Soldados e institucionalidad

Observando los últimos acontecimientos venezolanos y, después de leer el magnifico libro del historiador inglés Richard J. Evans, “THE COMING OF THIRD REICH” (London, Penguin Books, 2004), no me alberga ninguna duda sobre el carácter fascista de las acciones violentas estimuladas por la llamada Coordinadora Democrática (CD). Es incuestionable el uso de la fuerza para el acceso al poder por parte de Hitler, Musolini y Franco, de quien por cierto es legítimo heredero el gobierno actual español. Pero no es esta variable (la violencia), de hecho en muchos casos una alternativa válida, la que define el fascismo. Es su colocación como un valor ético mediante lo que se ha llamado “el culto a la violencia”. Y nadie puede negar que tanto los líderes de la CD, como los medios de comunicación masiva privados, han hecho de esta devoción un valor que pretende convertir la barbarie en una conducta cívica. De hecho, en estas circunstancias la violencia es el mensaje, no sólo de estos partidos y grupos de interés, sino de la cúpula católica que estuvo, y esta asociada en el caso de España, con este comportamiento que avergüenza la tradición humanista de la civilización occidental.

En este caso, los sectores genuinamente democráticos – aquellos a quienes se nos ha llamado “ninies” - se encuentran aislados. Secuestrados por quienes se han adueñado de los espacios públicos. Y, paradójicamente, por ser los depositarios de la fuerza del Estado, los soldados de la República, resisten la tentación de utilizar sus capacidades para responderle a la violencia desatada con la fuerza. Han entendido que el mejor triunfo bélico es aquel que se obtiene sin pelear, limitando su acción a mantener el control de los puntos clave del país, cuyo dominio garantiza la continuidad de la vida de la nación. Dejan que estos bárbaros se desgasten en sus “guarimbas”, a la par de contener por la disuasión las respuestas agresivas de quienes apoyan al poder nacional que cuenta, por lo menos, con la legitimidad de origen. En verdad, en pocas oportunidades me he sentido tan orgulloso de ser un soldado venezolano. Otra notable fue, cuando de una manera irreprochable, estratégica y técnicamente, se realizó en 1987 la movilización que disuadió la acción militar colombiana, al servicio de los intereses imperiales, sobre el Golfo de Venezuela. En ambos casos nuestros soldados estaban concientes que su responsabilidad fundamental se centraba en la supervivencia del Estado, dependiente de su integridad territorial y de la unidad nacional. Y en este momento, nadie que no sea un fanático, puede acusar a la corporación castrense de ser una fuerza pretoriana del gobierno. Se esta preservando la paz, al no convertir la Fuerza Armada en factor beligerante, a la par que se contribuye a la reorganización del sistema político deteriorado, al reforzar su propia institucionalidad.

Obviamente, esta actitud es un apoyo al gobierno como parte substantiva del Estado. Un hecho que no sólo es un deber institucional del soldado, sino que constituye un imperativo ciudadano. De hecho no es posible la vida cívica sin la existencia de un gobierno. Y evidentemente, él que tenemos es la expresión de la voluntad de la mayoría de los venezolanos. Por lo que, consecuencialmente, su sustitución es éticamente aceptable únicamente si se revierte esa voluntad. Algo perfectamente posible mediante la acción política. El efecto de agregar las voluntades en torno a preferencias compartidas e integrar coaliciones mediante el logro de consensos, dentro de un marco electoral. Pero esa es una situación que hasta ahora no se ha manifestado, pues el recurso del referéndum revocatorio ha sido desnaturalizado. Él no ha respondido a un debate político, sino que ha sido el resultado de un compromiso cupular, con intervención foránea, entre dos fuerzas que han usado el poder, y no la razón, para colocar al país al borde la guerra civil e, incluso del conflicto internacional. Aun cuando tiene que considerarse, que aun con su ilegitimidad de origen, ese instrumento esta en marcha; reivindicando el sufragio; y, abriendo espacios para reorganizar el sistema político, a través de la acción eficaz del Poder Electoral. Se podría afirmar que ante este cuadro el mantenimiento de la actitud institucional de la Fuerza Armada, el rechazo a la cultura de la violencia del movimiento fascista y, la eficacia del Consejo Nacional Electoral, conjuntamente con la actitud cívica de la mayoría de los venezolanos, que incluye el respeto al gobierno legalmente establecido, serán las variables que mantendrán la vigencia del Estado. Y con ello, la garantía de la paz que es condición indispensable para el desarrollo humano de los venezolanos


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Gral. Div. Alberto Müller Rojas


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