La jalea de mango, el vacío de poder y la Papisa Juana

Como una contribución a la conmemoración de los cinco años del criminal
golpe de Estado del imperialismo estadounidense y la oposición
venezolana contra el gobierno legítimo y revolucionario del Presidente
Hugo Chávez y de su derrota dos días más tarde por la acción masiva y
decidida de las grandes mayorías del pueblo venezolano y de su Fuerza
Armada, envío este artículo, publicado en folleto en mayo de ese año y
ampliamente difundido en esos meses.
Vladimir Acosta.

1. Tres hombres están sentados a la mesa, cuchara en mano, comiendo con
voracidad del mismo plato. Uno de ellos es un empresario, el otro un
militar, el tercero un cura. Todos de alto rango. En el plato del que
los tres comen hay una sustancia de consistencia semisólida, y de un
sospechoso color que oscila entre amarillo y marrón claro. Algunas
moscas revolotean en torno al selecto grupo. La mayoría del país se
acerca a ver lo que ocurre, y a poco se retira con disgusto del lugar
exclamando: -¡Es mierda! ¡Están comiendo mierda! Pero la oposición, que
es la que les ha entregado a los tres comensales el plato con su
nauseabundo contenido, lo niega en forma rotunda: -¡No, no es mierda!
¡Es jalea de mango! Y traen de inmediato a los canales de televisión,
vendedores como son de ambos productos, sobre todo del primero, para
demostrarlo. Como es de suponer, se genera una tensa discusión entre la
mayoría del país y la oposición, tan tensa que deciden llevar el asunto
a la Asamblea Nacional para que ésta decida, nombrando al respecto una
comisión y abriendo un proceso de interpelaciones. Se interroga así a
la mayor parte de los comensales y proveedores, y también a testigos de
uno y otro bando. De nada vale que el plato, con algunos restos,
llevado a la Asamblea como parte de la investigación, apeste, y que las
moscas se peleen por posarse en él haciendo difícil examinar su
contenido. Las posiciones son opuestas y a veces se las expone en forma
violenta. A ratos no se oye en la Asamblea otra cosa que: -¡Mierda!
¡Jalea de mango!, -¡Mierda! ¡Jalea de mango!, -¡Mierda! ¡Jalea de
mango! En ocasiones el tono baja un poco, y en esos casos la oposición,
aunque admite el mal olor del contenido del plato, argumenta que todo
se pudre, que con los días transcurridos, hasta la mejor jalea de mango
termina oliendo a mierda, o termina en mierda. Pero las interpelaciones
se prolongan como un largo diálogo de sordos: -¡Mierda! ¡Jalea de
mango!, -¡Mierda! ¡Jalea de mango!, -¡Mierda! ¡Jalea de mango!
Al fin la Comisión debe decidir acerca del fulano contenido del plato
que comían el empresario, el militar y el cura, el plato que les vendió
la oposición. Por mayoría se decide que el contenido era mierda, o que
parecía más mierda que jalea de mango. Pero la oposición no da su brazo
a torcer, e insiste en la tesis de la jalea de mango. Y así lo
proclaman los canales de televisión, salvo el del Estado. Match nulo,
no hay acuerdo, las moscas no hablan, no pueden declarar. Por suerte,
la decisión mayoritaria de la Asamblea Nacional es que no era jalea de
mango, porque en un país como el nuestro, lleno no sólo de
conspiradores, de golpistas involucrados en golpes que –como los amores
prohibidos de antes– no se atreven a decir su nombre, sino también
lleno de empresarios y comerciantes inescrupulosos, éstos, de haberse
producido una decisión contraria, habrían comenzado de inmediato a
enlatar contenidos equivalentes al del plato de los tres amigos y a
obligarnos a consumirlo como exquisita jalea de mango, de puro mango
criollo.

