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El Estado venezolano está en las manos del pueblo, y hoy existe un hiato entre la gente y la burocracia dominante

El Dr. Pedro Nikken, en una crítica integral al proyecto de reforma constitucional impulsado por el Presidente, concluyó diciendo que “quedamos en las manos de Chávez”. Se mostró como “hombre de poca fe”, pues la orientación confesional de su actitud política le obligaba a finalizar su discurso con la expresión “quedamos en las manos de dios”. En mi caso, que no soy creyente, dijese “quedamos en las manos del pueblo”. Y efectivamente allí estamos desde 1989, y creo seguiremos estando. Resulta difícil pensar que con la conciencia de poder -independientemente de cualquier reconocimiento formal que se haga de él- presente en el pueblo venezolano, este vuelva a dejarse dominar por una minoría que lo utilice en su propio beneficio. La revolución en el campo de la información y las comunicaciones, y porque no decirlo, el impulso a la participación política organizada –no dentro de los parámetros de los viejos partidos- y a la educación formal proporcionada por la acción del gobierno, son variables que han cambiado los patrones de relación social existentes en el país. Hay pocas dudas sobre el hecho que estamos en una “época de revolución social”, que no esta localizada en Venezuela Basta con asistir a cualquier asamblea o foro popular para percibir claramente la impaciencia, junto con la voluntad transformadora, presente en esos sectores hasta ahora negativamente privilegiados.

Ciertamente la dirección política que capitalizó el movimiento social contestatario, como se reconoció, ha realizado empujes para canalizar estas energías -entre los cuales está la actual propuesta de reforma constitucional- hacia la búsqueda de un nuevo paradigma indefinido por ahora. Pero lo hace sin desprenderse del lastre del pasado –el burocratismo- por lo que se ha creado un hiato entre los logros alcanzados y las expectativas de los movimientos sociales. Se podría decir que estos marchan por delante de su dirección política. Y es que el problema no se resuelve con leyes, como dentro del mejor espíritu burocrático lo estima parte importante de esa dirigencia. La democracia –esa participativa que subyace en el ánimo de la sociedad- no es el imperio de las leyes creado por la revolución burguesa. La democratización real de la sociedad es el reino de la gente. No es la formalización de los derechos humanos de primera y segunda generación, que comprenden los derechos civiles y políticos, y los sociales y económicos, en cierta forma, reconocidos por la revolución liberal. Es la puesta en práctica de los llamados derechos de tercera generación, que incluyen, entre otros, el derecho a la paz; el derecho al medio ambiente sano; el derecho de solidaridad, que consagra la interdependencia entre los individuos y las comunidades que conforman; y, el derecho a la planificación familiar, con los cuales se tendería a reducir los desequilibrios ambientales (sociales y ecológicos) generados por esta época histórica que termina.


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Alberto Müller Rojas


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