¡Viva febrero!

Vestido de bicentenario y con los cantos de la revolución liberadora como melodía de fondo, febrero se fue apareciendo poco a poco, silencioso, cargado de recuerdos que nos invitan a mirar el rostro hermoso de lo que soñamos. Con sus primeros relámpagos, febrero nos alumbra la idea para recordarnos que la marcha no debe detenerse y que a cada zancada que demos debe ser para afincarnos con más fuerzas, con más coraje para irrumpir en los escenarios que aún nos faltan por recorrer.

Todavía falta recorrido, pero lo que jamás debemos hacer es volvernos al pasado, ese tiempo funesto que doblegó la voluntad de nuestro pueblo, que sin tiempo y sin esperanza se hundió en lo más profundo de las desesperanzas. Pero un día de 1992, con el alba y el rocío que impregnaba valentía y coraje, febrero amaneció rebelde, con la fuerza de los huracanes para derribar las falsas estructuras de una democracia que se maquillaba de mil colores para esconder sus arrugas internas.

Así era la democracia que se vivía en Venezuela antes que apareciera aquel febrero de 1992. Allí no había meses, sino el tiempo eterno del hambre y la miseria que galopaba por el horizonte infinito del puntofijismo. También había una clase política asquerosa que saqueaba y asaltaba a este país. Eran los tiempos de la guanábana podrida, donde los gusanos cuarto-republicanos se alternaban en el saqueo. También eran los tiempos de los Lusinchi, los Carlos Andrés, los Canache Mata, del Sierra Nevada y la parlamatraca. Eran los tiempos de la verdadera corrupción, donde los símbolos eran los presidentes de la República, Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi y de allí hacia abajo era el albañal.

Después de haber vivido las crisis de los sesenta, de los setenta y los ochenta, en Venezuela comenzó a soplar el viento y febrero de 1989 vino con fuerza dispuesto a estremecer la mata para que cayera la guanábana podrida, pero no cayó, porque hasta el jardinero prometió cambiar. Nada cambio, todo siguió igual. Entonces los vientos se dispersaron y se retiraron y el país poco a poco se fue hundiendo, muriendo en manos de sus sepultureros.

Pequeños remolinos se fueron juntando por los caminos de la patria. En los llanos, en las montañas y a orillas del mar, los vientos se fueron estructurando en ideas, en propuestas, en proyectos y en revolución. Y así, un cuatro de febrero de 1992 se golpeó para siempre a las puertas del puntofijismo. Algunos se aferraron, pero otros huyeron como los verdaderos cobardes. Al final, el proyecto puntofijista no era sostenible en el tiempo y ya para 1998 estaba aniquilado.

Ahora, en una especie de neopuntofijismo, algunos sobrevivientes de ese nefasto proyecto se declaran “salvadores de la patria” y preparan su arsenal de violencia para atentar contra las instituciones del Estado. Es una violencia asesina que utiliza como carne de cañón a los pobres estudiantes.

Llegó febrero para que no tengamos miedo y sacar todas las fuerzas para defender el proyecto revolucionario. ¡Viva febrero! ¡Viva la revolución bolivariana!

(*) Politólogo

eduardojm51@yahoo.es


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Eduardo Marapacuto (*)


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