2. Un presidente es elegido en forma democrática en unas elecciones
impecables en las que obtiene una mayoría rotunda. Se aprueba una nueva
Constitución por amplia mayoría, y también por amplia mayoría se
ratifica en un referendum popular esa Constitución. Se hacen nuevas
elecciones regidas por la Constitución recientemente aprobada, y el
presidente vuelve a ganarlas por amplia mayoría. El presidente tiene un
apoyo popular indiscutible. Pero a la oposición no le gusta. Primero
dice que la causa es su lenguaje, el mismo que a la mayoría del pueblo
sí le gusta. A la oposición en cambio le parece vulgar, chusmoso,
demasiado franco, demasiado directo, a veces agresivo (agresivo contra
ellos, por supuesto, porque les dice verdades que nadie les había dicho
antes desde la presidencia, ya que ésta siempre estuvo hasta entonces
en sus manos). Pronto queda claro que el lenguaje no es la verdadera
causa. Basta con recordar algunas frases inolvidables de presidentes
anteriores: “Vamos a echarle pichón”, “Ni esto ni aquello sino todo lo
contrario”, “Eso sería un autosuicidio”, “A mí no me vas tú a joder”, y
otras. No, la verdadera causa es que el presidente y quienes lo apoyan,
que son la mayoría del país, quieren cambiar un poco las relaciones de
poder a favor de los sectores populares y afectando los intereses de
las minorías que siempre han considerado el país como su propiedad
exclusiva. El presidente habla mucho, en realidad no hace gran cosa,
habla a cada momento de revolución cuando lo único que intenta es
mejorar las condiciones de vida de las mayorías populares dentro de un
marco participativo de legalidad capitalista y democrática. Pero la
oposición no lo soporta, siente náuseas de solo verlo y oírlo, lo ataca
con todos los medios a su alcance; y en un país que no es precisamente
escandinavo lo acusa del feo delito de tener la piel obscura. Y a las
masas que lo siguen de ser una despreciable chusma. La misma chusma que
votó durante décadas por ellos pero que entonces no era chusma. Por su
parte, el presidente, que se cree invencible como Superman en momentos
de escasez de kriptonita, los ayuda, peleándose al mismo tiempo contra
todos ellos: prensa, radio, televisión, iglesia, empresarios, clase
media, sindicalistas corruptos, partidos políticos opositores (y hasta
partidos amigos).

Se pone en marcha una conspiración para sacarlo del poder en la que
todos esos grupos participan y en la que tienen papel importante
militares retirados y activos descontentos, los primeros en forma
pública, los segundos de modo solapado. Los conspiradores van a los
Estados Unidos a buscar apoyo, financiamiento, y sobre todo un
espaldarazo. No sólo porque en todas las conspiraciones para derrocar
gobiernos democráticos latinoamericanos han participado siempre los
Estados Unidos sino porque el presidente de los Estados Unidos, que por
cierto no obtuvo el poder en unas elecciones limpias sino gracias a una
fraudulenta maniobra electoral de todos conocida, es de los que tampoco
lo soporta. No sólo por su amistad con Fidel Castro, por su lenguaje
crítico hacia la globalización transnacional y por sus llamados a una
sociedad más justa y participativa sino sobre todo porque ha
contribuido a reanimar la OPEP y a llevar el precio del barril de
petróleo de siete a veinte dólares, algo realmente intolerable. Los
conspiradores de la oposición reciben apoyo, dólares, y asesoramiento
técnico. Junto con el fajo de billetes verdes, la CIA les regala un
viejo pero imperecedero manual conspirativo para tumbar gobiernos
democráticos incómodos, el mismo que usó en 1973 para derrocar y matar
a Salvador Allende en Chile con apoyo de Nixon y de Kissinger, poseedor
por cierto este último de un Premio Nóbel de la Paz que debe apestar a
jalea de mango, de esa que regala la oposición, y que el ex Secretario
de Estado gringo debería compartir con su socio Pinochet. O con Sharon,
su otro gran amigo, tan pacifista como él. Pero, volviendo a la
oposición, se les dice que no es prudente apoyarlos en forma abierta
porque los Estados Unidos son ante el mundo los adalides de la
democracia y deben guardar las apariencias, que deben por tanto correr
riesgos y sobre todo tener mucho cuidado con las formas. La oposición
organiza el golpe, con apoyo de masas, de sindicatos, de clase media, y
de la rancia oligarquía, que en aras de sacar del poder al odiado
presidente no vacila en abrazar a algunos sindicalistas de piel
obscura, incluso negros, y a varios pistoleros arrepentidos
provenientes de la ultraizquierda, (arrepentidos por supuesto no de ser
pistoleros, pues lo siguen siendo, sino de haber sido alguna vez de la
ultraizquierda).

