Harina y Queso (¡Toquen el Piquirico)

“Lo malo de ser pobre,
es que te ocupa todo
el tiempo…”

(Anónimo)

…vainas que pasan (rejas de concreto)

El frío se cuela entre los dedos. No hay forma de ganarle al clima en este barrio y bañarse a las cinco de la mañana es más una obligación disciplinada que una cuestión natural; es una apuesta diaria que fortalece los anticuerpos. Pedro lo sabe por alguna razón interna o por la vergüenza de no llegar hediondo a catre y colchón viejo.

Pasa de los dedos a la raíz de tres muelas y le alborotan el dolor de las caries que no aguantan el buche de agua fría. Exprimió el tubo de pasta con el mango del cepillo dental y apenas pudo sacar para una última limpieza que solo alcanza para perfumar el aliento. Vano intento, cuando las caries han carcomido las tres muelas hasta los corrillos de la encía; advierte que tendrá que calarse una cola en el ambulatorio para sacarse el dolor de cuajo y sabe que esa advertencia la hace todos los días, cuando el frío le recuerda a punta de pinchazos que eso tendrá que hacerlo pronto.

El frío hace estragos en la piel, a medida que el agua corre del cuello a la espalda y de la espalda a las nalgas y de las nalgas a los pies. La piel se eriza y la raíz de los pelos se convierte en sensible sensación que traduce el viento a través de los bloques de ventilación. Se frota con jabón azul rápidamente para combatir los malos presagios y le mienta la madre a su pobreza por millonésima vez. Ni una canción recuerda para pasar este frío y solo le llega desde el radiecito de la cocina un pajarillo del Carrao de Palmarito que repiten todos los días y aún no se ha aprendido. Josefina debe estar preparando el café y una arepa con queso, la misma de ayer, la misma de todos los días, la misma desde que estaba en los llanos. Se lo dice esa canción que repiten todos los días.

Pasa al cuarto con la toalla terciada en la cintura. No necesita ver si Josefina está en el fogón; sabe que está allí preparando lo de siempre. A él le toca traer los reales al rancho, mientras Josefina hace lo de siempre. El cuarto aún guarda el calor incrustado en las sábanas y le da un respiro de su enemigo diario. Escucha el roce en el piso de las chancletas de Josefina, un plato que se cae y un refunfuño que lamenta otras cosas; el plato en el piso es la excusa para lamentar esas otras cosas que no existen y que solo pueden estar en una novela de las nueve. Pedro lo intuye, pero la pobreza es una condición conocida y nunca una casualidad que llegó en un juego de barajas.

El silencio es esencial cuando se agotan las palabras de amor y la costumbre se nutre de la rutina. Sentarse en el guacal, tomarse el mismo café de todos los días y morder el mismo trozo de arepa con el mismo queso de siempre, rodeado de la misma cocina, las mismas paredes sin pintar con trozos de cemento sobrando en las hendiduras y un bombillo de cuarenta guindando como un ahorcado, no es precisamente un ambiente que provoque un buenos días o un beso con olor a madrugada. Josefina redondea otra arepa para colocarla en el budare; tampoco se hace ilusiones al respecto y le preocupa que van a ser las seis y Pedrito debe levantarse para ir a la escuela. De espaldas a su marido, repite la misma frase diaria.

- Se acabó la harina… ¿Vas a dejar pa’ comprarla?... El queso también se está acabando…

Pedro, responde igual que ayer y ambos no recuerdan que repiten las frases para despedirse.

- Está jodía la vaina, solo me queda pa’l metro… Esta noche veo que traigo.

Pedro piensa a quien pedirle prestado para la harina y el queso. El sobre lo entregan mañana y la caja está llena de vales firmados que le bajarán el sueldo a su mínima expresión. Ya ni saca cuentas ¿Para qué? El lunes volverá a pedir un vale y no se va a salvar que lo haga el martes, miércoles, jueves y el viernes para rematar. No sabe como hace José, su amigo, su compadre, su hermano, su carnal de peas y viajecitos al burdel de Carmelina. Bueno, sí sabe, pero a veces es mejor no saber mucho. José no es ningún santo. Echa sus trabajitos raros por allí y siempre tiene algo en el bolsillo. Hay viernes que Pedro no necesita ir a la caja, porque José le presta una vainita para el fin de semana. Casi nunca le cobra. “Pa’l ahijao”, le dice José, cuando Pedro revisa el magro sueldo para pagarle las deudas y por una vez en mucho tiempo ganarle a la dignidad.

