Por una Hoja de Ruta para la democracia Venezolana

La Sociedad de Espectadores.

Las narrativas, fabulaciones y especulaciones que desató la aparición sorpresiva de Enrique Márquez durante del discurso del Estado de Unión de Donald Trump son sintomáticos de los hábitos y reacciones no solo de la oposición, sino en general, de la sociedad venezolana: historias elaboradísimas sobre lo que pasará o no pasará, certezas casi absolutas sobre cual podrá ser el papel de Márquez en el futuro próximo. Es como si la coyuntura abierta por la captura de Maduro y el surgimiento del Rodriguezato lejos de sacar a los venezolanos de su parálisis -sopor en algunos casos- simplemente alborotara los vicios de esa Sociedad de Espectadores que es la oposición que se dedica a especular cómo serán los próximos capítulos de esa telenovela en que se convirtió la historia nacional.

No es que la aparición de Márquez en Washington no pueda agitar la imaginación colectiva: ni el guionista más osado se habría imaginado al viejo militante del PCV en el congreso de EEUU y saludado calurosamente por un Presidente de extrema derecha: esa es una escena digna no solo de un final de capítulo, sino de un final de temporada: la política también está hecha de esos momentos ricos en dramatismo que exaltan la imaginación, pero la de una sociedad pasiva como la venezolana no imagina, como un jugador de go o ajedrez, las combinaciones o jugadas que podrán ocurrir -y que tendrá que responder- sino los desenlaces de una historia de la que será el mero espectador. Así sea su propia historia.

Así, hasta los análisis de los buenos fanáticos de fútbol y béisbol son mejores -y menos pasivos- que los de los fanáticos de la política que, a diferencia de caraquistas, magallaneros y seguidores de la Vinotinto, ni entienden el juego ni saben que son parte de él. Y la diferencia es esencial: el espectador deportivo sabe que no controla el resultado pero entiende las reglas del juego; el espectador político venezolano no entiende las reglas y fantasea con que su simple expectativa influye en el desenlace. Por eso el paso de espectador a actor no se da solo deseando otro resultado, sino comprendiendo cómo se produce.

Es que, para comenzar, deberíamos tener más preguntas que cuentos:

¿Cómo llegó Márquez hasta allá?

¿Para que lo llevaron?, ¿qué designios tienen para él?

¿Hay un plan bien definido o solo una idea o lineamiento general?

Y sobre todo: ¿nos convienen las maquinaciones alrededor de él?.

No es lo mismo la transición que la democratización.

Confinada por la perspectiva de una malísima ciencia política -que en otro tiempo algunos habían llamado, "burguesa" - hablamos de una "transición" que no sabemos si está ocurriendo usando un concepto que hace 20 años ya algunos destacados politólogos como Thomas Carothers daban por muerto precisamente porque daba por sentado no solo que cualquier evolución o mutación de un régimen autoritario terminaba en democratización sino que la democratización se reduce a darle a los políticos profesionales el chance de medirse en elecciones y alternarse en los cargos públicos. Carothers, en su texto de 2002 El fin del paradigma de la transición", señaló que este paradigma asumía erróneamente tres cosas: que los regímenes autoritarios tenían una salida natural hacia la democracia, que esta ocurría en etapas secuenciales predecibles, y que las elecciones eran el indicador decisivo del cambio. Venezuela 2026 confirma que el paradigma no murió: simplemente se volvió peligroso.

Es natural que semejante concepción se acomode con la disposición de una Sociedad de Espectadores que fantasean con el desenlace de un juego que no entienden. El hecho es que la proliferación de narrativas, fabulaciones y especulaciones, es acelerada por determinados actores que saben que la capacidad de manipular las expectativas de una sociedad a la vez pasiva y reprimida, que entiende la política como esperar que algo bueno venga en camino, es una labor estratégica.

Esto no es un juicio moral sobre la sociedad venezolana, sino el reconocimiento de una condición producida por años de represión, dependencia, control social y desarticulación organizativa, además de incontables errores, omisiones y desviaciones que son responsabilidad ineludible del campo opositor.

En realidad no tenemos suficientes datos para saber qué intenciones hay detrás de este sorpresivo ascenso de Márquez a una figura de primer orden - o si será duradera- tampoco si habrá elecciones, o una junta de transición o qué escenario se planteará…no sabemos nada a ciencia cierta y a muchos les cuesta aceptarlo, necesitados como están de certezas que justifiquen su pasividad. Pero en vez de caernos a cuentos deberíamos, ante esta o cualquier novedad, hacernos las preguntas correctas que nos permitan siquiera entender el juego bien:

¿Por qué ocurrió esto y no otra cosa?.

¿Qué eventos hace posible este evento y que otros eventos excluye?

¿Qué situación ha creado o revelado este evento y que perjuicios y beneficios nos trae?.

