“Venezuela es para mí el paraíso del mundo, porque en la naturaleza está todo y tiene tantas cosas que ver que uno aprende mucho, por ejemplo en las pinturas que yo hago están las tierras rojas, verdes, amarillas, blancas, todo lo que necesito para hacer un cuadro me lo da la tierra con sus distintos matices y también en las hojas de los árboles hay colores para lograr una obra de arte. Yo empecé desde muy pequeño a hacer jugueticos inspirado en la naturaleza, burritas, gallinitas, tallas de distinto tipo porque era la única manera de uno divertirse y fueron mis primeras tallas porque tenía la necesidad de jugar, después seguí haciendo obras de un tamaño más grande, la escultura por ejemplo que es visible por todas partes, pero la pintura es plana con una sola cara, por eso prefiero la escultura inspirada en mis antepasados, porque la propia historia venezolana fue escondida por la cuarta república, por lo menos hablando de los aborígenes nos hicieron creer que los españoles lo representaban todo y no fue así, porque el territorio que se llamó Venezuela ya estaba poblado y los propios aborígenes tenían a sus creadores que hacían arte y tenía una vida muy feliz. Nos inculcaron la historia de aquellas personas que vinieron a hacer daño en Venezuela, por eso es importante hacer algo para conocer la propia historia venezolana. Yo hice mi parte en el El Picure, porque en el campo tenemos todo para construir una casita y embellecer el camino, tenemos la piedra, tenemos el agua, tenemos la madera, tenemos la tierra, por eso me hice el rancho con los materiales del campo, es un rancho ecológico y las figuras en el camino las hice con el objetivo de formar un museo vial para que alguna vez quede historia por allí. Yo tengo una esposa y cuatro hijos, ella se llama Cándida Hostos y hemos luchado juntos durante cincuenta años. Yo la conocí en La Sierra que es su pueblo natal. Eso está a 800 metros de altura y Cerro Azul que es donde están las tallas de los aborígenes y las ruinas de los invasores españoles queda a 1737 metros. Yo nací en el año 1935, y me siento muy feliz porque nunca me he enfermado ni he ido a un hospital y como quichoncho, caraota, plátano, ocumo y pescado de río porque las carnes de otros animales no me gustan…”

José Demetrio Silva en su casa de El Picure. Cojedes. 2005.
Credito: Rafael Salvatore





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Benito Irady

Escritor y estudioso de las tradiciones populares. Actualmente representa a Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y preside la Fundación Centro de la Diversidad Cultural con sede en Caracas.

 irady.j@gmail.com

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