Especial para Soberanía

¿Es Chávez neoliberal?

En una reciente entrevista publicada en “Ultimas Noticias” y reproducida en estas páginas virtuales, afirmé que el Presidente Chávez adelantaba una política de derecha que seguía los lineamientos del “Consenso de Washington”. No sostuve que fuese neoliberal. Una cosa es ser conservador y otra es seguir la corriente que impulsa el libre comercio a escala global. La una propugna un comportamiento tendente a mantener el status quo. La otra impulsa un cambio dentro de una concepción darwiniana de la vida. Aun cuando se puedan considerar los efectos semejantes, por producir exclusiones, la naturaleza de estas es diferente. La exclusión originada por la aplicación de la competencia “salvaje”, impulsada por el neoliberalismo, se ubica en los débiles – los menos capacitados – sin importar raza, credo u orientación política. La lanzada por los conservadores, arropados en sus banderas nacionales, básicamente busca la hegemonía internacional, supraregional o estatal, sobre fundamentalismos basados en consideraciones raciales, religiosas o ideológicas. Ambas, por supuesto, contrarias al pensamiento humanista, esencialmente cosmopolita, pero respetuoso de la diversidad expresada en la concepción del Estado republicano y, en el multilateralismo a escala internacional.

Un Estado, que dentro de una tradición cultural, integra a una población diversa por la vía de la aceptación voluntaria de un contrato constitucional, y que regula sus relaciones con otros pueblos mediante normas adoptadas consensualmente en foros internacionales. Por supuesto, al dominio de estas dos tendencias irracionales – el conservadurismo y el neoliberalismo - se le tiene que atribuir el estado de inseguridad presente en la humanidad en su conjunto, que nos ha colocado en esa guerra de todos contra todos que actualmente se libra a escala planetaria. Una guerra, que aun cuando no la hemos experimentado en su forma cruenta, estamos sufriéndola por la polarización extrema de nuestra vida política.

Ciertamente el “Consenso de Washington”, aun cuando con la participación del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), dos foros internacionales, no fue el producto exclusivo de estas instituciones. En su creación participaron académicos y expertos de todo el hemisferio, quienes tal vez tuvieron un peso más significativo en la formulación de la política correspondiente. Aun cuando no se puede excluir de responsabilidades a estas organizaciones supranacionales, pero sí atenuársela. Estos foros mundiales tienen imperfecciones notorias, como las tienen los foros políticos nacionales, por cuanto ellos reflejan el poder de los asociados. Normalmente los sistemas de votación son amañados, rompiendo el principio de igualdad entre los electores, en estos casos los representantes de los gobiernos de los pueblos. De allí que la posición del FMI y el BM haya venido inclinándose hacia las posiciones conservadoras mantenidas por el Grupo de los 7 (G7) que lideriza los pueblos que constituyen la aristocracia mundial y no la de los actores económicos transnacionales que propugnan por el libre comercio. Y sí a eso se le suma el carácter conservador de “los expertos y académicos” que participaron en el debate, los resultados no podían ser sino de carácter reaccionario. No son neoliberales, aun cuando favorezcan parcialmente a los empresarios de esta tendencia.

Coloqué la cuestión de la deuda pública como un tema emblemático para demostrar la orientación conservadora del gobierno de Chávez. Me hubiese podido ubicar en otros terrenos como el político o el social para el mismo fin. Pero preferí mantenerme en el económico que dominó los términos del consenso. Un aquiescencia que se convirtió en política hemisférica. Y, en ese campo escogí ese tema, cuando hubiese podido seleccionar, por ejemplo, él de los impuestos regresivos del IVA y el débito bancario, ó él de la apertura a las inversiones extranjeras. Este asunto de la deuda, y en especial la razón de su existencia, es un tema que ilustra la tendencia a mantener el orden jerarquizado del sistema internacional y él de las comunidades políticas organizadas, que afecta también las empresas transnacionales y sus accionistas y trabajadores. No es la cesación de pagos la política “revolucionaria” que impediría la concentración de la riqueza y el poder en las clases propietarias y lucrativas, hoy globalizadas en el marco de la nueva estructura imperial conservadora. Ella nos aislaría del entorno internacional.

La conducta a asumirse debe ser otra. Una que vaya a las raíces del problema: la desvalorización de la fuerza de trabajo. La explotación del trabajador ha sido el mecanismo que ha colocado estos sectores en el tope de las estructuras sociales. Y el mecanismo del endeudamiento ha sido, y es, uno de los instrumentos perversos utilizados para esta finalidad. Es lo que ocurre en las comunidades políticas y en las empresas que se endeudan. Quienes pagan no son los grandes propietarios y los “ejecutivos” públicos o privados, son los pequeños ahorristas y los trabajadores. Un cuadro que empobrece a estos, mientras mantiene, e incluso, incrementa el poder y la riqueza de aquellos. Un hecho perfectamente observable en nuestro país actualmente y a escala internacional. No es revolucionario sustituir una clase lucrativa por otra. Lo revolucionario es garantizar una calidad de vida mínima para todos, mediante un programa de seguridad social universal, al cual contribuyen todos de manera progresiva, incluyendo los inversionistas extranjeros.

