El día tragicómico, cuando Rafael Caldera lloró en el Congreso

Para encontrar eco y suscitar adhesión en todos lo que aún viven- no en los muertos, por supuesto- es necesario apelar a las fuentes de nuestra independencia. Sentir como un recuerdo que estuvimos en algún frente de lucha al lado de nuestros próceres. Que conquistamos algo que luego perdimos. Que ocurrió una traición, un engaño formidable. La esencia de nuestro ser está en el origen histórico. No sólo despertó conmoción las fuerzas desplegadas por un grupo de jóvenes oficiales contra un régimen oprobioso el 4 de febrero, sino también los valores de nuestra historia. Una producción tremenda de libros, discusiones, polémicas de todo calibre inundó al país. La palabra Bolívar llegó a convertirse en un peligro; los días patrios se convirtieron en un dolor de cabeza para el Estado, y fue entonces cuando se hizo indispensable convertir a Bolívar en lo que siempre ha sido: la estupefacta momia de los antros de palacio. ¿Quién podía tener la magia y la capacidad sutil, de realizar el milagro de hacer regresar al Libertador a su puesto de lujo decorativo de esos bacanales y de esos derroches palaciegos, infames y canallescos?

Ocurrió una vileza sin nombre, no analizada con profunda claridad todavía. Las hordas de ladrones, con David Morales Bello a la cabeza, pedían en el Congreso de la República una decisión unánime de condena contra los insurgentes. El presidente temblaba exigiendo esta petición porque a él le venía en gana de radicar toda la intención de los alzados en la intención de aniquilarle; quería imponer la tesis del magnicidio. Las televisoras se llenaron de banqueros, de los líderes de los partidos políticos, de dirigentes de las asociaciones de vecinos: por allí desfiló gente del MAS, de la CAUSA R y también de mucha gente de izquierda que unas horas antes habían estado de acuerdo con la sublevación. Todos desfilando para dar su apoyo a la democracia. Si en secreto, no se hubiera estado gestando la gran trampa, el sereno y agudo zarpazo de uno de los farsantes más grande que ha tenido nuestra historia democrática, tal vez hoy, estuviéramos viviendo otra realidad política muy distinta. Bueno hubiera sido que Morales Bello y su banda hubiesen impuesto su tesis, declarando criminales a los insurgentes y que toda la masa de redomados ladrones hubiera ejercido a plenitud y como les correspondía, el papel que siempre han ejercido en nuestro sociedad.

Bueno hubiera sido aislar para siempre a los abominables estafadores de la patria que se alzaban con toda su carga de tropelías y falacias para condenar un acto como el del 4 de febrero. Bueno hubiera sido separarlos para siempre de la posición de los honestos y puros que se habían jugado la vida y que estaban dispuesto a jugarse la vida, con tal de encontrar una salida honorable para un país mil veces burlado, mil veces trampeado, mil veces frustrado.

Pero ocurrió el milagro, que ni CAP, ni Morales Bello ni los Cisneros ni toda la caterva de estafadores y bandidos públicos jamás se habrían imaginado y que en definitiva les iba a salvar el pellejo. ¡Ocurrió el milagro! Muchos de estos mafiosos, siempre sutiles en sus actos, a lo mejor entendieron los pasos del más grande hipócrita de los "redentores" nuestros.

Saltó al estrado del Congreso un hombre ya entrado en años, y con voz temblorosa comenzó a poner a punto de lágrimas al pueblo, comenzó a entornar los ojos, y ducho en toda clase de recursos retóricos y artificios patrioteros encontró los elementos necesarios para salvar a los de su clase. Lo movía en esencia, además de un pasado fuertemente comprometido con el partido gobernante, el destino de sus hijos, a los cuales, en la más alta vejez, no quería dejar, políticamente desamparados. Sus tiernos y delicados hijos, rebosantes de salud se le interponían entre dos realidades; es que jamás habían pasado trabajo, y les iba a costar un infierno labrarse una figuración propia. Claramente se ve que carecen del talento del padre, y es que el poder es un juguete con el que los patriarcas suelen entretener a sus niños. Había que ayudarles, darles la mano, por ese impulso natural que se hace tan patente en ciertos políticos y tan antigua como del hombre, de querer perpetuar una dinastía, un linaje, en el poder.

Claro, pero esta dinastía no podía funcionar desde una posición revolucionaria, porque las revoluciones exigen valor, resolución y no perdonan debilidades: se vive en ellas en un cambio y en un albur peligroso. De lo cual, entonces, era mejor recurrir a malabarismos para hacer ver que se actuaba de otra forma cuando en realidad lo que se procuraba era que el antiguo y viejo poder se mantuviera intacto.

Era necesario salvar a la prostitución del viejo Estado, a sus secretos y partidas infames, a sus negocios delictuosos, a su degenerante estructura, porque allí, con toda seguridad, podían prosperar sus hijos, llegar lejos, como han llegado lejos todos nuestros eminentes farsantes. Que sean unos piñeruitas en potencia es mil veces preferible, a un cambio tajante que podiera echar por la borda y para siempre las aspiraciones de toda una bochornosa élite.

No en vano, este hombre había sido Procurador General del gobierno que había derrocado a Isaías Medina Angarita. No en vano este hombre había sido piedra fundamental en la conformación de este régimen "democrático", con el famoso acuerdo de Punto Fijo. Estas deudas no se olvidan ni se desechan o se desintegran sin producir graves pérdidas en la estructura política y social.

De modo que encaramado en la soñada y ansiada Silla, tuvo que desprenderse de su máscara: tenía al país en un puño, podrido como están los partidos: y dejó todo el mal intacto. Inundó de dinero a las mafias bancarias para luego criticarla, con su típica doblez, y dio el plazo prudente para que todos huyeran en su propia cara. Huyeron como siempre han huido: por los amplios oscuros pasillos de nuestra legalidad.

Cuando el pueblo deliraba por justicia, él puso su grano de arena a lo CAP, a lo Lusinchi, y ordenó la libertad del exministro Izaguirre, como buena prueba de que cuanto había fracturado al régimen anterior en poco tiempo iba a ser reparable, y que por lo tanto, este anuncio era un claro mensaje de que aquí podía seguir haciéndose los desmanes de siempre. De modo pues, que sutilmente, se declaraba al mundo que los adecos aquí no habían nada malo y fue por ello que ya contaba con el total y radical apoyo de este partido. CAP ha ido poco a poco resurgiendo de su tumba, ya que el mismo Alfaro Ucero que echó de A.D. a Humberto Celli por el atrevimiento de pedir la expulsión de CAP, es quien dirige una adhesión sin discusión al actual régimen. Entonces nuestro orondo presidente proclamó con todo su franqueza que ya Bolívar no es exclusividad de grupo alguno, palabras que jamás se hubiera atrevido a proclamar en los días terribles cuando se paseaba por las calles y la gente, desde los balcones y ventanas le gritaba llamándole: "¡General!".

jrodri@ula.ve




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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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