¿He aquí por qué el general Fernando Ochoa Antich no tuvo el valor de unirse a la sublevación del 4-F?

El padre del general Fernando Ochoa Antich fue un honorable servidor del general Isaías Medina Angarita y lo defendió a muerte ante los golpistas adecos, el 18 de octubre de 1945. Se esperaba que sus hijos (Fernando y Enrique) no fueran apegados a aquellos que traicionaron al país, al general Medina Angarita. Se esperaba que fueran sus hijos, recios defensores de la patria en el más alto sentido de la palabra. Enrique siendo un chamo vino de Europa convertido en una especie de hippie y terminó afiliándose al partido MAS del traidor Teodoro Petkoff. Fernando se hizo militar y fue derivando hacia el adequismo betancourista, de la gente que había arrinconado y echado abajo al gobierno más democrático del siglo XX en Venezuela.

En 1991, Fernando se convirtió en el orondo ministro de la Defensa de Carlos Andrés Pérez. Pero así todo, parecía un hombre rebelde, un hombre con guáramo para enfrentarse a la corrompida élite que durante cuarenta años venía gobernando en Miraflores. Mucha gente dentro y fuera de Venezuela lo asoció con los sublevados en armas aquel 4-F. Don Fernando rechazó en todo momento estar involucrado en esa rebelión. Luego lo premiarían dándole la Cancillería y luego la embajada de Venezuela en México. Eso sí es tener dignidad y honor.

El 21 de septiembre de 1993 vi por televisión una entrevista que le hacían a don Fernando Ochoa Antich, en la que daba respuesta al comandante Jesús Urdaneta Hernández sobre el ofrecimiento que los alzados del 4-F le hicieron para que condujera la rebelión de febrero de 1992. Ochoa Antich respondía en esa entrevista que él les dijo a los sublevados que a un hombre de honor no se le ofrecía eso; yo me preguntaba entonces: ¿Qué podía ofrecérsele a un hombre de honor como Ochoa Antich? ¿Acaso reconocimientos del poder oficial? ¿cargos diplomáticos?, ¿algún préstamo impagable? Cualquier cosa, ¡pero por Dios cómo se le iba a ofrecer que se inmolara por la patria!

A él ya se le había ofrecido el Ministerio de la Defensa por donde había pasado toda una cadena de ladrones y asesinos, algunos de los cuales asesinaron al coronel Luis Ibarra Riverol por denunciar a una banda de generales corruptos. Eso se le podía ofrecer a don Fernando Ochoa Antich no encabezar una rebelión para salir de un estado de pudrición tan grande como era el de la Cuarta República.

A un hombre de honor, digo, se le ofrece ser canciller de la república de un país que carecía de dignidad en el mundo, que carecía de una política de fronteras, cuyos sus consulados y embajadas estaban convertidos en verdaderos antros de mediocres, pervertidos y cobardes. Eso sí era digno de ofrecérsele en aquella hora a un hombre de honor por parte de aquella república que se encontraba tan miserablemente degradada. ¿En fin para Ochoa Antich ser hombre de honor era arrastrarse? Qué cosa tan sin sentido…



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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