Se prepara el golpe. Se acusa de todo, sobre todo de dictador, al
presidente. Se lo compara con Hitler, con Mussolini, con Stalin,, con
el Monstruo de la Laguna Negra. Y si no se lo compara con Pol Pot es
porque la cultura de la oposición no da para tanto, pues confrontados
con ese extraño nombre oriental los mayameros del Este de Caracas no
pensarían que se trata de un dictador camboyano sino de algún raro
producto gringo, de una marmita que lleva una vara (Pole pot), o en
todo caso de un suculento plato chino que se acompaña con lumpias. El
presidente, además de ser casi negro, es un loco, un tirano. Y así se
lo proclama en los medios de comunicación, nacionales y extranjeros.
CNN colabora. También esa inefable organización llamada SIP, que es
puro concentrado de jalea de mango. Todo empieza a marchar. Pero hay un
pequeño problema. Las denuncias de la oposición no se hacen en hojitas
clandestinas que algunos reparten a riesgo de sus vidas. Se hacen por
la televisión, la radio, la prensa. O en manifestaciones de calle.
Nadie es reprimido, ni siquiera los que hablan de matar al presidente.
Hay todo tipo de protestas callejeras, pero no hay un solo preso, no
hay un solo muerto. Extraña dictadura, que da plena libertad a los que
llaman a derribarla, a los que reclaman un golpe de Estado, y que no
tiene presos ni muertos. A la oposición conspiradora sólo le faltó
publicar un aviso de prensa: “Se necesita un muerto”. O varios muertos.
De oposición. O de lo que sea, total los muertos no hablan. Para así
poder acusar al gobierno. Para poder derrocarlo, para poder hacer
actuar a los militares, algunos de los cuales conspiraban, pero a los
que hasta entonces nada parecía haber conmovido, ni siquiera el envío
de pantaletas.

Los medios de comunicación llaman a salir del presidente. Se produce un
paro patronal conspirativo apoyado por el sindicalismo opositor, y
luego una marcha, una gran marcha sin duda, unos centenares de miles
(aunque algunos dirigentes de esa oposición han llegado a hablar de
varios millones, como si estuviéramos en China y la marcha la hubiera
organizado el partido comunista de ese país). La marcha es radical en
su odio al presidente. Pacífica, sí, pero con muchos policías bien
armados vestidos de civil y sobre todo con una mayoría de participantes
dispuestos a morder o escupir a todo el que no pareciera de la jái. O a
todo el que, teniendo cara de chusma, no esgrimiera al menos una
pancarta radical contra el presidente (porque la tragedia de esa clase
media es que buena parte de sus miembros no puede ocultar tras sus
ostentosos signos de estatus, las caras de chusma con que los castigó
la naturaleza, es decir, los pecados de sus antepasados, amantes
adulterinos de bellas negras y mulatas). Los conspiradores y golpistas
no pueden dejar pasar esa oportunidad y lanzan la marcha contra el
palacio presidencial, sabiendo que alrededor del mismo hay una multitud
que apoya al presidente. Al fin se logran los muertos. Pero algo sale
mal, casi todos son de los que apoyan al presidente. Se denuncia de
lado y lado la presencia de francotiradores pues la mayor parte de los
muertos tiene tiros en la cabeza y en el cuello y muchos testigos
denuncian haber visto a los francotiradores disparando desde balcones o
azoteas. La oposición acusa al gobierno, por supuesto. Pero algo sigue
oliendo mal, como a jalea de mango. Dos francotiradores capturados y
linchados por las gentes que apoyaban al presidente resultaron ser un
norteamericano y un salvadoreño que difícilmente podían haber sido
partidarios del gobierno. Si los otros francotiradores lo eran,
entonces o entraron en un furor suicida o se voltearon a última hora
porque lo cierto es que se dedicaron a matar a los partidarios del
presidente y no a los de la oposición. Policías de las alcaldías
controladas por la oposición fueron vistos disparando con armas largas
y usando extraños guantes quirúrgicos, supuestamente para atender
heridos (¿los heridos o muertos a los que previamente les disparaban?).
En fin, nada grave, para resolver esas pequeñas contradicciones está la
televisión. Basta que algo aparezca en ella para que sea verdad. Basta
que algo no aparezca en ella para que deje de existir o no haya
existido nunca. Además, ahora sobran los videos caseros o de
aficionados. Las gentes de hoy, sobre todo los de clase media y clase
media alta, no sólo creen todo los que les dice la televisión (de hecho
casi no leen) sino que no se desplazan nunca sin una video cámara; y
graban todo, desde el bautizo del niño y la fiesta de cumpleaños hasta
al fino perro de la casa sacándose a diente limpio las pulgas que le
pegó la sucia criada chavista que les cocina. A ellos, no al perro.
Hay, pues, videos por doquier. De modo que un video es suficiente. Por
supuesto, después de un buen montaje seleccionador. Aparece de
inmediato el ansiado video. Un grupo de partidarios del presidente es
filmado disparando contra adversarios invisibles y protegiéndose de sus
también invisibles disparos. Pero se dirá que disparan contra una
multitud inerme, contra la marcha de la oposición. Se lo presenta hasta
el cansancio descartando toda otra imagen que no concuerde con el
mismo, lo que sucede con muchos otros videos, como el que muestra a
policías metropolitanos armados en azoteas del centro de la ciudad o
disparando con fusiles M-16 desde tanquetas. Y sobre todo se lo envía
pronto al exterior, a todo el mundo. Que el mundo lo sepa: el gobierno
del presidente es un gobierno asesino, el presidente se manchó las
manos de sangre. De sangre del pueblo. Los militares reaccionan
indignados. Unos, los que no estaban conspirando, porque se tragan el
video (no les costó mucho, hacía tiempo estaban dispuestos a tragarse
cualquier cosa); otros, los que sí estaban conspirando porque su
deslealtad a la democracia es enorme, es del tamaño de su hipocresía.
Aunque de hecho empezó a operar desde la mañana, desde antes de que se
produjeran el choque y los muertos, el ansiado golpe se produce esa
noche, el presidente, amenazado, es obligado a entregarse a los
golpistas y se traslada a negociar su rendición al Fuerte militar en
que se halla la Comandancia de la Fuerza Armada y en el que se
concentran los conspiradores rodeados de todo tipo de aventureros,
buscapuestos y chupamedias, de los vendedores y consumidores de jalea
de mango, que nunca faltan en esas tristes ocasiones, desde políticos
renegados de la vieja izquierda hasta payasos y cómicos de televisión,
pasando por empresarios, sindicalistas, universitarios, comentaristas,
dueños de diarios y televisoras, grupos fascistas, altos miembros de la
jerarquía eclesiástica, unidos todos en la misma sed de poder, de
negocios, de intolerancia, de desprecio al pueblo, de odio, de
retaliación y de venganza.

