Se va, se va y, se fue con las utilidades del poder

Manuel Rosales: un ejemplo de deshonestidad que da grima

¿Manuel, Manuel, dónde está Manuel? El más grande pensador e insigne político zuliano del siglo XX, quien será recordado ad infinítum, en los anales de la Historia Universal, por habernos dejado una extensa obra filosófica humana que, nos transforma  en alumnos de capítulos burlescos, dentro del panorama nacional, bien difícil de tratar y analizar, en el escenario idealista sin comparación alguna de personaje que se recuerde.

Su compendio de enredos y de frases traslúcidas en la tertulia racional ha servido para atraer y descomponer aforismos verticalmente intrincados de nudos agoreros, ensartados de nutritivas palabras metafóricas, cargadas de alófonos dentro del fonema maracucho que dilata la agonía del bien hablar. Ese es Manuel Rosales, nuestro héroe ejemplar, pilar fundamental del proceso de gobierno corruptivo del Zulia, nunca jamás tan representativo en sus años de mandato y dirección en la acumulación de capitales, emanado del erario público, para engordar vacas enclenques, sumar propiedades costosas y hacer regalos suntuosos a granel, para recrear vagos y sinvergüenzas, huérfanos de todo recato moral, como políticos oposicionistas, que han vivido del confort del zuliano, nada comparado con otros que se recuerde en toda la historia política de Venezuela, de estados centralizados o, no. Motivo más que suficiente, para ser enjuiciado sin contemplación por las leyes que resguardan, el patrimonio nacional de la corrupción que enflaquece la cosa pública.

Perdí un compadre sin tenerlo. Cuando acudí en su auxilio sacramental, para que me bautizara a mi hija, Perjurio Inés Malamaña, no tuve tiempo de alcanzar el honor de su amistad y consideración en esta carraplana que me acosa y, gané un compadre ausente del alma que, oculto en la desidia de su egoísmo patronal de san Benito, me defraudó sin compensación de compadrazgo mental, aunque, no me quejo de mi mala suerte de cazador de personalidades políticas, lo mismo me pasó con Carlos Ortega, se me fue con la soga al cuello hasta el sol de hoy.

A Manuel Rosales, siempre lo consideré como el relámpago del Catatumbo, por su verbo vibrante, iluminado de reflejos artísticos, frontal desmedido, guasón inoportuno, filántropo mayamero, mentiroso engreído, patán ingenuo. Pero, jamás, un cobardón de pacotilla, un soplador de botellas vacías que, a las primeras de cambios después de, lanzar tantos entuertos y con la piñata entre las piernas al tumbarla a palo limpio, nos deja con los moños hechos, sin decirnos ni siquiera adiós y, se esfuma como un insípido  vagabundo corre camino.

Defenderlo, más no se puede de lo que se le ha defendido, con la carabina al hombre en sobremarcha quedamos como unos imbéciles, resteados hasta los tequeteques de la inocencia, hasta que no se declare lo contrario que es la ley natural de toda persona y, en eso se andaba con ese sujeto, pero, más pudo el diablo con sus travesuras de miedo que demostrar su honestidad.

¿Y, ahora quién podrá defenderme?, si lo que queda por oposición son iguales o peores que nuestro líder Manuel Rosales.

El cardenal Urosa, ya dio la cara y, no pasó nada, nadie le cree, a ese legítimo pecador por antonomasia de mentiras residuales y, mal agüero, de la iglesia católica como peregrino de la fantasía sacerdotal de rebuzno mañoso.

Mientras, Manuel con su ausencia silenciosa, dejó el avispero de la corrupción zuliana al desamparo y, la candela de las artimañas ardiendo para que las pavesas de sus llamas: vayan de un lado a otro, buscando la justicia que hace rato se esfumó también, de este País al igual que los jueces del Poder Judicial que la imponen.

estebanrr2008@hotmail.com


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Esteban Rojas


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