Baja las escaleras y el olor a orine aún sigue asaltando su olfato. No quiere olvidar aquellos olores que dejó en los llanos y no termina de acostumbrarse a esta suerte de mierda con orine que rueda cerro abajo al lado de la escalera. Puede ignorarlo, puede bajar todos los días y soportarlo, pero jamás acostumbrarse. El día que deje de sentir la miseria, sabrá que llegó el tiempo de entregarse a ese Dios que trae el cura Pascual todos los domingos y que no acaba de convencerlo. “Dios no puede ser tan jodedor…” – Piensa y regatea Pedro con un Don Juan del Dinero que le regaló la puta Carmelina en una de sus visitas. Josefina, sin saber su procedencia, le prende una velita cuando se puede y lo llena de papelitos de lotería, comprados cuando le queda algo en el monedero o cuando Pedro se duerme y le saca doscientos bolos del bolsillo.

José lo está esperando en la entrada del Metro en Palo Verde. Como hormigas, bajan de José Félix, sonámbulos, miles de transeúntes. Caras serias, caras recién lavadas, otros con el pelo graso y apuntando con el índice una lagaña. Caras pintadas, caras feas, caras bonitas, caras serias, sin sonrisas, apurando, ganando espacio para ver quien entra primero. Olores, muchos olores, pachulí, jabón Palmolive, champú de hierbas o el penetrante ácido de quien se hace el pendejo porque sabe que no se bañó. Pedro y José, apenas un saludo, se integran a la maraña que se mueve, se agita, camina, sonidos de pasos y cornetas de carros; un pregonero agita un diario que nadie compra y otro vende agua de café con azúcar para los que salieron apurados. Pedro y José, apenas un roce obligado por la multitud, entran al vagón.

- ¿Pensó la vaina que le dije ayer, compadre?

Pedro no contesta. José es muy confiado y no entiende que hay mucha gente apretada en el Metro y cualquiera puede ser un sapo o un tombo, que es peor. En medio de todas esas caras serias, hay quienes tienen el oficio de escuchar. Pedro voltea hacia otro lado como si la vaina no es con él. José lo conoce y guarda silencio, pero no evita soltar una risita que rebota en las ventanas del vagón y otros lo ven sin entender porque a esa hora a un pendejo se le ocurre reír. Pedro menea la cabeza en señal de desagrado y José baja la cabeza, aguantando otra risa desvergonzada.

Una voz monótona les anuncia la estación de La Hoyada. Pedro sale del vagón seguido por José y apura el paso para entrar primero en la escalera mecánica. José le sigue, aún con la sonrisa colgada de sus labios. Salen a la plaza que está en frente del Nuevo Circo. Tres policías metropolitanos conversan al lado de un buhonero; no hay que ser adivino para saber que lo están martillando. Pedro agarra a José por el brazo.

- ¿Qué coño le pasa a usté, compadre? Un día de estos lo van a jodé por bocón…

José se aparta, se ríe, lo abraza.

- ¡Tranquilo, compadre! No se me encocore… La vida en ese cerro lo tiene medio amargao o ¿es que la comadre lo tiene a dieta? Tranquilo, viejo, tranquilo…

José prende un cigarrillo, le ofrece uno a Pedro a pesar de saber que no fuma. Se ríe otra vez y le soba la cabeza, le brinda un café y lo lleva hacia unos bancos redondos, negros de la mugre que botan los autobuses. Un indigente recoge los cartones que le sirvieron de cama y se aleja con la rabia pintada en el rostro. El banco es su dominio, pero los policías están cerca y llevaría las de perder si reclama lo que cree es su propiedad. Pedro está alerta, mientras José ignora las mariqueras del indigente. Aspira el cigarrillo y se queda pensativo. Pedro sabe que el tiempo pasa y la fábrica de ropa va a abrir las puertas; no quiere perder el trabajito que compra la harina y el queso que lleva a casa. Ambos trabajan en la fábrica con el maracucho más hijo de puta que han conocido. Les descuentan hasta los segundos y ni bola les para cuando tratan de recuperarlos al mediodía.

