Civiles y militares (y curas)

"Un país se construye con ciudadanos y no con soldados"
(Monseñor Baltazar Porras)

El tema del civilismo y el militarismo se plantea de nuevo en el país, impulsado por factores de la oposición que se empeñan en caracterizar al gobierno bolivariano como expresión típicamente castrense. Apelan para ello a cualquier recurso, incluyendo algunos que se vuelven en su contra. El concepto de sociedad cuartel -o campamento- de un cesarismo militar rampante que se impone a los venezolanos, es demasiado grotesco y no soporta un análisis basado en hechos concretos y en la realidad.

Esos sectores se esfuerzan por reivindicar en abstracto el concepto de ciudadano, al tiempo que sus ideólogos insisten en decir que en Venezuela no hay ciudadanos. El filo de esta afirmación tiene que ver con el desprecio que sienten los que motorizan esa política -de claro corte puntofijista- por el nivel de conciencia adquirido por el pueblo venezolano durante la década bolivariana, incluyendo a la oposición.

Hoy se puede decir que Venezuela tiene ciudadanos visibles, no ocultos, o meros sufragistas quinquenales. Ahora la gente discute y defiende sus derechos como nunca antes lo hizo. Lo cual obliga a evaluar este dato con seriedad.
Luego está el rechazo irracional a lo militar.

El proceso que se cumple en el país con la eliminación de las barreras que separaban, artificialmente, a los venezolanos, de un lado el civil y de otro el militar, solventado en la Constitución de 1999, ha servido para que la seguridad y defensa nacional sea asumida en el marco de la corresponsabilidad. El interés por el tema no es sólo del militar, también lo es del civil, lo cual crea novedosos mecanismos de retroalimentación y genera compromisos recíprocos.

Pero hay que encarar la verdad histórica. Curiosamente, aquellos que sostienen que el país se construye con ciudadanos y no con soldados discriminan, obsesivamente, en primer término, a un sector civil mayoritario hoy día, el chavismo, y estigmatizan al militar.

Despectivamente emplean el término soldado como si éste fuera un desecho. Sin negar la importancia que en la lucha por la independencia tuvieron los civiles, es absurdo devaluar a los líderes militares de esa epopeya, comenzando por Bolívar, Sucre y tantos otros, y al pueblo raso, a las montoneras -ahora satanizadas- que los acompañaron. Sin civiles no hubiese habido independencia, tampoco sin soldados y milicias.

Pero quienes denostan de los militares son los mismos que a través de la historia se colgaron a sus uniformes para convalidar las perversiones del verdadero militarismo, y también los que durante la Cuarta República apuntalaron las deformaciones que en la oficialidad provocó tanto la "doctrina de seguridad nacional" como las enseñanzas de la Escuela de las Américas.

La Fuerza Armada de las masacres de Cantaura y el Caracazo -entre otras-; de los Teatros de Operaciones involucrados en torturas, desapariciones y violación al debido proceso; del asalto con tanques a la Universidad Central y el secuestro del Jardín Botánico; de los siniestros cancerberos del Cuartel San Carlos y el Campo de Concentración de Isla Tacarigua, constituyen una abyecta realidad que contrasta con la actual institución militar.

Esa concepción -esa sí, genuinamente, militarista-, envuelta en los pliegues de un falso civilismo y la retórica del apoliticismo, condensó una política antipopular a la cual se le rinde culto al compararla, aviesamente, con la nueva, la bolivariana, donde civiles y militares son una misma cosa.

Y algo más: los que dicen que el país no se construye con soldados son los que en Plaza Altamira exaltaron a los militares golpistas y jugaron papel decisivo en el golpe del 11A y el sabotaje de la industria petrolera. Incluyendo a los curas que ahora dictan cátedra de civilidad. ¿O acaso no posee un fuerte simbolismo el hecho de que el propio cardenal Velasco firmara la oprobiosa acta de Carmona y apoyara con su presencia la juramentación del usurpador, al igual que hizo monseñor Baltazar Porras en los lugares donde se tramó y ejecutó la asonada? En síntesis: la hipocresía como coartada.



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José Vicente Rangel

Periodista, escritor, defensor de los derechos humanos

 jvrangelv@yahoo.es      @EspejoJVHOY

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