¿La Iglesia Católica comprometida con los Derechos Humanos?

En un reciente escrito, Luis Ugalde relaciona a tres dictadores clásicos (Pérez Jiménez, Franco y Pinochet) con Chávez, en cuanto a que ellos rechazaron en algún momento la intervención de algún peregrino obispo, el cual reclamaba la violación sistemática y permanente de los derechos humanos, de los cuales fueron objeto sus sendas poblaciones en las respectivas oportunidades. La relación surge porque Chávez señala la “intervención política” de la jerarquía eclesiástica venezolana a través del pronunciamiento recientemente publicado. Ugalde, específica que “Los regímenes autocráticos de todo signo (fascista, comunista o militarista) acusan a los obispos de "meterse en política" cada vez que defienden los derechos humanos y denuncian los abusos del poder y la pretensión de algunos de erigirse como monarcas, dueños absolutos de las vidas de los que consideran súbditos. Por el contrario, los verdaderos defensores de los derechos humanos más bien reclaman a la jerarquía eclesiástica –y con razón cuando, olvidando los principios cristianos más fundamentales, se calla ante atropellos e imposiciones totalitarias”.

Las definiciones de “regímenes autocráticos de todo signo (fascista, comunista o militarista)” son recientes –históricamente hablando–; pero, las formas de gobiernos que originaron estas definiciones son mucho más antiguas que la misma Iglesia Católica, y nunca fue su política como institución, el oponerse a ellos. Al contrario, tanto en escritos, como en imágenes, siempre estuvo un obispo o cardenal bendiciendo estas “coronaciones”, a cambio de su participación en el reparto del poder. La foto de Franco rodeado de toda la jerarquía eclesiástica española que apoyaba su sangrienta dictadura, no puede atribuírsele a un montaje fotográfico. ¿Alguien ha pedido perdón por ello?

Hoy en día, es muy raro que un sacerdote defensor de los derechos humanos de los más desposeídos acceda a la jerarquía eclesiástica del país al cual pertenece, porque su “mal comportamiento” lo excluye de cualquier aspiración a heredar la monarquía eclesiástica y sus principados, y que hasta hace poco tiempo fue exclusiva de la linea italiana. La canonización constituyó una salida elegante de la Iglesia, con la cual se pretendía salvar el profundo abismo creado entre la política de supervivencia material y el cumplimiento del mandato cristiano, pues con ella se preservaba la imagen ante los fieles, y la jerarquía se libraba de cualquier “cargo de conciencia” que surgiera de ver a este “desadaptado” pretendiendo vivir de acuerdo con su prédica.

Ugalde hace gala de su “habilidad política”, al señalar que “también Jesús fue acusado de subversivo por el poder romano, que pidió su muerte por ‘meterse en política’...". Cuando él, mejor que nosotros los seglares, sabe que Jesús no se enfrentó al poder romano, sino al abuso del sacerdocio judío que explotaba a sus fieles en beneficio propio, alegando en su favor la Ley de Moisés. Que Judas –supuestamente– lo vendió porque consideró que había traicionado lo que él consideraba su “liderazgo político” (Aunque el evangelio apócrifo de Judas indica que sólo cumplió una misión que el mismo Jesús le encomendó) y que fueron los sacerdotes judíos quienes manipularon el juicio para “lavarse las manos” ante el sacrificio de quienes ellos sabían que era “un incómodo inocente”.

También conoce perfectamente “todos los adulterios” de que han sido objeto los evangelios, sólo con el propósito de adecuarlos a las conveniencias del poder terrenal de una Iglesia que no nació para ello. Sin ir muy lejos, ahora el Padre Nuestro se reza “… y perdona nuestras ofensas; así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”; al contrario de cuando se decía “… y perdona nuestras deudas; así como nosotros perdonamos a los que nos adeudan… “, por el compromiso socio político que ello implicaba.

Agrega: “Hoy y ayer los pastores responsables, y no los serviles al poder, son el orgullo de nuestra Iglesia, porque con su fe en Dios, sabiduría y fortaleza espiritual, antepusieron la verdad y el amor al pueblo a la evasión de su responsabilidad, refugiándose en una trascendencia intrascendente”. Anteponiendo uno de los siete pecados capitales al capital de sus posesiones mundanas, y atribuyendo su pertenencia a toda la institución. No creo que sea necesario recordarle la larga lista de “obispos serviles al poder” con los cuales la Iglesia Católica ha contribuido para la consolidación de los regímenes que hoy dice combatir; es más práctico pretender enumerar el reducidísimo grupo que realmente se mantuvo fiel a sus principios.

Una cuestión es arremeter contra Chávez, porque ya no entrega su contribución a la iglesia católica venezolana para que sea administrada discrecionalmente por su jerarquía, y la otra contra sus seguidores, la mayoría de los cuales pertenecen a ella. ¿Fue que antes no hubo mensaje; no fue tan difundido; no se acordaron de sus ovejas; o no fue convincente? Si ello hubiera sido así, no “hubieran cometido el error de elegir a Chávez”. Como muestra del repudio al Presidente, ¿rechazarán la contribución del ejecutivo a su institución? Así “libres de pecado”, podrán salir en las marchas de sus instituciones educativas a “lanzar la primera piedra”.

Lo grave es la penosa dificultad que ha vivido la Iglesia Católica tratando inútilmente de seguir el precepto de Jesús de “dar al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios, porque siempre termina dándole todo al “César” de turno que los invita a gobernar con él. Muchas veces, falló “su fe en Dios, sabiduría y fortaleza espiritual” al anteponer el apetito de poder terrenal a “la verdad y el amor al pueblo”, evadiendo su responsabilidad espiritual y “refugiándose en una trascendencia intrascendente” como es poder temporal a cambio del cual su mensaje para el pueblo fuera “la resignación por mandato divino”, con el cielo espiritual como recompensa. ¿Por qué reclamar ahora un poco de lo del Cesar para “su rebaño”, si ello nunca fue considerado necesario? ¿Por qué luchar por los pobres, si manteniéndolos en esa condición se les asegura su acceso al cielo?

A la Iglesia le quedan dos caminos para “su lucha por la justicia social”: se lanza frontalmente a la conquista y representación del poder terrenal, como lo han decidido algunos pastores protestantes que han puesto en práctica aquel adagio de “a Dios rogando y el gobierno buscando”, o entrega sus inmensas riquezas materiales obtenidas mayormente por aprobación de los gobiernos que hoy dice combatir, ya que ellas no son necesarias para la prédica del evangelio; no olvidando que la venida del Espíritu Santo no fue tan sólo para los pastores, sino también para sus ovejas.

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Luis E. Rangel M.


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