Delirio, realidad e imaginación: ¿Se engaña Maduro? ¿Miente Maduro? (I)

“El discurso del presidente Nicolás Maduro ante la ANC fue excelente”
Julio Escalona


“Piérdese con sola una mentira todo el crédito de la entereza. Es tenido el engañado por falto y el engañador por falso, que es peor”
Baltasar Gracián


“el discurso mendaz exige una estrategia de modo que la función comunicativa y metacomunicativa del discurso se cumpla del mejor modo posible”.
Castilla del Pino


“Salvo el anuncio del aumento salarial, hacía tiempo que no perdía cuatro horas escuchando a una persona. Porque en aras de la verdad, Nicolás no dijo nada, absolutamente nada nuevo. Más que una memoria y cuenta, el discurso pareció más bien una carga de frases, algunas simuladas con ira y otras simuladas con demagogia.”
Rafael Rodríguez Olmos


“(…) sólo se miente cuando la competencia es asimétrica: se le miente al niño, al enfermo, al débil, al vulnerable, al que depende de otros. (…) Cuando hay competencia simétrica y compartida, entonces el engaño se vuelve una ironía, una forma refinada del mentir”
Victoria Camps


 “Ya está bueno de caernos a mentiras. “La mentira nos está haciendo mucho daño…. Dejamos de hacer, no hacemos y decimos que cumplimos. Ofrecemos hacer y no ocurre lo anunciado”
Hugo Moyer Agostini


PREGUNTA:
¿Es que acaso con mentiras  y engaños (DISCURSO MENDAZ) se recuperara un pais hundido en el fracaso economico,la esterilidad intelectual y la esclerosis burocratica?
Introducción
Verdad y mentira son conceptos entrelazados, de modo que la verdad se destaca de la mentira como su contrapunto. La verdad se define en contraposición a la mentira como lo adecuado y correcto, mientras que la mentira se redefine respecto a la verdad como lo inadecuado o incorrecto. La verdad es lo auténtico frente a lo falso o falseado, la luz frente a su sombra.


La verdad nos hace libres y la mentira nos convierte en esclavos, porque perdemos la percepción positiva y enaltecedora del que no tiene nada que ocultar ni de que ocultarse. Así como la verdad es una sola y representa eventos, sentimientos, situaciones ciertas y nacidas de la espontaneidad, la mentira tiene mil facetas, puede utilizar muchas caras y nace de sentimientos que no responden a la realidad de los hechos. Todos hemos mentido o mentiremos por lo menos una vez, y a pesar de esto muy pocos se atreven a hablar de la mentira. Casi sería preferible no tener que definirla, ni siquiera nombrarla, quizá esta especie de horror por aproximarnos a ella ha dado como resultado que muy pocos se hayan aventurado a escribir sobre este asunto. Algunos filósofos, y en ocasiones psiquiatras y literatos, han abordado el tema de la mentira, han expuesto qué es la mendacidad, sus implicaciones, sus causas y, por supuesto, los efectos que ésta puede producir.


En su libro ¿Es Real la Realidad? Paul Watzlawick afirma, y en parte muestra, cómo “realidad” es un constructo de la comunicación. Es evidente que quien tiene canal para hacer que determinadas alternativas puestas bajo definiciones se conviertan en “las alternativas”, ése hace situaciones, establece la verdad. Pero como la verdad así construida tiene necesariamente puntos falibles es legítimo y deseable librarse mediante la propia creatividad de los efectos perniciosos de cualesquiera de esas situaciones definidas. Frente a la palabra de poder el poder de la palabra. El mundo de la verdad no es deseable no sólo porque el relativismo epistemológico tenga punto a su favor, sino porque la categoría de verdad aplicada más allá de ciertos enunciados del tipo conchas vacías es peligrosa. Si para los ámbitos de relaciones en los que clarísimamente la llamada realidad es producto de la construcción comunicativa o del consenso social esa «realidad» es declarada verdad, adquiere un carácter normativo cuyas consecuencias suelen ser desastrosas.
Una de las capacidades del lenguaje humano mediante signos verbales y no verbales —y sirva como definición de signo la antigua fórmula aliquid stat pro aliquo,que señala en todo signo su relación de reenvío—. Es la de mentir y, por ende, la de convertir al hombre en, un “animal menda"

La posibilidad de engañar, de transmitir informaciones falsas o de fabricar invenciones que contiene el lenguaje natural y su semiosis ilimitada concita especial interés a quien se ocupe de los sistemas de significación. No es extraño, entonces, que Umberto Eco definiera la semiótica así: «Es, en principio, la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir. Si una cosa no puede usarse para mentir, en ese caso tampoco puede usarse para decir nada. La definición de teoría de la mentira podría representar un programa satisfactorio para una semiótica general.»