José tira la colilla al piso.

- ¿Sé acuerda de Avelino, compadre? ¿Aquél coño que conocimos ‘onde la Carmelina?

Pedro se incomoda, Avelino no es pieza buena. Tiene un prontuario más largo que la recta de los esteros. No le gusta el tipo. El hombre es malo por gusto y lo ha visto disfrutar de sus maldades en el burdel de Carmelina. Tenía una culebra pendiente con el Avelino y José sabía que él evitaba ir cuando le decían que estaba en el burdel. Una vez lo encontró poniéndole el cañón de una 38 en la boca a una de las putas, mientras la violaba en el baño. Pedro no se aguantó. Le arrancó la pistola a punta de coñazos y lo sacó a patadas del burdel. Desde ese día, Avelino le contó a todo el cerro que Pedro estaba muerto. Pero, José lo amansó con tres botellas de Cacique y la vaina quedó latente. Pedro evitando y el Avelino rumiando.

- Ahora si es verdad que se le tostó la torre, compadre… ¿Qué carajo tengo yo que vé con el malandro ese?... Déjese de vainas… Usté debería dejá esa mala compañía…

José tiene la risa fácil y la despreocupación por norma. Sacó otro cigarrillo y se dejó envolver por el humo.

- ¿No se acuerda cuando nos metíanos llano adentro a buscá las vacas que se perdían, compadre? ¿No se acuerda que me la pasaba arrecho?... Mi arrechera no era porque estábanos buscando las reses, sino porque no eran de nosotros… ¿Cómo se llamaba aquél viejo cabrón dueño de las tierras? ¿Don Facundo era la vaina? ¡Sí! Don Facundo… Cuando nos vinimos pa’ Caracas, yo vine con la ilusión de hacé unos realitos pa’ comprame unas tierras cerca de Don Facundo y meale la cara de güevón que ponía cuando nos estaba robando… ¡Dos vacas, compadre! Solo dos vacas he tenío en mi vida… Y jué ese coño e’ madre él que me las robó…

La amargura rodó por la cara de José. Pedro sabía de sus rabias en el llano, pero nunca los motivos. Presentía vainas malas detrás de esa amargura.

- Está bien, compadre, está bien. Pero, sigo sin entendé que hace Avelino en este peo ¿Lo va a poné a criá sus becerros?

Pedro sabía que estaba pasando. La necesidad tiene cara de perro, pero es el deseo de venganza el que más jode al hombre. Es muy jodido lidiar con la justicia y no gozar de las sentencias. Don Facundo, terrateniente y amigo del gobernador en Apure, le había robado tierras a medio mundo y no había campesino que no lo tuviera entre ceja y ceja o en la cacha del machete. Por eso se vinieron a Caracas y aceptaron cuatro reales por sus conucos. Él lo había olvidado hasta esa mañana fría, cuando tenía a José en frente preñado de arrechera.

La hora los obligó a encaminarse a la fábrica de ropa. Pedro a su balde, la escoba y el coleto. José a sus bolsas negras, recogiendo los retazos de tela que el maracucho vendía. De alguna manera, el frío de Pedro pasó por bola y nunca antes había sentido tanta nostalgia por la bruma que cubría los esteros, por el olor de los potreros y la leche recién ordeñada que le arrebató el terrateniente.



…cuando el gallo canta y espanta (en el llano se oyen desde lejos)

Es domingo y las chancletas de Josefina se pasean por la cocina. Ayer, Pedro trajo nuevamente harina y queso. Pedro no supone, sabe que Josefina está haciendo las mismas arepas de siempre. La flojera se instala en su cuerpo y le amarra a la cama. Pero hay que pararse para sellar el cuadrito de caballos que, si Dios quiere, lo sacará de ese barrio de mierda. El frío de los domingos es más condescendiente y el agua es acariciada por el sol después de las ocho de la mañana. Es el único día en que Pedro no le mienta la madre a la pobreza.