Y aquí aparece el segundo asunto: el vacío de poder, teniendo como
fondo, a la manera de las óperas wagnerianas, su tema musical propio,
que en este caso no es otro que el de nuestra vieja conocida la jalea
de mango. Porque así como por obra de la oposición la mierda se
convirtió en jalea de mango, así el golpe de Estado tuvo que
convertirse, también por obra suya, en vacío de poder. El problema que
la oposición golpista tenía que resolver y que no estaba en el manual
de la CIA, el que sirvió para tumbar a Allende, se reducía a responder
esta pregunta: ¿cómo dar un golpe de Estado que no parezca golpe de
Estado para que los Estados Unidos y la OEA puedan apoyarlo sin quedar
ante el mundo como los hipócritas que son? La respuesta era sencilla:
convertir el golpe de Estado en vacío de poder. Pero resolver el asunto
en la práctica no resultaba tan fácil. Hay tres formas de crear un
vacío de poder: declarar loco al presidente, matarlo, o forzarlo en
forma más o menos elegante a renunciar. Al presidente habían tratado
desde meses antes de declararlo loco, pero la oposición no tuvo éxito.
También se habló de matarlo, se lo planteó incluso en la prensa, pero o
no fueron capaces de organizar bien el crimen (aunque el primer muerto
del día del golpe fue obra de un francotirador que disparó contra la
tribuna presidencial elevada ante el palacio de gobierno) o no tuvieron
suficiente valor para hacerlo, quizá porque tuvieron presentes las
imágenes del bogotazo de 1948 cuando la derecha colombiana asesinó a
Gaitán sumiendo al país en una guerra civil de la que aún no ha salido,
o las del mismo caracazo de 1989, que se quedarían cortas comparadas
con lo que ocurriría en el país si se asesinara al presidente.