Y en este campo concreto, lo revolucionario es romper el circulo vicioso del endeudamiento cuyo servicio representa hoy el 32% del presupuesto nacional (el triple de la inversión social). No cambiar el acreedor, como lo anunció el Jefe del Gobierno en su “Aló Presidente” del 4/4/04. No es colocar los papeles de la deuda, de carácter especulativo, en pequeños ahorristas, al fin y al cabo, en nuestro caso, miembros, aunque no privilegiados, de la clases y estamentos superiores. Esos bonos son inalcanzables para los sectores que forman parte de la “pobreza estructural” y de la llamada “nueva pobreza”. Estos últimos las víctimas principales de las políticas de endeudamiento originadas por la indisciplina presupuestaria – hoy llevada al extremo – que conduce al déficit fiscal. Un hecho que ha llevado a la desmonetarización de la economía nacional y a la colocación del dólar como moneda de referencia y, con ello, a su total desestabilización, con la vigencia de ese impuesto regresivo perverso que es la inflación. No se ha democratizado nada y se ha “desbolivarizado” la economía nacional, que es el “bolivarianismo” práctico, pues esta relacionado con la soberanía de la República. No se ha hecho nada, salvo quizás estimular la formación de una nueva casta privilegiada, en reemplazo de la caduca fracasada que destruyó la institucionalidad en la cual se fundamenta la República. Lo que se esta haciendo es un asistencialismo, parte de la receta del Consenso, para restablecer las prácticas del clientelismo que no hace ciudadanos sino súbditos. Ese endeudamiento sostenido hace más ricos a los pocos acreedores y más pobres a los trabajadores y a los excluidos que son mayoría. Y finalmente fortalece a la banca internacionalizada, que intermedia los negocios de esos bonos, haciendo cada vez más dependiente al país del sistema financiero mundial, que al fin y al cabo responde a los intereses geopolíticos de los estados que conforman la aristocracia internacional y controlan los foros mundiales.

La verdadera política contestataria no es la que responde a “la enfermedad infantil del izquierdismo”, es la que serenamente, con una estrategia de largo aliento, ataca el problema. Una política que enfrente simultáneamente la resistencia al cambio de los sectores privilegiados tradicionales domésticos y las acciones de una aristocracia de Estados, que en el marco de una multipolaridad – movimiento hacia el cual se orienta nuestro gobierno explícitamente – pretende mantener y profundizar el orden mundial extremadamente jerarquizado, productor de toda suerte de inequidades. La búsqueda de la estabilidad económica, como lo hace hoy “la vieja Europa” y lo sabía el Dr. Román Cárdenas, el reformador de la hacienda pública en la época de Gómez, por la eliminación, ó una reducción sensible, del déficit fiscal, es el comportamiento que nos ayudaría a liberarnos del condicionamiento que nos imponen los intereses geopolíticos de las grandes potencias en demanda de nuestra autonomía política y estratégica. Se consolidaría el bolívar y se reduciría el cáncer de la inflación. Eso conjuntamente con un trabajo político y diplomático para mejorar la efectividad de los foros internacionales, en este caso el FMI y el BM, que son los únicos espacios disponibles para la negociación política explícita para resolver nuestras diferencias con el mundo desarrollado. El otro es involucrarnos en la “guerra al terrorismo”. En lo primero están trabajando ardorosamente la Unión Europea, Rusia y China. Y, concretamente en ese doble aspecto de la política con respecto a la cuestión de la deuda, lo hace el gobierno progresista de Brasil. Y así lo declaró su Ministro de Hacienda Antonio Palocci refiriéndose a la Declaración de Copacabana, para diferenciarse de la política del régimen argentino de Néstor Kirchner sobre la materia. Recordó que en esa declaración el punto importante es “el compromiso con el equilibrio fiscal”, añadiendo, “el FMI ayudó a Argentina y a Brasil a vencer sus dificultades y comenzar a crecer”, para finalizar diciendo “nosotros mismos somos miembros del Fondo”, para indicar que la conducta de este foro depende de la acción de sus miembros. Algo que ya demostró el gobierno de Brasil con su actuación en el marco de la Organización Mundial de Comercio (OMC), en donde con una hábil diplomacia logró desmontar la estrategia imperialista del ALCA. La política, como toda actividad humana, se mide por la efectividad, no por el efectismo. Este cuadro nos presenta un Chávez conservador, no uno neoliberal.

escruz@telcel.net.ve


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Alberto Müller Rojas


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