Dirá mentira, dice San Agustín en De Mendatio, quien teniendo una cosa en la mente expresa otra distinta con palabras u otro signo cualquiera. Y el mentir será, dice en otro paso, el afirmar algo con voluntad de engañar.
En la cuarta conferencia de How to do things with words, J. L. Austin se refiere a la mentira que tiene lugar en ciertos casos en que se lleva a cabo un acto lingüístico de tipo asertivo, como /lo declaro inocente/ o /lo absuelvo/, cuando creo que la persona en cuestión es culpable.Estos actos en la teoría de Austin no son nulos: ha dado un veredicto, aunque en forma insincera. La insinceridad, en este ejemplo, se sitúa en el pensamiento —elemento esencial en el mentir—, y es, sin embargo, cosa distinta del mero decir algo realmente falso.Nietzsche, en su opúsculo Sobre verdad y mentira en un sentido extramoral, dice: “Los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño”

II. La pobre verdad
Se va quedando cada vez más sola la pobre verdad, como si hubiera dejado de ser el supremo bien para pasar a ser un ente molesto e inoportuno como una enfermedad. Apenas nadie sale en su apoyo, quien más quien menos se aleja de ella y la deja tirada en la cuneta como un fardo incómodo y fatigoso. De ahí su creciente debilidad, desamparo y aislamiento. La gente busca en general el éxito, el poder, las diversiones, que son justamente los ámbitos en los que la verdad brilla por su ausencia y en los que habitualmente predomina la mentira, el disimulo, la hipocresía, la falsedad, la frivolidad y las palabras vanas. Consciente de que su presencia es poco deseada, la verdad huye del mundanal ruido y se retira a lugares ocultos y poco frecuentados; eso explica que cada vez sea más difícil localizarla y dar con ella. Carente de compañía y de calor colectivo, se ha convertido en una anciana abandonada y enferma.


Si ello es inmensamente triste, no lo es menos que los listos y avispados que toda época engendra aprovechen su ausencia para suplantarla y ocupar su puesto. Todo en nombre del pluralismo, claro está. Para eso tenemos democracia: para que cada grupo de presión económico, político o mediático intente hacer pasar por verdad absoluta lo que no es otra cosa que su interés propio. Y quien objeta tímidamente que la verdad es un valor universal que nadie puede convertir en su propiedad particular, ha de contar con la mofa de los que identifican su poder con la verdad misma, trátese de personas o de corporaciones. Y ello en el supuesto de que le dejen expresar su pensamiento, cosa cada vez más difícil de conseguir. Porque lo primero que el orden reinante hace con los que protestan contra la instrumentalización y la manipulación de la verdad es ponerles el bozal. ¿Libertad? Sobre el papel toda la que queramos, pero solo para quienes no pongan en duda la legitimidad del “sistema”. En caso contrario, ostracismo, marginación, destierro interior, ley del silencio. Lo que no conviene a los intereses creados no tiene derecho a existir. Es la nueva censura, mucho más eficaz que la que se practicaba antes en las dictaduras de derecha e izquierda: negar la palabra sin prohibir expressis verbis la libertad de opinión. Pero, ¿de qué le sirve a la verdad poder opinar si no tiene a su disposición tribunas realmente libres?


Después de las grandes mentiras del nazifascismo y dtl comunismo soviético, la humanidad creyó por un momento que había recobrado la verdad perdida. Hoy sabemos que se trataba de un espejismo. Poco a poco, el bando vencedor, capitaneado por Estados Unidos, fue elaborando nuevas formas de manipulación mental e identificando sus conveniencias propias con la verdad. El reino de la libertad, anunciado a los cuatro vientos durante las décadas de la Guerra Fría, fue dando paso al imperio del dinero, al más descarnado materialismo, al cinismo y a la lucha encarnizada entre los hombres, las clases sociales y los pueblos. ¿Quién se atreverá a decir que este lamentable estado de cosas corresponde al concepto de verdad elaborado a lo largo de los siglos por los grandes maestros del pensamiento universal? La verdad es inseparable de valores como el bien común, la paz, la justicia social, la concordia ciudadana, la amistad entre los hombres, la alegría interior, la confianza en el futuro y la felicidad del mayor número. Allí donde la verdad muere, muere más tarde o más temprano todo lo demás, que es exactamente lo que hoy ocurre. Por muchos productos que consumamos, por mucho que pasemos de una diversión a otra y por mucho que forniquemos, viajemos y nos encandilemos con los artilugios técnicos fabricados por el gran capital, la vida que hemos elegido es más muerte que vida verdadera. Por eso la gente no es feliz.
Esto es lo que nos diría seguramente la verdad si la anciana dama tuviera la oportunidad de hacerse oír y contrarrestar con su débil voz el discurso ruidoso y omnipresente de la publicidad, el marketing y la propaganda política.


