(Soplar y hacer botellas)

Curiosidades Gaseosas y Universales

Hacemos a un lado el numeral de Avogadro. Tampoco hablaremos de las demás
características atómicas de los gases ni de sus ya superadas propiedades
químicas. La Física moderna dio cuenta de estas.

Usted se habrá preguntado por qué los mosquitos suelen penetrar nuestra
nariz con elevada frecuencia cada vez que estos insectos pululan en nuestra
cercanía.

Bueno, ocurre que cuando estamos periódicamente respirando vaciamos el tubo
nasal justo durante las fases de inhalación y exhalación; es entonces cuando
esos molestos animalitos, gracias por su liviandad comprobada son presa
fácil del efecto gravitacional y se ven atraídos involuntaria e
inevitablemente hacia el interior de nuestra faringe.

El aire circundante cuenta entre sus más arcanas aplicaciones industriales
la de servir para hacer botellas de vidrio con una facilidad que deja corta
la peladura de mandarinas. El artesano licua la sílice, toma con su azadón
una de sus abrillantadas y candentes gotas; hábilmente despliega parte de
estas para adelgazarla adecuadamente, y sopla y sopla. Las demás fases que
va cubriendo el vidrio, hasta convertirse en una desequilibrada y porfiada
botella, corren automáticamente a cargo del recalentado gas que luego de
besar la superficie desplegada termina inquieta y explosivamente atrapado en
esa concavidad que va formando gracias al pegamentoso contagio de calor
propio del infierno en que dantescamente ha caído. De manera que cuando
oigamos decir por allí: *Es más fácil que soplar y hacer botellas*, ya
recordaremos que se trata de una labor casi natural y donde el vidriero
tiene menos peso, más allá de calentar, sostener y soplar, porque ni
siquiera a este pertenece el aire insuflado que finalmente hace la
botella, según pasamos a detallar en el siguiente párrafo.

Ocurre que cuando soplamos nos limitamos a presionar direccionalmente una
parte del cascarón gaseoso que se halle en nuestra periferia inmediata; como
si lo perforáramos o prolongáramoslo en tubular y elástica metamorfosis. Y
esa presión va tocando de cerca y sucesivamente cada una de las capas
inmediatamente alineadas, a manera de invisible matrioshka, hasta que
finalmente la cobertura gaseosa del objeto hacia el cual hayamos dirigido el
soplido toca física y *personalmente* a dicho objeto, cosa, persona o
animal. En ese momento y fase creemos que lo hemos movido, calentado o
refrescado, según el caso.

Es así cómo el aire que estimula nuestros oídos no sale directamente de
ningún instrumento sonoro, ni el aire que roce o golpee los objetos de
nuestros entorno es el que emitimos cuando soplamos, habida cuenta que
este sólo empuja las capas sucesivas del entorno hasta llegar a la
superficie distal o parte externa del objeto al que aireemos sin que lo haga
individualmente nuestro aire expulsado.

Tampoco nuestros apreciados e infatigables pulmones dan cuenta per se de
nuestra oxigenación ni de nuestra desintoxicación gaseocarbónica. Ocurre que
justo cuando la partera o partero nos da la primera nalgada nos excitamos
tanto que comprimimos por reflejo estos encajonados y neumáticos órganos
recién hechecitos. A partir de entonces, y debido al carácter lisomuscular y
esponjoso de los lóbulos *respiratorios*, el vacío y ensanchamiento
provocado por la descompresión pulmonar (la de la musculatura alveolar)
cede inercialmente a su relleno con el corriente, *libertino* y disponible
aire que atrajimos con motivo de nuestro primer alarido. Todo lo demás
sigue ocurriendo en fases alternas de vacío-relleno hasta que morimos.

Algo semejante ocurre con el conocido y colorido bombeador de sangre. Sus
contracciones diastolicosistólicas pueden perfectamente explicarse por una
alternancia inercial de un órgano que en un primer momento contrajo
exógenamente sus paredes interiores y entonces dio pie para que los
diminutos y capilares vasitos de sangre penetraran en vasos cada vez más
grandes hasta su desembocadura en las grandes hoyas de nuestro amante y
amado corazón.

Ni qué decir de la útil descomposición alimentaria que se desarrolla en las
intimidades de nuestro aparato digestivo. No sólo desechamos la porción
sólida e indigerible de nuestros alimentos, sino también ese importante,
comprimido y potenciado volumen gasífero que dirige toda su fuerza hacia el
exterior y se lleva a su paso lo que vaya encontrando.

El peso del gas es otra curiosidad. Como forma parte intrínseca de las
referencias paramétricas de pesos y medidas convencionales, sólo comprimido,
o sea desprendiéndolo de su estado libre, puede ser objeto de alguna medida.
Es así cómo, por ejemplo, una paca dispersa de copos algodonosos, cargados
de gas, difícilmente permite su medición en una báscula que deje fuera de
sí parte de esa carga.

A todos nos llama la atención la facilidad y rapidez con que sale el humo
por las chimeneas, por esas torres huecas y cónicas que a manera de
*mechurrios* acompañan todavía a muchas empresas manufactureras que operan
con combustibles y refuerzan la polución por su elevado y contaminante
desprendimiento de gases tóxicos.

Bueno, esa rapidez y facilidad responden a que el aire que va saliendo
caliente de las calderas, por ejemplo, inicia forzosamente una carrera
gravitacionalmente ascendente y verticalmente recto. Como se halla dentro de
la chimenea, cuyas paredes interiores se recalientan acumulativamente se
refuerza la temperatura del gas albergado que termina azarosa,
reiterada y aceleradamente chocando contra dichas paredes, e impulsándose
con fuerza creciente hacia el exterior y extremo de la chimenea que nos
ocupa.

P.D.: Con la energía lumínica se dan curiosidades no menos importantes. Las
trabajaremos más adelante.

marmac@cantv.net


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Manuel C. Martínez M.


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