Costumbres caraqueñas

Sólo dos eventos congregan motorizados como moscas: cuando uno de ellos choca con un carro o cuando otro choca con la muerte. Para colisionar con la Pelona debe el motorizado, según la tradición, ir sin frenos, sin casco, sin placa y comiéndose la flecha y la luz perpetua. Nadie puede impedirlo porque nadie evita que un motorizado haga lo que le dé la gana. Todos a uno le caen de a montón los motorizados al automovilista, y a la muerte también. El entierro de un motorizado ocupa la autopista completa, de canal rápido a hombrillo y de trébol a viaducto. Delante va la pickup con altoparlantes más grandes que ella tocando Réquiem de changa, De Profundis de reguetón y la salsa de Los Entierros de mi Gente Pobre, de Ismael Rivera. Siguen el ritmo motorizados de honor pirueteando en una sola rueda, rifando que el difunto no se vaya solo camino del cielo que tiene tantos semáforos. Detrás ruge la tropa en formación compacta rodilla con rodilla, prendiendo y apagando luces y pitando bocinas de mil tonos. La comitiva para en todos los cruces donde el homenajeado le mentó la madre a una hummer o abolló parachoques antes de quedar abollado él. Los fiscales de tránsito huyen ante el entierro de un motorizado, y policía que no corre queda acostado y los automovilistas escaparían pero no pueden evadirse del calabozo del automóvil ni siquiera agotada la condena de la paciencia.

La tranca es de pronóstico reservado y en cada estación del viacrucis se descargan los hierros al aire o al que pase. Todo se acaba en la vida, pero lo que parece que nunca acaba es el entierro de un motorizado, porque cuando concluye uno ya empieza otro y su tumulto nos recuerda que en la dura autopista de la existencia el modo de vida se confunde con el modo de muerte.

Grafitos Alguna vez los aerosoles nebulosos pretendían cuajar en consignas concretas. En cierto momento renunciaron voluntariamente al gran error de decir. Después del enunciado qué me miras pendejo no ves que soy un letrero, no hay escritura posible. Desde entonces tenemos la invasión de los grafitos ininteligibles. Que levante la mano quien no se los haya quedado mirando tratando de descifrar formas que parecen letras disfrazadas de terremotos que parecen explosiones disfrazadas de gestos. Como el universo, parecen tener un sentido pero pudieran no tenerlo y como él, podrían haber tenido un propósito igual que nunca lo han tenido. En qué momento el vándalo prefirió en lugar de apedrear ventanas o cortar gargantas asperjar los muros de formas que no dicen más que sí mismas. Mirando los grafitos se alcanza la iluminación aunque lo más probable es que nos lleve por delante un camión o un motorizado que persigue a un automovilista. Cómo querríamos ver cubiertas de grafitos las horribles vallas comerciales, las fachadas escarapeladas, las tristes caras de los ciudadanos con expresión de intemperie o ceño de relleno sanitario de sentimientos. Piensan lanzar el grafito gaseoso para iluminar las nubes. Con el grafito sin sentido amanecen los muros.

La justicia entra por casa Invitado a una reunión para ayudar ad honorem a salvar la patria, el simple ciudadano llega a la Vicepresidencia donde la portera matavotos, estilo Retén de Catia, intenta decomisarle la cédula. El simple ciudadano le enseña la Ley Orgánica de Identificación, suscrita por el ciudadano presidente Hugo Chávez Frías y el ciudadano Vicepresidente, cuyo artículo 17 dispone que "Será castigado con arresto de cuarenta y ocho (48) horas el funcionarlo público o particular que retenga ilegalmente la cédula de identidad a quienes la exhiban con fines de identificarse". Mientras al simple ciudadano lo hace entrar quien lo ha llamado, la portera patalea, se bataquea y se revuelca y grita que a ella el Presidente y el Vicepresidente y la Ley le saben a...

La justicia entra por casa, y la Ley debería entrar por la Vicepresidencia.

La invasión de las vallas rodantes Todas las miserias de Caracas se nos atraviesan en el camión doble ancho y doble largo que quema inútilmente combustible sólo para pasear el horror más horroroso de la ciudad que es la valla publicitaria. En verdadero triple play de la irresponsabilidad urbana se consigue a la vez empeorar la congestión de tráfico, derrochar gasolina y hacer circular el engendro publicitario que no debió escapar nunca del galpón donde lo confeccionaron. Parece que la valla rodante deambula buscando domicilio y no lo consigue en una ciudad ya totalmente tapiada de cartelones ilegales. Una valla rodante es imposible de leer, y quien lo intenta choca o muere bajo sus aplastantes ruedas de gandola. Yo me puse a seguir una valla rodante para disfrutar del hecho de que su parte trasera sin mensaje tapara el paisaje de la ciudad totalmente enmascarada por anuncios mugrientos. Entonces advertí que todas las vallas ilegales también echaban ruedas de camión y tomaban la calle, desplazando todos los vehículos excepto el mío, al cual seguramente confundían con una chatarra.

La infinita procesión de las vallas rodantes, como una escuela de samba en los carnavales del mal gusto, fue de oficina pública en oficina pública secuestrando en sus cajas huecas a los burócratas que permitieron mediante soborno que la ciudad quedara sepultada bajo sus anuncios espantosos. Sin dejarse detener por semáforos ni peajes, como una división blindada la procesión de las vallas rodantes irrumpió hacia el litoral y hasta el precipicio de Tarma desde donde, como rebaño de lemmings suicidas, empezó a precipitarse al mar con todo y burócratas prisioneros, para restablecer el equilibrio ecológico de la naturaleza agredida. En toda la ciudad se oyó un suspiro de alivio y en todo el mar una remoción de horror ante el abismo donde por fin dejaban de hacer daño burócratas corruptos, camiones derrochadores de combustible y vallas con mensajes horripilantes.

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Luis Britto García

Escritor, historiador, ensayista y dramaturgo. http://luisbrittogarcia.blogspot.com

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