Porque el hecho es este: en este punto somos espectadores de las maniobras, contramaniobras e interacciones de unas élites que están decidiendo nuestro destino por nosotros sin que la mayoría de los venezolanos, sea en el país, sea en la diáspora, haga más que esperar y esperanzarse con que esas maniobras lo beneficiaran y creer que, por alguna razón, el gobierno de los Estados Unidos, los políticos venezolanos o inclusive la misma dictadura están velando por sus intereses.

Así, como otros ya han indicado, el problema son cuales son nuestros intereses y cuál es nuestra estrategia para defenderlos. En ese sentido el primer paso para que una sociedad de actores y jugadores -sean o no exitosos pero al menos activos- surja y desplace a la de espectadores es algo tan simple como entender que no existe identidad de intereses de los venezolanos comunes con sus élites -ni siquiera las de oposición- y mucho menos con los Estados Unidos.

Esto no implica que estos tres actores sean equivalentes ni que operen con la misma lógica, responsabilidades o capacidades. La dictadura heredada ejerce el control directo del Estado, incluido su aparato coercitivo; la oposición busca acceder a él; y los Estados Unidos actúan como potencia externa con intereses propios. Pero sí comparten algo decisivo que debemos reconocer: ninguno de ellos está estructuralmente orientado a producir una democratización entendida como ampliación sostenida del poder de la sociedad sobre el Estado.

Por eso, más que aliados potenciales o enemigos absolutos, deben ser entendidos como actores con los que se puede interactuar tácticamente, pero frente a los cuales es necesario construir autonomía estratégica.

En vez de ilusionarnos constantemente con que este o aquel actor hará algo que nos conviene -y proyectar fantasías en figuras políticas que, casi siempre, son dudosas y poco confiables- lo que tocaría hacer es construir la capacidad colectiva para influir en nuestro propio futuro, porque eso y no las simples elecciones y pactos entre elites es la democracia.

Hoja de Ruta.

Si superamos la confusión entre el -ya confuso- término de "transición" con el de democratización veremos que esta es una determinada trayectoria o evolución que se caracteriza, no solo porque los ciudadanos se emancipan de una cierta situación opresiva sino porque la tendencia es que se hagan ellos mismos más poderosos: sea a través de la capacidad de seleccionar y descartar mediante el voto, tomando las calles, presionando de diferentes maneras, o usando mecanismos como tribunales, defensorías, etc. La democracia siempre es, más que un régimen, una tendencia.

En este momento nada hay más nocivo para nosotros que la idea de que una democracia se completa cuando hay elecciones y unos políticos le pasan el poder a otros. Es la que quieren operacionalizar los políticos de oposición venezolana: las elecciones son las que le darán acceso a cargos, recursos, prestigio, etc. y es natural que confundan la democracia con sus ambiciones puramente fisiológicas o con la obediencia ciega a sus jefes, mientras el caso de la dictadura es normal que le digan democracia a cualquier cosa y en el de EEUU que subordinen democratización a estabilización.

El punto es que no está para nada claro que estemos ante ninguna transición, y menos aún, que sea democrática, ni que vayan a haber elecciones o cuando serán: pero al contrario de contarnos cuentos a nosotros mismos sobre lo que queremos o nos conviene que pase, sería mejor hacer que pasen las cosas que necesitamos que pasen. Y estas van más allá de que María Corina logre sus ambiciones presidenciales y los políticos de oposición venezolanos, como los de México, Colombia o Perú, recuperen la capacidad de usar la cosa pública para sus fines privados.

Así que debemos es preguntarnos qué significa democratizar Venezuela. Y la respuesta a eso la saben bien todos los activistas y grupos organizados que tenemos.

Estas dimensiones no son una lista arbitraria ni una secuencia rígida. Funcionan como un sistema: sin libertades públicas no hay posibilidad de organización; sin organización no hay reconstrucción institucional; sin instituciones no hay recuperación económica sostenible; y sin todo lo anterior, la soberanía es una ficción. Pero vale la pena repasar algunas iniciativas que bien vale la pena considerar para un agenda de luchas concretas:

  • -Desmantelar el aparato represivo y restituir el estado de derecho (eso quiere decir no solo liberar a los presos sino quitarle al estado el poder de reprimir y secuestrar discrecionalmente)

  • -Reconstruir la institucionalidad básica, es decir, los mecanismos y servicios que hacen que una república sea pública y no la hacienda de intereses privados, desde hospitales y servicios de identificación hasta el agua y la luz.

  • -Recuperar los ingresos de los venezolanos (salariales y no salariales) y con ellos la moneda nacional, para que el Estado pueda hacer política económica autónoma y no supeditada a las trasnacionales y a Washington, como quedó sellado en la reforma petrolera de enero de 2026.