Una vez dado el golpe, la vía más sencilla, la que quedaba, era la del
vacío del poder. De todos modos había un problema: había que crear
primero el vacío de poder para luego aprovecharse de él, esto es, había
que hacer renunciar al presidente (y por su intermedio al
vicepresidente, al gabinete, al presidente de la Asamblea Nacional, a
todo el mundo). Y una vez el país sin presidente, era posible llenar
rápido el vacío, poniendo en la silla presidencial a un empresario, el
cual estaba por cierto allí, esperando, con su plato de jalea de mango
y su cuchara. Sencillo: algo así como abrir a golpes la puerta de un
banco y luego entrar a robar diciendo que ‘el banco estaba abierto’. Y
de paso asumir la dirección del banco. El problema es que el
presidente, aunque preso en manos de los golpistas, no parecía
dispuesto a renunciar. Y entonces, mientras los asaltantes civiles y
militares ya empezaban a repartirse cargos y prebendas, registrando de
paso los muebles a ver que cosas de valor podían hallar en ellos, un
grupo malencarado y armado se encierra con el presidente dispuesto a
crear el vacío de poder, a arrancarle a la fuerza la renuncia. Cosa
insólita, acompaña y asesora al grupo un alto jerarca de la Iglesia, un
cardenal. La cosa tarda; y mientras tanto, en el gran salón, lleno de
arribistas, aventureros y asaltantes, pasa de todo. Hay desde damas de
la jái hasta choros con franelas de escuálidos que les sirven de
pasaporte para meter la mano donde quieran. Ante cualquier mirada
inquisitiva les basta con responder: -¡Muera Chávez! o ¡Ni un paso
atrás!, para que nadie pregunte nada y deje hacer.

Un individuo cuya cabeza recuerda la del Humpty Dumpty de “Alicia en el
país de las maravillas” entra al gran salón. Tiene las manos manchadas
de negro. No, no es jalea de mango, ni de la real ni de la otra, más
bien parece petróleo. Lo acompañan varios pistoleros de esos que cuando
se proclamaban de izquierda decían luchar por la dictadura del
proletariado pero que ahora prefieren la de la burguesía, cambiando así
a Lenin por Carmona. Un demócrata cristiano con cara de santurrón de
otro siglo entra en escena. Celulares en mano, le siguen unos jóvenes
con pinta de fascistas que vienen a buscar sus ministerios. Un ex
militar se pone un uniforme con más estrellas que las que le
corresponden. El embajador de los Estados Unidos también entra. Con
cara de Judas viene a preguntar qué pasa, como si él no supiera. En la
sala en que se espera la renuncia una encopetada dama se preocupa de la
tardanza. Incitado por ella, su marido, un rico industrial, toca a la
puerta, la entreabre y pregunta lo que pasa. De adentro le responden:
-¡Tranquilo, ya casi renuncia! ¡Le vamos a apretar los cojones con un
alicate! Y como el industrial tiene cara de ser del Opus Dei, la voz
añade: -¡Dios está con nosotros, lo ha dicho el cardenal!. La puerta se
cierra y se oyen sordos quejidos de dolor. La máquina de producir vacío
de poder, la máquina prensacojones, parece estar en marcha. Pero la
dama encopetada se inquieta: -¡Dios mío! ¡Qué horror! Le aprietan los
testículos. ¡Y el cardenal también participa! El marido trata de
consolarla: -¡No, mi vida, el cardenal se limita a bendecir el alicate!
¡Y además está allí para confesarlo, aunque yo creo que ese desgraciado
no tiene salvación, que si muere va directo al infierno! La dama se
santigua, no entiende bien a quien se refiere su marido, si al
presidente o al cardenal, y en la duda le pide que la acompañe a buscar
un whisky para animarse mientras esperan.

La televisión tiene prisa. Urge tener la renuncia y difundirla al mundo
entero. Pero a pesar del alicate y de la cristiana colaboración del
cardenal no se produce la renuncia. Uno de los militares sale entonces
y dice a los medios que no importa, que lancen la información, que
digan que el presidente ha renunciado y que ante el vacío de poder los
militares han actuado. Ni cortos ni perezosos los medios lanzan el
mensaje. Los presentes, que creen todo lo que la televisión les dice,
celebran de inmediato la noticia. El golpe triunfa: hay nuevo
presidente: un empresario; hay nuevo gabinete: miembros del Opus Dei,
de la democracia cristiana y de un grupito neofacista que se ha ganado
bien el derecho a tener sus ministros; todos los poderes son disueltos,
la dictadura del empresario es total y hasta el nombre del país es
cambiado de un plumazo. Aplausos y whisky por doquier. Alguien patea el
retrato de Bolívar porque lo asocia con el presidente. Alegría total.
La consigna es meter mano, hacer negocios. El Wall Street Journal no ha
tenido empacho en proclamarlo ese mismo día: “A medrar con la
transición”, titula; y de medrar se trata. La televisión sigue en su
sucia labor de vender mierda como jalea de mango y pasa todo el día
repitiendo que el presidente renunció.