III.. Verdad y Mentira: el cuadrado semiótico
Si quisiéramos, brevemente, resumir lo hasta aquí dicho, tendríamos que destacar la necesidad de relativizar el concepto de mentira, de establecer marcos de referencia específicos donde poder indicar qué es la mentira como “fabricación”, y poner en discusión la posibilidad de distinguir una mentira en el enunciado sin referirnos a la insinceridad del enunciador. De este último punto se desprende la dimensión (polémico-) contractual que se establece entre enunciador y enunciatario, correspondiendo a este último la sanción de verdad o mentira, del mantenimiento o suspensión de crédito de sinceridad o confianza concedido al enunciador o, en su caso, la aceptación de confortables mentiras...
En este último punto, y a la luz de las consideraciones anteriores, quiero detenerme en una perspectiva discursiva que permite considerar a la mentira como una figura de veridicción.
En primer lugar podemos afirmar que el lenguaje es el espacio de su propia veridicción; que el discurso es ese lugar frágil donde se inscriben y se leen la verdad y la falsedad, la mentira y el secreto.
En la teoría semiótica formulada por Greimas se da cuenta del cuadrado de veridicción: donde la mentira es el resultado de la conjunción de /parecer/ y /no-ser/.

[Para Greimas un cuadrado semiótico es la representación gráfica de la articulación lógica de una categoría semántica cualquiera. En este cuadrado de veridicción, algo que «es» y «parece» resulta /verdad/, algo que «parece» y «no es», /mentira/, algo que «no es» y “no parece”, /falsedad/ y algo que “es” y “no parece”, /secreto/.] Greimas no sólo libera tales categorías modales de sus relaciones con el referente no semiótico, sino que trata de demostrar que la veridicción (decir verdad) constituye lo que él denominaría una isotopía narrativa independiente, susceptible de establecer su propio nivel referencial.
Las cuatro “figuras” verdad, mentira, falso, secreto, no son, así, representación de una verdad, mentira, etc., exterior del mundo, sino una construcción. Para que la “verdad” pueda ser dicha y asumida debe desplazarse a las instancias del enunciador y del enunciatario.
Si la verdad no es sino un efecto de sentido, puede verse que su producción consiste en el ejercicio de un hacer particular, de un hacer-parecer-verdadero, o lo que es lo mismo, en la construcción de un discurso cuya función no es ya decir-verdad, sino parecer-verdad. Ahora bien, este parecer no atiende, como podría ser el caso de la verosimilitud, a una cierta adecuación con el referente, sino a la adhesión por parte del destinatario y trata de ser leído como verdadero.
Si las preguntas ¿cómo mentimos? o ¿cómo hacemos para ocultar secretos?, etc., corresponden al productor del discurso, corresponde, a su vez, al receptor la pregunta ¿en qué condiciones aceptamos como verdaderos los discursos de los otros?
Puede ser definido el «contrato de veridicción» como ese equilibrio más o menos estable que proviene de un acuerdo implícito entre los dos actantes de la estructura de la comunicación.

BIBLIOGRAFIA
Agustín de Hipona,  Obras completas. La editorial católica, Madrid.
Baudrillard, Jean : De la seducción. Cátedra, Madrid.
Bascou, J.R. (1978): El niño y la mentira. Ed. Herder, Barcelona.
Castilla del Pino, Carlos, comp. : El discurso de la mentira. Alianza Editorial,
Fernández, Celia: “Verdad, mentira y ficción: categorías pragmáticas”, Ínsula, 1989,
Girard, René : Mentira romántica y verdad novelesca. Anagrama, Barcelona.
Mosterín, Jesús : Racionalidad y acción humana. Alianza Editorial, Madrid.
 



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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