México: Ocho aproximaciones a unas elecciones olvidables


No hay nada que celebrar en las elecciones del 6 de julio. El gran
ganador fue la abstención. Casi 60 por ciento del padrón electoral desairó
las urnas. Otros anularon sus votos.

Partidos políticos y funcionarios públicos, la clase política en su
conjunto, recibieron una severa advertencia de millones de personas
desencantadas con la política institucional. Quienes se embarcaron en
enérgicas campañas para convencer a los electores de asistir a las casillas
no fueron escuchados. La fosa que separa a los políticos profesionales de
los ciudadanos de a pie es cada día más grande.

Este aumento del abstencionismo no es ajeno a cuatro hechos que han
modificado la fisonomía del país y que los partidos políticos no parecen
haber comprendido cabalmente en sus modalidades de intervención política.

El primero es el éxodo que ha arrancado a millones de personas de sus
lugares de nacimiento y trabajo y ha hecho de la migración (tanto interna
como hacia Estados Unidos) y la deslocalización territorial un fenómeno
central del México contemporáneo.

El segundo es la changarrización de la base productiva y la precarización
laboral que han disuelto identidades y lealtades tradicionales asociadas al
mundo del trabajo y a clientelas electorales.

La tercera es la emergencia de las redes informáticas, que han generado,
sobre todo entre los jóvenes urbanos, nuevas sensibilidades y distintas
formas de relación.

Finalmente destaca el creciente número de conflictos sociales en todo el
país que se desarrollan al margen de los partidos políticos o de los
intermediarios sociales tradicionales.

Pese a la derrota en las elecciones presidenciales de hace tres años, el
PRI fue el partido más votado en los comicios del 6 de julio. Su
recuperación es notable. No obstante su crisis y pleitos internos, los
escándalos de corrupción en los que se ha visto envuelto y el descrédito de
sus principales dirigentes, nadie llenó el vacío nacional que su descalabro
presidencial dejó. Más: pareciera que nadie puede llenarlo por lo pronto. Su
voto duro se conserva contra viento y marea. Enfrentado a la disyuntiva de
emprender una ofensiva a fondo contra el tricolor o negociar con él para
mantener la gobernabilidad, el gobierno de Vicente Fox apostó por la
negociación con su adversario. En lugar de hacer justicia y juzgar los
crímenes del pasado se ofreció a los priístas una amnistía de facto. Incluso
se mantuvo a muchos de sus dirigentes en puestos claves de la administración
pública. El Ejecutivo les dio así el tiempo y los recursos necesarios para
su recomposición. Las elecciones muestran que el PRI no es sólo un partido,
sino parte de una cultura política profundamente arraigada tanto en la
población como en otras formaciones partidarias. El clientelismo y las redes
de intercambios de favores por votos se mantienen prácticamente intactos en
sectores populares. Los comicios evidenciaron además que una parte de los
señores del dinero sigue viendo en ese partido el mejor instrumento para
salvaguardar sus intereses.

El declive del PAN es notable. Es el gran perdedor de la jornada. Los
electores lo penalizaron. El efecto Fox a escala electoral se convirtió en
el defecto Fox. Las expectativas que levantó se han transformado en
desilusión. Su gestión ha sido decepcionante; sus resultados, escasos. El
gobierno del cambio ha hecho pocos cambios en las políticas públicas.
Durante los últimos tres años la economía no creció, no se combatió la
corrupción del pasado y hubo un retroceso en la separación entre la Iglesia
católica y el Estado. Aliados claves del gobierno de Fox al inicio de su
administración, como los empresarios y Washington, se volvieron, al paso del
tiempo, sus críticos.

El éxito del Partido Verde es incuestionable. Prácticamente duplicó su
votación respecto a la obtenida en 2000. ¿Cómo explicarlo? Los verdes
capitalizaron una causa bondadosa con la que se identifican muchos votantes.
Y es que, aunque no defiendan consecuentemente el ambiente, se presentan
ante la opinión pública como si lo hicieran. Su misión, además, es
incuestionable. Su propuesta electoral durante la campaña giró en torno a
dos hechos distintivos: la antipolítica (o de la "cara bonita" de ésta) y la
juventud. Desarrollaron una costosa y fina campaña televisiva en horario
estelar, contratando la mayor cantidad de espots, que sintonizó exitosamente
con una sensibilidad clasemediera estilo Big brother. Pusieron su partido al
servicio del proyecto de Elba Esther Gordillo. Su penetración en diversas
universidades privadas y la complicidad forjada con buen número de júniors
en francachelas memorables le han dado entrada con las elites económicas de
varios estados. El Verde se ha convertido en el partido de la gente bonita,
en el partido más light de los existentes.

El PRD se recuperó parcialmente del descalabro sufrido en las elecciones
presidenciales de 2000. Lo más notable es su triunfo en la ciudad de México,
producto de la popularidad de López Obrador. Quedó, sin embargo, muy lejos
del 26.5 por ciento que obtuvo en 1997. Su estrategia de hacer alianza con
desprendimientos del PRI contra candidatos surgidos de sus filas, puesta en
práctica en San Luis Potosí, Campeche y Colima, resultó un fracaso. La
segregación de los dirigentes campesinos del sur de Sonora en la campaña
para gobernador y en las candidaturas a diputado debilitó su votación. En
Nuevo León prácticamente desapareció. El PRD es en el norte de México una
fuerza marginal.

México Posible perdió su registro. Resulta evidente que no existe en el
país una corriente electoral amplia y estable de la comunidad homosexual o
feminista, sino tan sólo grupos organizados que trabajan sobre sus demandas.
Las causas aisladas no hacen a un partido.

El llamado que un grupo de intelectuales y ecologistas hizo para votar a su
favor resultó insuficiente para atraer los sufragios necesarios. La
capacidad de convocatoria que "los abajo firmantes" tienen hoy en día ha
cambiado significativamente en comparación con la que disfrutaban hace 20
años, cuando eran reconocidos como elementos claves en la formación de la
opinión pública en favor de la democracia y los derechos humanos. Si hace
unos años eran considerados claves en la transición a la democracia hoy son,
tan sólo, una voz entre muchas. Además, no es lo mismo abogar por una causa
de utilidad pública que hacerlo ?al margen de una gran movilización social?
por una iniciativa partidaria, como hicieron en esta ocasión.

Una parte de la plataforma de México Posible, la que más atención recibió de
los medios de comunicación, será, necesariamente, parte de la agenda
política nacional. Ya lo era. En otras campañas en el pasado fue parte
central de las demandas enarboladas por el PRT. Sin registro y sin recursos,
México Posible tendrá un futuro muy difícil. Allí está de ejemplo lo
sucedido con el partido de la rosa.

Mantuvieron su registro el PT y Convergencia, ambos con enclaves
regionales muy fuertes y experiencia previa en la participación electoral.



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