Pero la cosa se complica. La máquina de crear vacío de poder fracasa,
de nada sirven el alicate y el cardenal, pues no hay renuncia. La
gente, el pueblo, que ha aprendido a ver televisión, que ha descubierto
en carne propia que la televisión es una fábrica de embustes y
manipulaciones, que lo que vende es mierda diciendo que es jalea de
mango, no cree nada de lo que se le dice, siente que todo es mentira y
pide ver la renuncia, renuncia que nadie puede mostrar porque jamás la
hubo. A poco empieza a saberse, por carta del propio presidente, sacada
a escondidas de su lugar de encierro, que nunca se produjo tal
renuncia. Los militares constitucionalistas no aceptan el golpe de
Estado ni la dictadura fascista que se inicia. El pueblo se echa a la
calle y empieza a llenar la ciudad, con una marcha espontánea,
gigantesca, que es la suma de muchas marchas que acuden de todas
partes, que es la marcha más grande que se haya hecho en el país. Sólo
que esta marcha no existe, no existió, porque, hecho insólito, la
televisión no sólo no informó acerca de ella sino que se negó a
informar lo que pasaba ese día ya que lo que estaba pasando iba en
contra de su proyecto golpista; y hasta intentó sabotear la señal de
los medios de comunicación extranjeros que sí salieron a informar. Las
masas, las mayorías, las ‘turbas’, salieron a las calles de todo el
país a reclamar el regreso del presidente y a condenar el golpe, golpe
que ya habían apoyado los Estados Unidos, buena parte de la OEA, su
ministerio de colonias, empezando por el gobierno colombiano, y los
neofranquistas españoles del gobernante Partido Popular. Los otros se
hacían los locos y pedían prontas elecciones para que todo volviera a
la normalidad, esto es, a las falsas democracias que son las que les
gustan.

De nada sirvieron estas cabronadas. Los golpistas no alcanzaron a
permanecer dos días en el poder. El pueblo y los militares
constitucionalistas restablecieron la democracia. De la consigna “A
medrar” (es decir, a robar, a repartirse el país y a regalarlo, a
privatizar PDVSA, a volver a poner el petróleo en siete dólares) la
oposición golpista pasó pronto a una nueva consigna un tanto más
urgente y bastante más precisa: “A correr, a pegar uno tras otro los
talones contra el culo”. Ante la amenaza de que llegaran los militares
constitucionalistas y sobre todo el temido y odiado pueblo, los
golpistas, civiles y militares, huyeron a toda prisa del palacio que
habían asaltado dos días antes. Algunos tuvieron tiempo de echar una
última ‘medradita’ mientras corrían, metiendo mano a las cosas de valor
que aún quedaban. Se robaron cuadros, dinero, las llaves del acta del
19 de abril, hasta engrapadoras y resmas de papel. En su desastrosa
fuga en cambio dejaron todo, vasos, botellas vacías de buen whisky,
papeles y documentos de todo tipo: borradores de gabinetes
ministeriales, agendas, celulares, zapatos, proyectos de nuevos
decretos, textos de comunicados a emitir, felicitaciones serviles
recibidas de todo tipo de chupamedias. Y sobre todo un gigantesco y
pestilente reguero de jalea de mango....

3. Así pues, no hubo golpe de Estado sino ‘vacío de poder’. Estos
conspiradores y golpistas, tanto civiles como militares, son tan
hipócritas y tan poco serios, que ninguno de ellos se atreve a
reconocer con valor su participación en el golpe, sea con la
justificación que sea. No, no lo reconocen. Se trata de negar el golpe,
de decir, todos a una, que lo que hubo fue un vacío de poder y que
ellos corrieron a llenarlo. La mierda disfrazada de jalea de mango. El
empresario Carmona habría sido entonces efímero presidente sólo porque
pasó en ese momento de vacío cerca del palacio presidencial o cerca de
la sede del Ministerio de Defensa. Así, secuestrar al presidente,
encerrarlo, amenazarlo, tratar por todos los medios de forzarlo a
renunciar y hasta inventar de la manera más irresponsable que había
renunciado y difundirlo por los medios, para asaltar el poder,
desconocer la Constitución y las leyes y montar un gobierno como el que
montaron, suerte de combinación caricaturesca de Cantinflas, Al Capone
y Pinochet, no es golpe de Estado sino mero aprovechamiento de un
momentáneo vacío de poder. De acuerdo a esta peregrina teoría, el
presidente no podría nunca levantarse de la silla, ni siquiera para
orinar. Y aquí entra la papisa Juana.

