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**** La denuncia ante la ONU de la nueva agresión estadounidense a Venezuela muestra un cambio del gobierno hacia la racionalización de su política.




Para un observador escéptico resulta obvio el mantenimiento de la hostilidad de la Casa Blanca hacia el gobierno venezolano. Su reciente decisión de colocar a Venezuela en la lista de países que incumplen los acuerdos internacionales en materia de tráfico humano lo demuestra. Es un acto unilateral que viola elementales normas del derecho internacional al asumir competencias propias de la ONU. Empero hay que admitir, como lo declaró recientemente Koffi Annan, Secretario General de la organización mundial, que EE UU es hoy un “Estado delincuente”. Y, por supuesto, todos los actores políticos agavillados con su gobierno -estatales, transnacionales, corporativos, etc.- son por lo menos cómplices o encubridores de sus actos que configuran fechorías. Sin embargo, hay que convenir que en el mundo de lo real, en el mejor estilo de la selva, es la fuerza la que define la naturaleza de las relaciones. Pero también se debe aceptar: uno, que la estructura resultante es metaestable (imposible de prever su evolución); dos, que junto al desarrollo de la corteza cerebral humana, con el imperio de la razón, ha ocurrido él de la civilización generadora de la tendencia hacia un orden estable. Hechos que marcan una dialéctica barbarie / civilización, donde la síntesis parece inclinarse a favor de la última, a pesar de los signos contrarios de la coyuntura.
En ese sentido parece que la conducta de Miraflores se inclina hacia la tendencia civilizatoria. Ante este nuevo gesto no se ha dado la respuesta impulsiva de contestarle a la agresión primitiva con la defensa instintiva. La denuncia de este caso por nuestra delegación en la ONU ante la comunidad de naciones, es indicadora de un cambio político favorecedor de la racionalidad. Señala la inclinación a modificar la idea de trabajar en función de la multipolaridad, con el mecanismo de balance del poder sustentado en la fuerza, como forma de coexistencia, por la lógica de la multilateralidad apoyada en la norma consentida. Privilegia claramente las instituciones de orden por sobre la cruda realidad de la fuerza. De haberse asumido esta conducta desde el inicio de la controversia, Venezuela hoy tendría un caso – como lo tuvo Nicaragua - para presentarlo frente a la Corte de la Haya, con buenas oportunidades para obtener una sentencia favorable. Un resultado que hubiese criminalizado la conducta de la Casa Blanca y, junto con ello, la de sus aliados internos. Indudablemente, la continuación de esta tendencia, junto con el fortalecimiento de la institucionalidad en el ámbito domestico – ambas caras de la misma moneda – contribuirían de manera decisiva a la estabilidad de nuestro sistema político. Por ello, este acontecimiento es un hecho alentador. Muestra que se está aprendiendo a utilizar la corteza cerebral en lugar del “cerebro del saurio” que desgraciadamente sigue teniendo un espacio en la definición del comportamiento humano. Se estaría resolviendo así la antinomia barbarie / civilización.


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Alberto Müller Rojas


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