Otra oportunidad

El proceso de cambio social que se desarrolla en Venezuela desde la llegada de Chávez a la presidencia de la república, comenzó a ser atacado incluso antes de su inicio, cuando se vislumbraba la posibilidad de su primer triunfo electoral, porque el imperio y sus cómplices locales advirtieron que el entonces candidato, no era de la misma estirpe que otros dirigentes izquierdistas claudicantes: en primer lugar, porque después del fracasado intento de golpe contra CAP, él asumió sin vacilar y pagó con cárcel, su responsabilidad en ese evento; luego porque no tenía compromisos con la Cuarta República; y finalmente porque su discurso calaba en las bases populares largamente manipuladas por adecos y copeyanos, despertando conciencias y esperanzas, con base en ideas nacionalistas bolivarianas.

Una vez ganada la presidencia, Chávez cumplió cada una de sus promesas políticas, al tiempo que inició una cruzada por el rescate de la OPEP, gracias a la cual, en buena parte, debemos la solidez de los precios del petróleo en los últimos años. Agotada la fase de transición, que permitió a voceros camuflados de la derecha coexistir con el Presidente, en un intento infructuoso de moderar su compromiso con el pueblo, el interés del gobierno norteamericano por salir de Chávez a como de lugar, se ha vuelto cada vez más evidente, y para ellos necesario, en la medida en que la figura del mandatario venezolano ha venido ganando espacio de manera sostenida en el escenario internacional, pero mayormente en América Latina.

Al retomar las ideas de la patria grande bolivariana y ejercer plenamente la soberanía nacional, Chávez ha infligido golpes importantes al imperio en su antiguo “patio trasero”, y por ello se boicotea nuestro ingreso a Mercosur; se ataca nuestra irreverencia y éxito al mejorar las relaciones con países que no son del agrado del Departamento de Estado; se ejecutan campañas mediáticas tendentes al descrédito internacional del Presidente y del país, y se erogan anualmente millones de dólares para sostener una oposición interna, que le garantice nuevamente a los gringos en caso de triunfo, el control sobre nuestros recursos.

Obviamente esa oposición está conformada por antiguos beneficiarios o clientes de los gobiernos adecos y copeyanos, incluyendo oligarcas y grandes empresarios, representantes de consorcios transnacionales como quienes lideraban la vieja PDVSA, la jerarquía eclesiástica, así como pequeños sectores de clase media que lograron medrar económicamente dentro de la podredumbre e inmoralidad de los regímenes “social cristianos” y “socialdemócratas”. A ellos habría que agregar personas de variada procedencia pero completamente alienadas, que practican una identificación tan fuerte como irracional, con medios tales como Globovisión y la ahora “internacional” RCTV. Todos ellos participan de la guerra silenciosa, que normalmente antecede la invasión de tropas gringas, como ilustra una reciente revisión de Javier Peña, sobre el intervencionismo norteamericano en Latinoamérica.

¿Qué podemos esperar de tales enemigos externos e internos, en relación con la propuesta de reforma constitucional que ha planteado el Presidente? Nada bueno. Para ellos nada que signifique bienestar para la mayoría puede ser positivo, porque se consideran superiores, se sienten parte de una elite que supuestamente perdió sus privilegios.

A pesar de que en los nueve años de gobierno chavista la clase alta ha acumulado ganancias enormes, a pesar de que en ese lapso no sólo los sectores populares sino también los de clase media, han sido beneficiados directa o indirectamente por programas de salud, vivienda, educación, empleo, pensiones y jubilaciones, pago de deudas laborales dejadas por administraciones precedentes (caso de los profesores universitarios por ejemplo), venta de bonos, apoyo a pequeñas y medianas empresas, grandes avances en materia de infraestructura vial y de transporte, y una mejora evidente tanto en la redistribución del ingreso, como en aspectos macroeconómicos, su admiración por lo yanqui y su rechazo patológico a cualquier cosa que les parezca “comunista” (máximo logro ideológico de la Cuarta), así como su prejuicio contra un líder mulato que ha favorecido de manera exagerada a “la chusma” y para colmo es amigo de Fidel, simplemente pesan demasiado. De ellos no puede esperarse jamás objetividad ni críticas constructivas, porque son acomplejados fanáticos del imperio, que subestiman el talento y la capacidad de trabajo de los venezolanos auténticos.

En realidad los opositores ni siquiera tienen autoridad moral para tratar el tema, no sólo porque durante el referendo aprobatorio de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela en 1999 votaron en contra, sino porque apenas tuvieron ocasión, en abril de 2002, eliminaron su vigencia en un decreto irrito. En otras palabras ellos mismos se han excluido. Sin embargo, ante la inminencia de un reforzamiento del proceso a través de la reforma, vuelven al ataque supuestamente en defensa de la “mejor constitución del mundo” como dijo hace poco Miquilena, el traidor.

Siendo autocríticos, debemos reconocer que el gobierno de Chávez ha dejado pasar varias oportunidades para radicalizar el proceso. Tendremos una verdadera revolución cuando se haga justicia no sólo con los responsables del golpe y del paro petrolero, sino también con los torturadores y asesinos de antaño; cuando logremos superar la pobreza y borrar la marginalidad; cuando se combata efectivamente la delincuencia y alcancemos un alto nivel de seguridad personal; cuando se castigue efectivamente a los corruptos; cuando logremos educar a la ciudadanía en un contexto humanista y solidario; y cuando diversifiquemos realmente la producción nacional, empezando con el desarrollo de una agricultura ecológica y económicamente sustentable. Inmediatamente después de su relegitimación por el pueblo y las fuerzas en abril de 2002, nadie hubiese podido impedirle a Chávez imponer cambios drásticos y aprehender a los golpistas, pero su discurso de conciliación fue interpretado como muestra de debilidad, y por ello presenciamos varios meses después, el costoso paro petrolero y las guarimbas.

La reforma constitucional en puertas brinda una nueva oportunidad que no podemos desaprovechar, quienes apoyamos la construcción del socialismo del siglo XXI. Participemos en las discusiones en tantos escenarios como sea posible, para aclarar y mejorar todos los aspectos que consideremos confusos o incompletos. Chávez hizo su trabajo, nos toca hacer el nuestro.

charifo1@yahoo.es


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Douglas Marín


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