Sí, una vieja y discutida leyenda tardomedieval, muy popular en siglos
modernos, leyenda en la que hoy nadie cree, nos habla de la papisa
Juana. En la Roma de mediados del siglo IX una mujer que se hacía pasar
por hombre habría logrado primero destacar como monje y luego como
teólogo, haciéndose famosa (es decir, famoso) por su sobriedad, su
castidad y su sabiduría. Esa fama le dio acceso a la corte papal,
entonces en Letrán, e hizo que se la eligiera papa, habiendo sido así
la única mujer en sentarse en la silla de San Pedro. La mayor parte de
los estudiosos solía identificarla injustamente con el papa Juan VIII,
que gobernó entre 872 y 882, pero otros llegaron a pensar que la
elección de la papisa tuvo lugar antes, en 855, y que fue Benedicto III
el nombre que habría adoptado el papa mujer.

Pero ¿a qué viene todo esto?¿qué tiene que ver esto con golpes de
Estado y vacíos de poder? Pues sí, tiene que ver bastante, por el
asunto de la silla. La leyenda dice que la mujer papa se enamoró de un
clérigo o de un embajador y que del ‘golpe’ salió en estado. Logró
ocultar su preñez por varios meses, pero al cabo, en medio de una
procesión, le vinieron los dolores de parto, y ante la mirada de los
atónitos asistentes el papa dio a luz un niño. Los indignados
cardenales y prelados, cuya misoginia no ha cambiado con los siglos, le
dieron muerte in situ lo mismo que al inocente niño. Y entonces la
leyenda nos habla de la silla. Se afirma que a partir de entonces y a
lo largo de varios siglos, hasta el Renacimiento por lo menos, la
elección de nuevo papa debió someterse a un ritual estricto para evitar
que otra mujer lograra hacerse pasar por hombre y ser elegida papa.
Desde entonces, antes de ser electo, cada nuevo papa debió sentarse
vestido, pero sin ropa interior, en una silla elevada, dotada de un
gran agujero en el centro del asiento, y desplegando sus vestiduras, de
modo que los presentes no pudieran ver sus partes íntimas, pero
haciendo que éstas quedasen desnudas en contacto con el asiento.
Entonces uno de los cardenales debía colocarse al lado de la silla,
meter las manos por debajo del asiento y acercarlas al agujero de la
parte central. La condición para ser electo papa era que del agujero
central del asiento colgara un par de cojones, no importa si viejos y
arrugados, pero cojones al fin. Así se demostraba que el elegido era
hombre, no mujer. De esta manera, antes de gritar ante todos: -Habemus
papa, esto es, Tenemos papa, el cardenal exclamaba: -Ha coleoni, vale
decir, Tiene cojones.

La famosa silla, un asiento de pórfido, que algunos viejos cronistas de
fines del medioevo aseguran haber visto, era llamada Sedia estercorarum
, silla del estiércol (quizá porque el gran agujero también permitía
expulsar jalea de mango). He traído a cuento la historia de la silla
papal a propósito del asunto del vacío de poder porque estimo que el
presidente debería, él también, mandarse hacer una silla presidencial
especial. No, por supuesto, una Sedia estercorarum, una silla
agujereada, pues ha quedado claro que tiene cojones, y que, aunque fue
presionado, jamás renunció. Lo que se necesita en el palacio
presidencial es una silla atornillable, una Sedia tornicularum o algo
parecido, una silla a prueba de vacíos de poder. Porque la próxima idea
que podría ocurrírsele a nuestros golpistas sería aprovechar algún
momento en que el presidente se meta por un instante en el baño para
entrar corriendo a palacio, decir que la silla está libre, que se ha
producido un nuevo vacío de poder, y sentar en ella al primer
empresario fascista que pase por la cercanías.

Caracas, 25 de mayo de 2002

(*)Escritor, profesor universitario

adrioviedo@cantv.net


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Vladimir Acosta(*)

Historiador y analista político. Moderador del programa "De Primera Mano" transmitido en RNV. Participa en los foros del colectivo Patria Socialista

 vladac@cantv.net

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