José no fue el viernes a trabajar y el maracucho estuvo ladillándolo todo el día con eso del “paisano” que era un flojo y otras impertinencias que se caló para no perder el trabajito. La cajera le dio el sobre de José al final de la tarde y Pedro, al llegar a casa, le acentuó a Jacinta que ni se le ocurriera coger medio de esa vaina. Josefina se sorprendió, porque no sabía que Pedro estaba en cuenta de los asaltos nocturnos a su bolsillo.

El sábado, Pedro se había echado los palitos en el burdel de Carmelina. Pero no vio a José por esos predios. Tampoco lo vio en la licorería del portugués ni en la casa de Andreína, su mujer. Le extrañó, pero conocía a José y sabía de sus escapadas más arriba del cerro, a casa de una negra que estaba más buena que el carajo, pero era más puta que una gallina.

Pedro se emperifolló bajo la mirada atenta de Josefina. Se le alebrestaron las ganas a la Josefina y Pedro le pidió las guardara para la noche, cuando el carajito estuviera durmiendo. El domingo prometía vainas que no sucedían a menudo y Josefina se quitó las chancletas para rescatar tiempos mejores en el baño.

Pedro salió del rancho para enfrentar el olor que le recordaba no perder la esperanza y bajaba dando saltitos pensando en la guerra que tendría esa noche con Josefina. Los años no habían pasado en vano, pero Josefina superaba con creces las varices que se hicieron presente con la edad. Todavía estaba buena su mujer y Carmelina pasó más de una arrechera en el burdel por no llevarlo a la cama.

Podemos ser pacientes con esas pequeñas desgracias cotidianas. Incluso, podríamos acostumbrarnos a ellas. Sabemos que están presentes y les vamos inventando soluciones. Pero, cuando te golpea sin previo aviso, puede cambiarte la vida. El sellado estaba extrañamente concurrido y a Pedro le tembló el cuerpo cuando todos le vieron sin una sonrisa.

- Pedro, mataron a José…

Pedro no dijo nada. Recorrió en un segundo ese llano con el amigo de infancia. Los esteros inundados, el agua hasta la rodilla y el enjuto caballo arriando al ganado. Las babas cogiendo sol en los arenales a lo lejos. Los flamingos cubriendo de rojo los morichales y las garzas paletas despegando en vuelo adornando el cielo. A su lado José, siempre a su lado ¡Coño! Siempre a su lado, hasta cuando se vinieron a vivir a este barrio que ni pájaros tenía.

Le arrancó el periódico a uno que conocía de vista y corrió cerro arriba apretando la fuerza que llega cuando no se necesita. No paró de subir y tampoco contó los escalones, más de quinientos quizás, hasta que llegó al rancho. Se sentó en el piso de tierra y comenzó a llorar desconsoladamente. Josefina, desnuda aún, lo abrazó sin saber que pasaba. Un llanto ronco brotaba de su pecho y le ardía el alma de impotencia.

Llegó la noche y el bombillo de cuarenta alumbraba el periódico en la mesa. Pedro se había enterado de todo. Mataron a José y al Avelino en un atraco. Lo que temía ocurrió y se le apagó la sonrisa a José. Pedro no pudo hacer nada y eso dolía mucho más que la muerte rondando cerca. Se fue al cuarto, recogió cuatro vainas que no recuerda, le dio un beso a Josefina y sin decir para donde iba, se fue al terminal.



¡…Toquen el Piquirico!

Las uñas llenas de tierra, encuentra un saco enterrado y lo abre, adentro otro saco envuelto en plástico y en el plástico una escopeta. Pedro está indignado, le ronca el pecho de la arrechera. Don Facundo le debe dos, José muerto y sus tierras…


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Mario Silva García

Comunicador social. Ex-miembro y caricaturista de Aporrea.org. Revolucionó el periodismo de opinión y denuncia contra la derecha con la publicación de su columna "La Hojilla" en Aporrea a partir de 2004, para luego llevarla a mayores audiencias y con nuevo empuje, a través de VTV con "La Hojilla en TV".

 mariosilvagarcia1959@gmail.com      @LaHojillaenTV

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