  • -Recuperar la soberanía nacional, es decir, la autodeterminación de los venezolanos como comunidad política.

No hemos hablado de otra cosa en los últimos días, sea cuando reclamamos la libertad de los presos, elecciones libres o la derogación de la Ley del Odio o aumentos de pensiones o cuando se denuncia la reforma a la legislación petrolera…Lo que es extremadamente peligroso es que pensemos que los Tres Adversarios -los políticos de oposición, la dictadura y los Estados Unidos- tienen interés en todo eso o que lo tienen de la misma manera que nosotros.

Esas dimensiones de la democratización no son excluyentes e incluyen en sí tanto lo que Rubio llama estabilización como el reclamo de elecciones libres pero no se limitan a ellas. Una vez que superemos la ilusión de que los Tres Adversarios democratizarán el país por nosotros queda claro que lo importante es definir un hoja de ruta para esa democratización y tratar de imponerlo…

Así, la Hoja de Ruta tiene una línea central: la recuperación de las libertades públicas y el estado de derecho, es decir, el desmantelamiento del aparato represivo y la reconquista, no sólo del derecho al voto -al que los políticos quieren reducir la democracia- sino del derecho a la protesta, la manifestación pública y la libertad de expresión…

Es decir, el voto es solo parte de un combo del que también es parte el derecho de protestar sin ser reprimido o de que un tuit o un estado de WhatsApp no te manden a la cárcel.

Digamos que el desmantelamiento del aparato represivo y la reconquista de las libertades y derechos fundamentales es el puente sobre el que se montan los tres canales de una misma autopista: la reconstrucción institucional y logística -que debería ser reinvención realmente- y la recuperación económica y la de la soberanía nacional. Estos tres canales no son etapas secuenciales sino frentes simultáneos donde el avance en uno habilita el avance en los otros: sin libertad de expresión no hay presión posible para la recuperación salarial; sin recuperación salarial no hay base material para la movilización que exige soberanía. Claro que estos son objetivos dificilísimos, algunos casi utópicos en este momento, pero son cuestiones esenciales en las que ya estamos de acuerdo y que nos dan una plataforma tanto para coordinar como para diferir…

Este no es el momento para discutir sobre cómo nuestra sociedad no solo está poco entrenada, y bastante desestimulada para la vida democrática sino de cómo los partidos puntofijistas y la autocracia chavista la quebraron y la hicieron pasiva "en nombre de la libertad"; de cómo incluso las coordinaciones más básicas entre grupos que están de acuerdo en lo esencial se hacen dificilísimas en un clima de sectarismo, desconfianzas, ingenuidad, personalismos y carencia generalizada de experiencia en luchas colectivas. Lo importante es entender que no podemos esperar una democratización sin un cambio de liderazgo y este sin un cambio radical de ideas y la primera idea que tenemos que cambiar es esta:

"La democracia consiste en que unos políticos le entregan el poder a otros."

Mientras la tesis de Rubio de que primero hay que estabilizar y luego democratizar tiene poca credibilidad entre nosotros corremos el riesgo de perdernos en las expectativas y especulaciones de quien va ser ministro, quien es presidenciable y quien podría ganar una elección: en Venezuela las elecciones suelen ser la tumba de la política. El hecho es que, como en otros países (Paraguay, México, Nigeria, Indonesia, un largo etcétera), la dictadura podría entregar el poder y Venezuela seguir siendo un país inseguro, pobre, violento, sin soberanía y con un bajísimo nivel de vida. Ni siquiera está excluido que otros partidos diferentes, de tener el chance, establezcan su propia dictadura (VIP ya es parte de una y Machado no disimula su admiración por varios dictadores y autócratas)

Así que en lugar de buscar la unidad -es decir, la coordinación, la continuidad- en liderazgos personalistas, ideologías o proyectos nacionales no la buscamos en tareas colectivas que son de interés común, como si fuéramos gente distinta que está atrapada en un incendio y tiene que apagar las llamas, atender a los heridos, y escapar del desastre?

Discutir esta Hoja de Ruta no requiere cumbres ni liderazgos carismáticos: puede arrancar desde asambleas locales, grupos de trabajo temáticos y foros de la diáspora que, tarea por tarea, vayan fijando demandas comunes y formas de presión colectiva.

De repente la unidad es una cosa práctica que se construye tarea por tarea, algo que tenemos que construir nosotros y no nuestros Tres Adversarios: si vemos las cosas así la primera tarea es evidente: discutir una Hoja de Ruta, el mapa de un futuro posible, y como realizarlo. Las esperanzas son la espera de nuestros anhelos. Pero el incendio no se apaga con esperanzas. Se apaga con gente que entiende que está en el edificio, que conoce las salidas, y que actúa coordinadamente aunque nunca antes se haya visto cara a cara.



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