Comuna o nada, Nicolás El chavismo está vivo pero la traición no ha muerto

Al imperialismo norteamericano no le ha funcionado en Venezuela su voluntad de poder para cambiar gobiernos con la facilidad y la arbitrariedad con la que lo ha hecho en gran parte de América Latina, como en Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Honduras y Ecuador. El imperio parece haber agotado los recursos de la guerra de cuarta generación para implosionar las masas populares en el país y asaltar al gobierno revolucionario bolivariano, con el pretexto de la ayuda humanitaria.

El imperio más poderoso, criminal y perverso que haya conocido la humanidad ha perdido la brújula del tiempo histórico en Venezuela. La Patria de Bolívar, de Chávez, de Algimiro Gabaldón, de Jorge Rodríguez, de Motilón Márquez, de Robert Serra, de Eliécer Otaiza, tiene factura propia. Venezuela es tierra de libertadores y su pueblo lleva los genes de su dignidad histórica.

Durante cien años la patria pagó con creces al imperialismo norteamericano y a la oligarquía criolla, la traición de José Antonio Páez y de Juan Vicente Gómez. Durante ese neocoloniaje fue Venezuela la joya de sus colonias, por tener en el subsuelo el oro negro que movía su maquinaria e impulsaba su desarrollo. Se olvidó el imperio que el pueblo venezolano es de estirpe guerrera, irredento y que jamás se ha entregado.

Con Hugo Chávez nació un sol ante la oscuridad del imperio. El imperialismo saqueó al país; explotó y se robó sus riquezas petrolera y minera; hizo de su economía un coto de explotación petrolera; deformó su estructura productiva; impuso sus patrones al subdesarrollo, frenando el desarrollo rural y haciendo de la producción agropecuaria una entelequia obsoleta y dependiente; le impuso al país una economía de puerto, fundamentalmente para productos alimenticios y materias primas de origen agropecuario; impuso la estructura y diversidad industrial a su conveniencia económica y tecnológica y lo más importante para su dominio neocolonial, estableció una estructura oligopólica del mercado nacional con el predominio de las grandes corporaciones económicas internacionales.

El desarrollo del sector agropecuario debió ser y sigue siendo la prioridad en la construcción del socialismo, sin seguridad y soberanía alimentaria jamás se construirá una economía socialista, una economía moderna, integralmente estructurada y al servicio de las necesidades de la sociedad.

La construcción del socialismo del siglo XXI, significa derrotar al imperialismo norteamericano y el poder del sistema capitalista de explotación vigente, lo que no se logra con palabras y buenas intenciones. Se logra destruyendo el estado burgués, implantando la dictadura del proletariado y acabando con la hegemonía de las clases dominantes hasta su exterminio. En estos términos, palabras más, palabras menos, el camarada Chávez pedía realizar esas tareas, siendo su ejemplo una realidad viviente: tomó el poder político por la vía pacífica-electoral, estableció con la anuencia del pueblo una democracia participativa y protagónica, formó en el pueblo una conciencia revolucionaria, enfrentó con valentía y entereza al imperialismo y a la oligarquía nacional, creó el proyecto político para la construcción del Estado comunal, creó la alianza cívico-militar, revivió el espíritu de integración latinoamericana, jugó papel importante en la creación de organismos multilaterales en la Región latinoamericana y caribeña, para la cooperación económica y gestión política y creó una alianza de identidad espiritual y defensa mutua con los países del tercer mundo y de economías emergentes del planeta. Esto para decirlo con palabras de Cristina Fernández no es poca cosa. Todo ese legado del comandante Chávez en menos de dos décadas solo lo hace un genio de la utopía y un gladiador de la esperanza.

PATRIA O MUERTE

COMUNA O NADA



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Rafael Godoy Villasmil


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